La previsible revelación de los cables sauditas

Artículo publicado originalmente en INFOBAE el 29/06/2015. Publicado también en HATZAD HASHENI el 3/07/2015.

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Los documentos difundidos por WikiLeaks, más de 61.000 hasta la fecha, dan cuenta de las maquinaciones de la diplomacia saudita para influir en la opinión pública subsidiando a distintas publicaciones y medios de prensa alrededor del globo. El riyal saudí lleva impreso los rostros de los gobernantes de la casa real. Crédito por la imagen: Shutterstock.

La semana pasada la polémica WikiLeaks comenzó a difundir cientos de miles de documentos clasificados del ministerio de Relaciones Exteriores de Arabia Saudita, que desde ya, por la naturaleza de su contenido, complican la imagen de la conservadora, rica y reservada monarquía del Golfo. Según lo reportado por la organización presidida por Julián Assange, entre los cables se encuentran reportes altamente secretos que dan cuenta del modus operandi de la política saudita, basado esencialmente en la compra de influencia mediante sobornos y el flujo de dinero a individuos e instituciones clave. Sin embargo, pese a lo revelador que resulta este “Saudigate” a los efectos de comprender mejor las intrigas sauditas, el contenido extraído por WikiLeaks difícilmente sorprende. Arabia Saudita es después de todo un país cuya relevancia en la escena global se expresa en términos de petrodólares, siendo que sus funcionarios tienen a su alcance una chequera que no conoce límite, y que le permite al país comprar la preeminencia que de otro modo no tendría.

La publicación de los cables no ha trascendido como noticia en América Latina, y aun así es una primicia que creo que podría ser tomada para estudiar, quizás en términos más generales, el comportamiento de los Estados que utilizan el caudal monetario que deviene de sus riquezas fósiles para financiar su política exterior. En el caso que aquí nos compete podemos extraer algunas observaciones. Según lo constatado hasta ahora por los cables filtrados, los sauditas no tienen escrúpulos a la hora de comprar el silencio de medios e instituciones. También ha quedado (otra vez) en evidencia, que el Gobierno saudita mantiene vínculos con terroristas, y que se destinan recursos públicos – aunque en rigor todo le pertenece a la familia real y no al pueblo – para monitorear la actividad de sauditas en el extranjero.

Sobornos a formadores de opinión y a los medios de comunicación.

Dado el carácter con el cual Wikileaks aboca por la trasparencia de la información, esta decidió enfatizar cómo Arabia Saudita manipula la prensa internacional, especialmente la árabe, comprando el silencio de las personas importantes. En una editorial la organización de Assange denuncia que mientras la mayoría de los Gobiernos del mundo se involucran en tediosas campañas de relaciones públicas para defenderse de las críticas, el enfoque saudita es más sistemático y no obstante más simple: comprar lealtades en cualquier parte del globo.

En una serie de cables queda explicito que el ministerio saudita de Cultura e Información no es otra cosa que una oficina de propaganda, la cual oficia de donante – por así decirlo – a diferentes publicaciones en distintos países. Mediante sus embajadas Arabia Saudita emite cheques sin pedir comprobante de recibo para aportar, por ejemplo, casi 40 mil dólares a tres medios australianos, 8 mil dólares a cuatro medios canadienses, y 19 mil dólares a cuatro publicaciones indonesias.

Argentina no es la excepción. Según un cable con el que me topé en mi investigación, el Ministerio de Cultura e Información le habría pagado a Roberto Ahuad 10 mil dólares en 2006. Ahuad es el controversial exembajador argentino en Siria (2010-2014) que es conocido por su odio a Israel y sus simpatías con el Hezbollah; y que – según lo mostró en su momento Infobae – está acusado de cometer ilícitos durante su gestión como ministro plenipotenciario. El dinero estaría destinado al programa televisivo “Desde el aljibe”, entonces manejado por Ahuad, quien abandonó su rol en el mismo tras su nominación como embajador. Similarmente, otro documento deja constancia de un cheque por un valor de 10 mil dólares para apoyar en 2008 una emisión radial en Buenos Aires. En otro cable, se deja constancia que el Centro Cultural Islámico Rey Fahd en Buenos Aires tiene la confianza de la embajada saudita para transmitir el rol positivo y el liderazgo internacional del reino. Luego, aun en otro documento que pude encontrar, se detalla que la embajada saudita le aportó 13 mil dólares a la Federación de Entidades Árabes de la República Argentina (FEARAB) en 2007, vía la compra de suscripciones al boletín mensual de dicho organismo.

Volviendo a un plano general, los documentos filtrados revelan los esfuerzos del Gobierno saudita por coaptar la línea editorial de los medios, especialmente los árabes, a modo de asegurar que en su cobertura de los eventos internacionales, los mismos presenten al país en un tono favorable. Descrito en los cables con sutiliza diplomática como “contención” y “neutralización”, el enfoque saudita es básicamente comprar el silencio o el favor de los formadores de opinión y las instituciones informativas. De esta manera, si un medio o un periodista es severo en su cobertura de Arabia Saudita, la primera reacción de los agentes de la monarquía consiste en buscar “neutralizarlo” pagando el precio requerido por su silencio. Los periodistas de una cadena neutralizada no tienen necesariamente que hablar bien de los asuntos del reino, mas se espera que no hablen en lo absoluto de aspectos susceptibles a críticas. Por otro lado, cuando la situación amerita darle pompa a la política saudita, se procede a invertir en las acciones del medio buscado para que este pase a hablar a favor. Un modo de hacer esta “contención” se traduce en la compra de miles de suscripciones a publicaciones selectas con la expectativa de que los editores devuelvan pronto el favor. El caso mencionado arriba en relación a la FEARAB quizás encaja en este patrón.

Curiosamente, con motivo de las revueltas de la “Primavera Árabe”, un cable expresa preocupación con el modo “truncado y confuso” en que la prensa egipcia cubrió los eventos regionales tras la caída de Hosni Mubarak. Lo que es más, este cable se encarga de sintetizar la política saudita a la perfección, cuando sugiere que la prensa egipcia ya no dirige la opinión pública, pero bien, que es la opinión pública la que dirige la prensa. En un sentido amplio, los esfuerzos de Riad van dirigidos precisamente a evitar a toda costa que la opinión de las masas se le torne en contra.

Guerra mediática con Irán y potenciales subversivos internos

Los funcionarios de Riad tienen resquemor a lo que las masas árabes puedan consumir y difundir mediáticamente, y por esta razón, del mismo modo en que temen que la imagen del régimen sea difamada, en paralelo reconocen el potencial de las herramientas informáticas para desestabilizar a Irán. Según los datos extraídos por Associated Press (AP), los cables esclarecen la intención de los sauditas por incentivar la ansiedad de los iraníes por un cambio régimen por medio de las redes sociales, sugiriendo mediatizar galerías de imágenes con los abusos del régimen contra su propio pueblo. En otro ejemplo, de acuerdo con la editorial de WikiLeaks, el Gobierno saudita ha intercedido para debilitar la señal de emisión de la cadena iraní Al-Alam hablada en árabe. Vinculado con América Latina, un cable expresa preocupación por la expansión mediática de Irán en el continente, especialmente en Venezuela.

Cuando las zanahorias no alcanzan para comprar silencio o lealtad entra a jugar una política más dura, concretamente esbozada por temor a la aparición de una intelligentsia interna que pueda mermar la legitimidad de la monarquía, sobre todo en tiempos de tumulto regional. Los cables en este punto vienen a darle más credibilidad a denuncias provenientes del tercer sector, que acusan a Riad de espiar a sus propios ciudadanos. No que se trate de una anomalía que llame demasiado la atención (en tanto hay muchos otros países envueltos en polémicas similares), pero se trata de la confirmación de que el régimen espía a los suyos, no por temor a que estos colaboren con terroristas, sino por temor a que estos difundan ideas contrarias a los intereses de la casa real. De acuerdo con varios reportes, los cables asientan que el Gobierno está particularmente preocupado por las ideas que sus ciudadanos puedan adquirir en universidades extranjeras.

Diplomacia de chequera

Llamada así por varios analistas, los cables muestran que la diplomacia de chequera impulsada por los sauditas se ha convertido, en efecto, en una realidad conocida. Los documentos filtrados muestran que hay actores más que dispuestos a peticionar por financiación saudita antes de recibir una oferta de la embajada. Como ejemplo notorio, Samir Geagea, líder guerrillero libanés convertido en líder político de un partido cristiano (las Fuerzas Libanesas), acudió a los sauditas en 2012 porque desesperado en su bancarrota ofreció “hacer lo que el reino le demandara”. Con algunos medios informativos habría ocurrido lo mismo. La agencia estatal de noticas de Nueva Guinea le pidió a los sauditas dos mil dólares para cubrir sus gastos inmediatos, y la televisora libanesa MTV (no confundirse con la cadena norteamericana) pidió 20 millones, aunque terminó aceptando 5 para emitir informes favorables a Riad.

En esta categoría el caso que más llama la atención tiene que ver con la aparente intención del Gobierno del ahora depuesto (y condenado a muerte) Mohamed Morsi, por canjear la liberación de Mubarak por 10 billones de dólares, que en un principio Arabia Saudita estaría dispuesta a pagar. De un modo u otro, irónicamente lo cierto es que ningún actor está dispuesto a pagar un dólar por la liberación de Morsi, y los fondos billonarios terminaron a parar en las arcas del Gobierno egipcio encabezado por Abdel Fattah al-Sisi.

Vínculos con yihadistas

De acuerdo con documentos relevados por The Wall Street Journal, Arabia Saudita tiene una relación establecida con la Red Haqqani, una agrupación terrorista de carácter fundamentalista aliada a los talibanes en su lucha contra la presencia de la OTAN en Afganistán. Según lo informado, Jalaluddin Haqqani, el líder del clan yihadista, llevaría un pasaporte saudita, y los emisarios de Riad se habrían juntado con dirigentes de dicha agrupación en Pakistán, y particularmente con su recaudador de fondos.

De ser cierta, esta noticia solo confirma un patrón ya observado hace tiempo por periodistas y especialistas. Entre los expertos en este punto existe una opinión consensuada, que si bien varía en relación a números, consiente en cuanto al quid de la cuestión. En mi opinión, dado el precedente de Arabia Saudita como financista número uno de la yihad en las últimas décadas, la monarquía conservadora representa una suerte de caja de pandora del islam. El dinero saudita no solamente es entregado a quienes se sienten ideológicamente afines a los principios del islam wahabita endorsado por el reino, pero también es empleado para que las pasiones destructivas de esta rama literalista de la religión no sean canalizadas en casa. Por ejemplo, un documento filtrado sugiere satisfacción con la labor del canal hispanohablante (musulmán) Córdoba TV, dirigido por un jeque dedicado al wahabismo y comprometido – lee el cable – a justificar “el odio positivo hacia los cristianos”. Visto desde una óptica pragmática, el cálculo saudita enseña que financiando el extremismo en el extranjero se puede obviar el terrorismo en el plano doméstico.

Para finalizar, me permito agregar que hay muchísimos cables provenientes de diversas embajadas sauditas alrededor del globo que reportan el modo en que los columnistas y la prensa presentan al islam y al reino que custodia las Dos Sagradas Mezquitas. Uno de los cables de la embajada en Argentina toma nota de un número del suplemento Ñ del diario Clarín acerca del islam. Siendo esta la situación, llegado el caso de que un diplomático saudita me lea, aprovecho la circunstancia para enviarle un cordial y afectuoso saludo. Sarcasmo de lado, evidentemente en la era de la información hay escándalos cuya disipación el dinero no puede comprar.

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