El papa y el secretario general: dos referentes tendenciosos

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Artículo Original. También publicado en PORTAFOLIO el 04/02/2016.

franciscobankimoon
El papa Francisco (izquierda) y el secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon (derecha), han decepcionado con sus dichos y hechos contraproducentes, que denigran los cargos que ocupan. Francisco recibió al presidente iraní Hassan Rouhani y no criticó el rol negativo que cumple Irán en la región. Por su parte, Ban Ki-moon criticó a Israel con una dureza que no utiliza con ningún otro Estado. Crédito por las imágenes, Daniel Ibanez / CNA (Francisco), y Mindaugas Kulbis / AP (Ban Ki-moon).

Estos días me llamaron la atención los dichos y hechos de dos referentes mundiales, como lo son el papa Francisco, y Ban Ki-moon, el secretario general de las Naciones Unidas (ONU). Cada uno, a su manera, respaldó un mensaje inoportuno como equivocado. En primer lugar, el papa recibió al presidente iraní Hassan Rouhani en el Vaticano, y más allá del formalismo protocolar, no hubo mención alguna sobre la situación de los derechos humanos en Irán, ni del negativo rol que cumple el mismo en la promoción del terrorismo a escala mundial. Por otro lado, Ban Ki-moon criticó a Israel al justificar, o mejor quizás, dar sentido, al terrorismo palestino.

Es mi opinión que, con sus acciones, estos claros referentes mundiales están fallando en sus deberes. Mientras que el santo pontífice argentino demuestra que (en cierto aspecto) está lejos de ser para Irán lo que Juan Pablo II fue para Polonia, el diplomático surcoreano demuestra que, pese a su buena voluntad, su discurso es tendencioso.

Sobre el encuentro entre Rouhani y el papa, Julián Schvindlerman ha escrito un artículo conciso que da cuenta del desengaño mencionado. Tal como lo establece el analista, al reunirse con el mandatario islamista, el papa no hizo más que “legitimar a un régimen monstruoso que agrede a diario los valores que los líderes occidentales proclaman defender”. Aun así, aunque coincido con Julián, no deja de ser cierto que la reunión tiene su lógica en los recados de las relaciones internacionales. Por así decirlo, uno no puede juntarse solamente con aquellos con los que uno simpatiza, y menos si se ocupa un cargo de responsabilidad importante. Dicho de otro modo, el encuentro “conciliador” y “cordial”, basado en “valores espirituales comunes” no es sacrilegio ni pecado.

Sin embargo, el problema al que me refiero es que el papa ha sido indulgente con el régimen islamista. Rouhani y Francisco hablaron sobre la necesidad de crear prosperidad, combatiendo el extremismo y el terrorismo. Pero pese a las palabras elocuentes, el papa, que por cierto apoyó el acuerdo con Irán sobre su programa nuclear, se abstuvo de criticar al representante de los ayatolas. Salvo alguna mención a la proliferación de armas en Medio Oriente, no hubo reproche por las sistemáticas violaciones a los derechos humanos en Irán. Tampoco se registró algún comentario acerca de la precaria situación de los disidentes políticos, los homosexuales, o las minorías religiosas.

Citado por el New York Times, Raffaele Marchetti, profesor de relaciones internacionales en la Universidad Guido Carli en Roma, comentó que Irán es visto por el Vaticano como un elemento potencial de estabilidad en Medio Oriente. La apreciación parte de la base que los cristianos, en términos relativos, están mucho mejor amparados en Irán (que es chiita) que en los países sunitas. Por esta razón, tal como marca Marchetti, los cristianos sirios apoyaron a Bashar al-Assad, simplemente porque era su mejor opción. Bien, de cualquier modo, podría esperarse más de un papa que hace tanto énfasis en la paz y en la tolerancia religiosa. En su reunión con Rouhani, Francisco podría haber dejado en claro cierto malestar con las políticas de Teherán. Para empezar, hubiera hecho bien en pedirle al líder persa que su país deje de patrocinar el negacionismo del Holocausto.

Sobre Ban Ki-moon lo único que hay que decir es que el hombre ha roto la neutralidad, o mejor dicho todavía, la imparcialidad, que debería emanar de un secretario general. Por supuesto, esto no significa privar al reconocido diplomático de sus inclinaciones personales. Su reflexión es válida en tanto sea leída como la opinión de un particular como cualquier otro. Ban Ki-moon se presenta como un amigo que está haciendo una crítica constructiva. Con aparentes buenas intenciones, le señala al compañero terco, que en este caso sería Benjamín Netanyahu, que la situación en los territorios palestinos es insostenible. Bajo tales circunstancias, el jefe de la ONU adscribe con desazón que la “resistencia” a la ocupación es inevitable. A esto, el problema está en que quien habla no es un particular cualquiera. Sus palabras tienen un peso importante, con mucha trascendencia; y la suya no es meramente una opinión, sino más bien una sentencia.

El Gobierno israelí interpretó que el secretario general estaba vertiendo legitimidad sobre el terrorismo palestino, y yo estoy de acuerdo. En este sentido, comparto con el premier israelí cuando señala que los palestinos que asesinan no quieren construir un Estado palestino en lo absoluto. Se trata de un odio poderoso que viene de mucho tiempo atrás, cuyo móvil no revindica otra cosa salvo un culto a la muerte. Es un tema que da mucho para hablar.

Esto no implica que Israel esté exentó de crítica, sobre todo en virtud del crecimiento de los asentamientos en Cisjordania. Pero eso no es el problema en cuestión. En todo caso, el problema aquí es uno mucho más básico, y estriba en que el secretario general no tenga una postura balanceada.

En este campo, vale recalcar que las Naciones Unidas es el foro internacional más sesgado frente a Israel en el mundo. Según Human Rights Voices y Votes Count, en años recientes Israel recibió más amonestaciones que Siria o Libia, mientras que Corea del Norte paso prácticamente desapercibida. Los comentarios de Ban Ki-moon reflejan esta realidad. Primero, porque sopesan que Israel es virtualmente responsable por todos sus infortunios. Es una falacia simple: el Estado judío es el gigante opresor, y los palestinos un pueblo desamparado, desesperado por consignar su Estado. Hay un actor fuerte, y otro muy débil. En rigor, la realidad es mucho más complicada, y tiene distintos matices.

En segundo lugar, así como lo observa The Jerusalem Post, de los 85 artículos de opinión firmados por Ban Ki-moon, 15 se refieren al cambio climático, 11 tratan asuntos económicos globales, y 10 son textos genéricos acerca de la ONU. Consonante con los vicios del cuerpo internacional que encabeza, el secretario general publicó 4 columnas sobre el conflicto palestino-israelí; más que cualquier otro en el mundo. La conclusión es que, aunque no lo vea, el distinguido diplomático surcoreano está aplicando un doble rasero que denigra la distinción del cargo que ocupa.

En suma, por estas razones, el papa Francisco y Ban Ki-moon me han decepcionado. Cabría de esperar que sean más lúcidos en el futuro, y hagan valer sus palabras con los principios loables que sus cargos reclaman. Principios que deberían sostener bien a lo alto, con criterio, valentía e imparcialidad.

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