Europa no debe caer en la trampa palestina

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Artículo Original. Publicado también en POLÍTICAS Y PÚBLICAS el 23/02/2017.

El líder palestino Mahmud Abbas se dirige al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas el 20 de febrero de 2018 para criticar la posición de Estados Unidos, y solicitar una cumbre internacional para tratar con el conflicto israelí-palestino. Lamentablemente, los líderes europeos son propensos a recibir dicha propuesta con entusiasmo, y caer en lo que llamo la trampa palestina. Crédito por la imágen: Timothy A. Clary /AFP.

El 20 de febrero el presidente palestino Mahmud Abbas se dirigió al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (ONU) para plantear abiertamente su descontento con la política exterior de la actual administración estadounidense; y, de paso, anunciar que la posición de mediador en el conflicto con Israel está vacante. En efecto, desde que Donald Trump anunciara su disposición a reconocer a Jerusalén como capital del Estado judío en diciembre pasado, el liderazgo palestino llama a desconocer el rol convencional de Washington como broker entre las partes enfrentadas.

A mi modo de ver las cosas, tengo la impresión de que los políticos europeos, en su indigestión por los dichos y hechos de Trump, pueden caer en lo que llamaré la trampa palestina. Me refiero a la errada noción de que contradecir a Trump es justo y conveniente, y que desafiar la postura estadounidense en lo concerniente a Tierra Santa acercará la paz de algún modo, que sin embargo aún no ha sido descubierto.

En el discurso ante el Consejo de Seguridad, Abbas llamó a organizar una conferencia de paz para mediados de 2018 bajo los auspicios de las Naciones Unidas. En principio, de llevarse a cabo, vale suponer que este evento sería marcadamente propalestino. Los foros de la ONU están visiblemente viciados en la materia, y mientras las condenas contra Israel resuenan año a año, las resoluciones advirtiendo los excesos de países como Siria o Corea del Norte (entre tantos otros) brillan por su ausencia. En otras palabras, la circunstancia que pretende Abbas sería probablemente utilizada para despotricar abiertamente contra Israel y Estados Unidos; con el supuesto manto de rectitud que confiere el voto mayoritario de la comunidad internacional.

Dejando de lado posiciones encontradas acerca de la postura de la administración Trump, lo cierto es que el pedido de Abbas es un insulto a la Casa Blanca. El dirigente palestino básicamente ratificó su voluntad de desconocer a la primera potencia mundial. Pero cabe preguntarse por qué lo hizo, es decir, ¿qué le da la seguridad de que puede vencerle la pulseada a Trump? Aunque el controvertido presidente ha adoptado una posición favorable a los intereses de Israel, cualquier internacionalista conoce que contrariar abiertamente a un Estado poderoso no es gratis. En este sentido, las acciones de Abbas pueden traerle consecuencias negativas, especialmente teniendo en cuenta el estilo impulsivo o errático con el que se suele describir a Trump.

El octogenario líder palestino no es ningún principiante, y sus cálculos están fundamentados en dos realidades: nunca un presidente norteamericano ha sido tan cuestionado por su política exterior por parte de Europa y el propio establecimiento estadounidense, al menos no desde que Woodrow Wilson propusiera la Liga de las Naciones cien años atrás. Abbas tiene buenos motivos para suponer que las propuestas o imposiciones de la gestión Trump terminarán con Trump, de modo tal que solo debe aguantar tres años más hasta que un nuevo inquilino llegue a la Casa Blanca.

Notoriamente, informes mediáticos indican que John Kerry, excandidato a la presidencia (2004) y ex secretario de Estado bajo Barack Obama (2013-2017) le habría dicho a un asociado de Abbas que “aguantara y sea fuerte” (hold on and be strong), comprando tiempo para no ceder ante las presiones de Trump. Aunque no hay forma de confirmar la veracidad de dichos reportes, en algún punto tales aseveraciones parecen reflejar la actitud de Europa frente al meollo palestino. Sin ir más lejos, el plan de Trump de reconocer a Jerusalén como la capital de Israel suscitó “profunda preocupación” en el Vaticano, y el reproche de Alemania, Francia, España y el Reino Unido. Más importante todavía, la crítica contra la política de Trump llegó hasta el Consejo de Seguridad, donde británicos y franceses se sumaron a la predecible condena de Rusia y China. El hecho de que aliados como Londres y París cuestionen dónde Estados Unidos pone su embajada en el foro internacional más relevante del mundo no es un dato menor. Podría decirse sin tapujos que se trata de una humillación, y como dijo entonces la embajadora Nikki Haley, “Estados Unidos tomará nota de los nombres” de los países que votaron en contra.

Este contexto le permite a Abbas apalancarse de la indignación internacional, y sobre todo aquella de las potencias europeas, para desafiar a Estados Unidos. Si las circunstancias fueran otras el dirigente palestino tendría que maniobrar con muchísimo más cuidado. Vistas las cosas desde la realpolitik, Abbas se nutre de la reticencia europea a apoyar los planes estadounidenses. Como Washington cortó por la mitad los fondos que dona anualmente a la Agencia de la ONU para los Refugiados de Palestina (UNRWA), el Parlamento Europeo llamó a la Unión Europea a poner la otra mitad. A mi modo de ver las cosas, esta eventualidad demuestra que Europa sigue sin entender las dinámicas de Medio Oriente, y que sus representantes no comprenden lo que realmente está en juego.

En este espacio ya publiqué una columna argumentando los criterios por los cuales la decisión de mover la embajada de Estados Unidos a Jerusalén representa una atrevida y calculada jugada que podría acercar un acuerdo de paz. (Asimismo difundí esta interpretación en algunos medios.) En resumidas cuentas, doy por entendido que la decisión de Trump está respaldada por Arabia Saudita y por Egipto, que tomaron acciones para que los medios locales resten importancia a la ocurrencia. Creo que, contrario a lo que dicen muchas voces –algunas de ellas inexpertas–, la decisión de mover la embajada no representa otro exabrupto de Trump. En rigor representa la presión multidireccional dirigida hacia el liderazgo palestino por parte de los aliados sunitas de Washington, que apremian alcanzar la paz con Israel para poder hacer negocios y armar un frente común contra Irán. Para fomentar estos vínculos es necesario dar por finalizado el conflicto israelí-palestino que tanta pasión despierta en la llamada calle árabe.

Esto es extremadamente importante por un motivo crucial. Teniendo en cuenta el registro histórico de las negociaciones entre israelíes y palestinos, parecería que, a diferencia de lo que sucede con las élites del mundo árabe, los líderes palestinos todavía no han superado la barrera psicológica

que les impide reconocer cierta legitimidad a la narrativa del nacionalismo judío. Por ello creo muy positivo y significativo que los Estados sunitas presionen a la dirigencia palestina para alcanzar dicha concesión. Abbas conoce muy bien que la decisión hecha por Trump está plenamente respaldada por los egipcios y los sauditas, pero no estaría dispuesto a contrariar la actitud beligerante de gran parte de sus constituyentes. En tanto los europeos continúen financiando al tesoro palestino tan generosamente, entonces (desde la perspectiva de Abbas) no habría motivo para alarmarse.

Si bien los cálculos de alta política no tienen en cuenta el sincero enojo de multitudes musulmanas alrededor del globo, cuestiones de paz y guerra raramente son dejadas a la voluntad de masas desinformadas. Aunque el gesto de Trump hacia Israel no cambia absolutamente nada en el terreno propiamente dicho, líderes como Recep Tayyip Erdogan y el ayatolá Ali Jamenei buscan explotar el acontecimiento para difundir su agenda antioccidental, y asimismo impartir temor en los europeos: siempre políticamente correctos. En este aspecto, detrás de llamados a la moderación, en Europa persiste el miedo a las comunidades musulmanas, capaces de movilizarse y de causar importantes disturbios a raíz de lo que haga (o deje de hacer) Israel.

Este miedo explica en parte la celebración de una fracasa iniciativa francesa para Medio Oriente, inaugurada por medio de una cumbre celebrada en junio de 2016. El congreso (en el cual participó John Kerry) buscó generar consenso en Europa para mostrar un frente unificado y dar con soluciones al conflicto. Sin embargo, teniendo en cuenta que Francia no supo conseguir el aval de Israel, este no participó del evento, convirtiéndolo por ende en un acto de relaciones públicas, y no así en una cumbre con potencial de lograr un avance. Hoy en día Abbas espera dar con un evento similar, y en esto mismo consiste su llamado a una nueva conferencia bajo el marco de las Naciones Unidas.

Por descontado, la asimetría de fuerzas y estatus entre Israel y la Autoridad Nacional Palestina (ANP) significa que las partes tienen un peso distinto en la escena internacional. Es decir, israelíes y palestinos no están en igualdad de condiciones. Mientras que Israel es un Estado plenamente integrado a la economía global, los palestinos viven bajo dominio hebreo y dependen completamente del bienestar de la economía israelí. Esto es algo que quienes promueven el boicot contra Israel no han entendido. Perjudicar el comercio israelí en última instancia daña la economía palestina. Así y todo, siendo el shekel israelí una de las monedas más fuertes del mundo, el Estado judío está muchísimo mejor posicionado para resistir el embate de presiones internacionales que otros países. Esto no sucede así con el liderazgo del proto-Estado palestino.

En base a estas consideraciones, opino que los líderes europeos deberían abstenerse de cuestionar a Estados Unidos en materia Israel-Palestina. Dejando de lado el controversial comportamiento de la administración Trump en relación con tantos asuntos internacionales, una lectura detenida de la situación desatada por la cuestión de Jerusalén muestra que el instigador no es Estados Unidos, pero más bien los países sunitas bajo la influencia de Arabia Saudita. Cualquier analista conocedor de Medio Oriente sabe que este Estado –aún bajo influencia del islam wahabita– no está en condiciones de vociferar abiertamente semejante reconciliación. En cambio, incluso con un presidente tan abucheado, Estados Unidos tiene suficiente poder e influencia para asumir riesgos y entrar en controversias diplomáticas.

Creo que Mahmud Abbas es consciente de que la política exterior estadounidense suele mantenerse estable, pese a los vaivenes que llegan con el recambio de una administración a la otra. Si Trump cumple con lo prometido y en efecto construye una nueva embajada en Jerusalén (occidental), será muy difícil que un próximo presidente revierta la decisión y deje la sede diplomática vacía. Pero Abbas asumió el riesgo que llevan sus palabras gracias a la negligencia política de Europa, la cual no sabe leer las señales procedentes de Arabia Saudita, que ostenta el liderazgo del islam sunita gracias a su carácter como custodio de La Mecca y Medina.

En definitiva, desde mi humilde tribuna le sugeriría a los líderes europeos apartar el pésimo consejo de veteranos diplomáticos como el español Javier Solana, que llama a “nivelar el campo de juego” entre israelíes y palestinos. Partiendo de la base de que dicho campo está inherentemente desbalanceado, Europa necesita funcionarios familiarizados con las dinámicas de Medio Oriente. Mientras tanto, sería conveniente que sus funcionarios tengan el coraje para no meterse en los asuntos que no comprenden, y evitar así la trampa palestina.

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