Irán podría perder protagonismo en Siria

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Artículo Original. Publicado también en INFOBAE el 13/06/2018.

El veterano comandante Qasem Soleimani (centro) lídera la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) y el cúerpo de élite Quds. Soleimani dirije las operaciones de Irán en los teatros de operaciones de Medio Oriente. Sin embargo, acontecimientos recientes sugieren vientos de cambio en la relación entre Damasco y Teherán. Como resultado, en lo sucesivo Irán podría perder influencia en Siria. Crédito por la imágen: AP.

En la última semana han circulado reportes de prensa que sugieren que Irán estaría perdiendo influencia en Siria. Según informa por ejemplo el Jerusalem Post, el Gobierno de Bashar al-Assad invitó a las fuerzas iraníes a retirarse de sus bases aéreas. El soberano no puede continuar hospedando a los iraníes en sus instalaciones, so pena de perder infraestructura militar crítica en ataques aéreos israelíes. Además, Rusia estaría de acuerdo con Israel en cuanto a la necesidad estratégica de reducir la influencia de los grupos chiitas en Siria, sobre todo en el sur del país.

Si estas premisas prueban ser verídicas, Siria y Rusia estarían cambiando su actitud hacía Irán, ya viéndolo como un lastre más que como socio estratégico. Este planteo supone un desarrollo importante en el escenario sirio, y se debería a varios factores que valen la pena ser analizados.

En primer lugar, es evidente que Israel no se tomó bien el afianzamiento de Irán cerca de su frontera. Con motivo de una ofensiva lanzada contra los rebeldes del Ejército Libre Sirio (FSA por sus siglas en inglés), en diciembre del año pasado los contingentes de Assad y Hezbollah logaron capturar territorio en torno a Quneitra, posicionándose peligrosamente cerca de los Altos del Golán. Este acontecimiento encendió las alarmas de Jerusalén, y, en lo sucesivo, la fuerza aérea israelí (IAF) viene llevando a cabo ataques contra objetivos sirios e iraníes.

Notoriamente, en febrero quedó demostrado que la IAF retiene la superioridad área sobre el cielo sirio. Cuando el día 10 de dicho mes un misil antiaéreo logró derribar un caza F-16, Israel respondió con contundencia y destruyó aproximadamente la mitad de las baterías S-200 al servicio de Assad. En mayo las incursiones áreas israelíes se intensificaron, especialmente luego de que fuerzas iraníes lanzaran una veintena de cohetes contra posiciones israelíes en el Golán. Jerusalén respondió iniciando la llamada  “Operación House of Cards”, resultando en más daños a la infraestructura antiaérea del Gobierno sirio. Luego, el 18 de mayo se reportaron grandes explosiones en la base área de Hama, utilizada por la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC). El ataque, atribuido a la IAF, se habría llevado la vida de docenas de sirios e iraníes, destruyendo depósitos de combustible y munición.

Foto de un F-35 israelí en acción sobrevolando espacio aéreo libanés, por encima de Beirut. Aunque fuentes oficiales israelíes desmintieron haber filtrado la imagen a próposito, la misma sirve como muestra de fuerza, a los efectos de intimidar a los enemigos de Israel. Crédito por la imágen: Captura de pantalla, Hadashot News.

Por otra parte, en mayo Israel reveló haber estrenado el caza F-35 (de última generación) para tareas de combate, convirtiéndose en el primer país del mundo en utilizarlo con dicho propósito. Lo que es más, la prensa israelí difundió una imagen (quizás un fotomontaje) mostrando un F-35 sobre Beirut, en un hecho simbólico pensado a intimidar a Hezbollah y sus aliados.

Teniendo en cuenta que en Medio Oriente los garrotes siempre hablan más fuerte que cualquier zanahoria, el Gobierno de Assad tendría motivo para reducir su dependencia de Irán. Por lo pronto ya hace tiempo que la supervivencia del régimen no está en jaque, y por lo tanto no está tan necesitado de las tropas irregulares (proxies) proiraníes. Pero más importante aún, dada su vulnerabilidad frente a la IAF, Assad no puede permitirse que Irán utilice la infraestructura del régimen. Así lo advirtió Benjamín Netanyahu, quien dijo que “Assad ya no será inmune si hospeda a las fuerzas iraníes”.

Estas declaraciones se producen en el marco de intercambios de alto nivel entre Rusia e Israel. Los actores involucrados en Siria conceden que solo Moscú tiene la potestad de imponer las reglas de juego en el terreno; y, en este sentido, Israel comprende que sus operaciones deben contar por lo menos con la aquiescencia del Kremlin. Como discutía en una columna publicada en abril, en lo que concierne a los israelíes las reglas son claras. Tienen permitido atacar posiciones de Irán y Hezbollah siempre y tanto no alteren el balance de poder, o impacten significativamente la capacidad del régimen para efectuar operaciones contra los rebeldes.

La diplomacia israelí estaría teniendo éxito, en tanto altos funcionarios rusos –como el ministro de Exteriores Sergei Lavrov– afirmó que todas las fuerzas que no sean sirias deben retirarse del sur del país. De acuerdo con Maxim A.Suchkov, experto en Rusia y Medio Oriente, Israel estaría dispuesto a permitirle a Assad llevar a cabo operaciones contra los rebeldes del FSA en la provincia sureña de Daraa, a cambio de garantías –provistas por Rusia– de que Irán (Hezbollah) será removido del teatro de operaciones.

No obstante, como reconoce Suchkov, no está claro hasta qué punto Rusia tiene capacidad para mantener alejados a las milicias iraníes sin tener que recurrir a medios físicos. Moscú estaría contemplado la posibilidad de militarizar el área a los efectos de crear un “colchón” o buffer entre israelíes, sirios y proxies iraníes. El problema de esta opción es que Rusia actúa como mediadora entre intereses contrapuestos, de modo que el escenario de una mediación impuesta por la fuerza podría llegar a ser contraproducente para alguna de las partes, pues inevitablemente reduciría su margen de acción.

En cualquier caso, la realidad descalifica la mediatizada pero errada noción de que Rusia e Irán son aliados. Por el contrario, ambas naciones arrastran una larga historia de rivalidad por influencia geopolítica, y por ende presentan intereses substancialmente diferentes. El acercamiento entre Moscú y Teherán a lo sumo se limita a velar por la estabilidad política en Siria, y en un sentido más amplio contrarrestar la injerencia estadounidense en Medio Oriente.

En la medida en que los intereses de Rusia e Irán se polarizan, las amenazas de Hassan Nasrallah, el jefe de Hezbollah, se vuelven más relevantes. El 8 de junio Nasrallah anunció que sus fuerzas no se someterían a ninguna retirada impuesta desde arriba, salvo que proceda de Damasco. Dijo también que “el día de la gran guerra [con Israel] está cerca”.

Es difícil desmentir la posibilidad de una conflagración, sobre todo si los iraníes calculan que, de esta manera –provocando a Israel– pueden alterar el escenario a su favor: apelando a la carta de unidad árabe, así retrasando la “expulsión” de Hezbollah de la frontera, atando las manos de Assad. Sin embargo, el prospecto de una guerra con “el enemigo sionista” a la larga recrudecería la tensión entre Teherán y Moscú, poniendo a Damasco en una posición muy delicada.

Partidarios de Hezbollah escuchan a su líder, Hassan Nasrallah, dar un discurso mediante teleconferencia, durante un acto para conmemorar “el día de Al-Quds (Jerusalén), en la aldea de Maroun el-Rass, al sur de Líbano, el 8 de junio de 2018. Crédito por la imágen: Mohammed Zaatari / AP.

Lo cierto es que a esta altura del partido el Gobierno sirio necesita más a Rusia de lo que necesita a Irán. En 2016 escribí una columna hipotetizando un escenario en donde Siria reconoce diplomáticamente a Israel. Si bien este planteo es debatiblemente ilusorio, creo estar en lo cierto al señalar que Assad podría buscar la forma de romper con Irán, a los efectos de recomponer relaciones con Occidente, ganar legitimidad como “moderado”, y reconstruir su país. Atrás quedaron los días en donde Assad era presionado a dimitir por las potencias, y es evidente que posee hegemonía sobre lo que los analistas denominan “la Siria útil”, aquellos territorios lindantes al Mediterráneo, donde se ubican las grandes urbes y zonas económicamente viables.

En suma, de cara al futuro, una vez pacificada Siria, el país que quede en manos de Assad tendrá que reintegrarse al mundo, y puede suponerse que los lazos entre Damasco y Teherán arrojen más desventajas que beneficios. Por ello no debería extrañar si el Gobierno cede ante las preferencias y directrices del Kremlin, ordenando a Irán y a sus agentes que se replieguen de las zonas controversiales. En este momento no es posible confirmar los reportes que sugieren que Assad expulsó a los iraníes de sus bases aéreas. No obstante, bajo las circunstancias actuales la movida no carece de sentido.

En mi opinión, de aquí en adelante Irán perderá progresivamente predominio sobre el teatro de operaciones sirio. El cambio no se producirá de un día para otro, y los resultados recién saldrán a la luz luego de que las potencias finalicen la repartición territorial del fragmentado país. Ahora bien, aunque Irán perderá influencia sobre Damasco, todo parece indicar que seguirá cosechando frutos en Líbano y en Irak, donde las milicias chiitas van mano a mano con el poder político.

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