Mahmud Abás en las Naciones Unidas: ¿el fin de la era Oslo?

Artículo Original.

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El 30 de septiembre pasado, el presidente palestino Mahmud Abás se dirigió a la Asamblea General de las Naciones Unidas, y, buscando llamar la atención, aseveró que ya no se siente obligado por lo estipulado por los acuerdos de Oslo. Crédito por la imágen: Cia Pak / Naciones Unidas.

A setenta años desde su establecimiento, las Naciones Unidas (ONU), tal como es costumbre todos los años en septiembre, invita a los líderes del mundo a viajar a Nueva York para participar del debate en general de la Asamblea General, el principal foro internacional del planeta. Al caso de la cuestión israelí-palestina, Mahmud Abás pronunció su discurso el 30 de septiembre, y expuso su visión acerca de lo que le incumbe en Medio Oriente.

En este espacio me propongo resumir y luego discutir la exposición del dirigente palestino. Lo primero que se podría decir, para comenzar, es que su discurso va en línea con la narrativa que se presenta año tras año, haciendo su contenido desde ya previsible. Abás centró su exposición de 40 minutos en Israel. Arremetió contra la presencia judía en Cisjordanía, contra el bloqueo israelí a la Franja de Gaza, y demás agravios relacionados. En relación con los incidentes recientes en torno a la Explanada de las Mezquitas en Jerusalén, Abás acusó al Gobierno israelí de violar los derechos religiosos de los musulmanes y los cristianos. Según lo alegado por el líder palestino, el Gobierno israelí, en liga con extremistas judíos, está tramando para apropiarse de los lugares santos, de modo tal – continuó – que Israel está atentando contra el statu quo previo a 1967, cuando los lugares santos estaban fuera de la jurisdicción de los hebreos.

¿Fin de la era Oslo?

“¿Dónde están los Estados democráticos cuando los israelíes matan niños palestinos?” – Abás le preguntaba a la Asamblea a raíz de la citada ocupación, señalizando particularmente la trágica suerte del infante que murió abrasado por colonos judíos hace dos meses. Ahora bien, lo que realmente llamó la atención del discurso, fue el anunció que aseguró que la intervención fuese resaltada por los diarios del mundo. Para causar efecto y cautivar a su audiencia, el mandatario palestino anunció que su parlamento aprobó renunciar al proceso de paz definido en los acuerdos de Oslo. Los mismos, iniciados entre Itzhak Rabin y Yasir Arafat hace ya dos décadas, hasta ahora han enmarcado todas las negociaciones entre israelíes y palestinos, posibilitando que estos últimos pudieran conformar una autoridad protoestatal de camino a la proyectada estatidad final. En su alocución, Abás argumentó que a su pueblo no le queda otra. Sostuvo que mientras ellos reconocen a Israel, este no reconoce la existencia de Palestina; y que Benjamín Netanyahu quiere destruir la solución de dos Estados. Básicamente, en palabras del líder, “no hay otra explicación”, y “la situación es ya insostenible”.

Abás insistió en que los palestinos no aceptarán soluciones temporales y que tampoco se resignarán a convenir un Estado fragmentado. El suyo, sugirió Abás, será un Estado como cualquier otro, que tendrá elecciones presidenciales y legislativas, y que promoverá una cultura de paz en la región. Insinuó que los palestinos no les responderán a los israelíes con la misma medicina belicista, abocándose en cambio por la resistencia pacífica.

Por todo lo dicho, también aseveró que las negociaciones no tienen sentido, en tanto, si no hay voluntad por llegar a un acuerdo, negociar por negociar es perder el tiempo. Con las alegadas violaciones sistemáticas en curso, el presidente palestino le decía a la comunidad internacional que los palestinos apelaban a la buena voluntad del Secretario General, y que, indefensos frente al embate con los israelíes, se sometían a la protección de las naciones del mundo. Consecuentemente, Abás volvió a insistir en que Palestina – considerada por las Naciones Unidas como un Estado propiamente dicho – sea bienvenida en todos los organismos internacionales, con pleno reconocimiento universal. Aunque aclaró que dicho reconocimiento no debía ser una mera expresión de presión hacia Israel, lo cierto es que urgió a todos los países a repudiar la “ocupación más prolongada desde que se fundaran las Naciones Unidas”. El palestino dejó en claro que buscaría llevar a funcionarios israelíes a la Corte Penal Internacional (CPI) por supuestos crímenes de guerra. Esta postura apunta a que cuanto mayor fuera el reconocimiento internacional de Palestina como Estado, más posibilidades tendrían los palestinos de contrarrestar la agresión israelí. No en el campo de batalla habitual, pero sí en la escena diplomática y judicial.

Israel, continuó el dirigente palestino, no para de expandir sus asentamientos y presencia en Cisjordania, ocupando el 60 por ciento de la tierra, incluyendo a Jerusalén oriental, reclamada como la capital del Estado Palestino. Abás asentó que desde el famoso discurso pronunciado por Barack Obama en El Cairo en 2009, Israel incrementó en un 20 por ciento la actividad de los asentamientos.

Recopilando, Abás dijo que a menos que la situación diera una vuelta de tuerca, si Israel no asume su responsabilidad como un poder ocupante, y no cumple con lo establecido por los tratados, los palestinos no tienen obligación de ser los únicos en someterse a los acuerdos escritos. Ampliamente interpretado de esta manera, en otras palabras, Abás anunciaba el fin de Oslo, y culpaba enteramente a Israel por el fracaso.

Juicios de valor

Personalmente encuentro el discurso bastante cínico. En un primer término, en relación con el estado de la Explanada de las Mezquitas, el statu quo previo a 1966 del cual habla Abás es una falacia. Hasta ese año, esto es, hasta la llamada guerra de los Seis Días, Jordania ocupaba la Ciudad Vieja de Jerusalén – incluidos los lugares santos. Tras conquistar el terreno durante la guerra de 1948, Jordania expulsó a los residentes judíos de sus barrios tradicionales, y paso subsiguiente, imposibilitó que los judíos pudieran rezar en el Muro de los Lamentos. No es necesario ser partidario de Benjamín Netanyahu para percatarse de que Abás mintió en su exposición. Aprovechando el presente clima de desequilibrio e inestabilidad en Jerusalén, el líder palestino moldeó los hechos para ajustarse a su conveniencia.

Esto no implica que Israel esté absento de crítica por la manera en que lidia con el extremismo judío, o por cómo trata con las manifestaciones. Sin embargo, la política de Israel, por razones ideológicas como prácticas, consiste precisamente en posibilitar el acceso a todos los lugares de culto, a personas de todas las religiones. Irónicamente, la Explanada, donde se encuentran la mezquita de Al-Aqsa y la Cúpula de la Roca o el Noble Santuario (al-Haram al-Sharif), es el lugar donde el acceso está más restringido. Allí los administradores no son israelíes, pero árabes y musulmanes, jordanos y palestinos. Si usted no es musulmán, le deseo mucha suerte para intentar entrar.

Por otro lado, los expertos conceden que de no ser por los israelíes, los lugares santos, emplazados en una zona arqueológicamente rica, con una historia milenaria, serían sometidos a un cuidado negligente, o a un maltrato deliberado. En suma, la inducción que hace Abás es falaz. El hecho de que en estos momentos se registren problemas severos en la convivencia entre judíos y musulmanes en Jerusalén, particularmente en torno al acceso a la Explanada, no implica en lo absoluto que lo que alegó Abás sea cierto. Por el contrario, justamente gracias a que Israel rompió el statu quo vigente hasta 1966, el acceso a cual sagrada ciudad se ha democratizado para cualquier turista y peregrino.

Otro punto que vale la pena cuestionar es el mérito de Abás para hablar de paz. El mandatario palestino se preguntaba dónde están los países democráticos cuando israelíes matan a niños palestinos. Pero, ¿dónde están los mismos cuando palestinos matan a familias israelíes? En su intervención Abás hizo alusión a un Estado palestino democrático, promotor de una cultura de paz y respeto. No obstante, en tanto el líder palestino estaba en Nueva York, reflejando alegóricamente la realidad, la muchachada de las brigadas de los Mártires de Al-Aqsa, una milicia armada vinculada con Al-Fatah, la facción política de Abás, salía a las calles de Hebrón disparando orgullosamente sus rifles de asalto al aire. Si usted me pregunta a mí, Israel es ciertamente responsable al fracasar en mantener a raya a los extremistas judíos, pero frente al terrorismo, hay una diferencia cualitativa entre la manera en que reacciona un bando, y la manera en la que reacciona el otro. Concisamente, mientras los israelíes salen a condenar la violencia, el liderazgo palestino calla, y por lo tanto otorga.

Más allá del discurso en la ONU, está por sentado que no es la primera vez que se registra una escalada de violencia. El observatorio del Palestinian Media Watch (PMW) muestra el historial de Abás a la hora de repudiar la violencia de palestinos contra judíos. Sustancialmente, hablando para una audiencia doméstica, Abás opta por apelar a motivos religiosos para denigrar a los judíos y celebrar a los violentos. Quizás, cabría esperar, si diplomáticos de la Asamblea General se hubiesen percatado de tal contradicción, los aplausos con los que Abás fue recibido no hubieran sido tan altos. Al caso, el 1 de octubre, una pareja israelí fue asesinada en Cisjordania, y el 3 de octubre dos israelíes fueron asesinadas en la Ciudad Vieja. Las autoridades palestinas aún no se han expedido para condenar estos hechos. Haciendo mía la opinión de Khaled Abu Toameh, a Abás “le conviene más que lo critiquen Estados Unidos e Israel que ser acusado por los suyos de lograr un mal acuerdo con el Estado judío”. Habiendo hecho su carrera política mancillando a Israel, condenando pomposamente a todo palestino dispuesto a una conciliación, abrazando una causa maximalista, Abás – “como Arafat, se ha vuelto prisionero de sus propias palabras”.

Siendo irrisorio que Abás, como portavoz de los palestinos ante el mundo, sea quien hable de la promoción de una cultura de paz, también es ridículo que sea él quien hable de democracia. Se trata de un dirigente que pese a lo pautado, aún – luego de una década de permanencia como jefe político en Cisjordania – no ha convocado a elecciones.

Posiblemente el tema más espinoso, por sus repercusiones a mediano y largo plazo, sea la cuestión de los asentamientos. Para darle crédito, Abás está en lo cierto cuando se refiere a que la actividad en los asentamientos ha crecido, pues la población israelí en Cisjordania, estimada en 350.000 (sin contar Jerusalén Oriental, dónde viven 300.000 personas), viene creciendo sostenidamente. A juzgar por sus palabras, es evidente que el presidente palestino cree que no habrá ningún avance en tanto Netanyahu sea primer ministro. Aun así, incluso cuando esta opinión es muy difundida entre los comentaristas, desde lo personal creo que pese a las descripciones simplistas en su contra, Netanyahu no es, o mejor dicho, ya no es, el empedernido derechista que muchos perciben. En este sentido, opino que haciendo gala del cinismo que lo caracteriza, Abás exagera al vincular el fracaso de Oslo enteramente con la cuestión de los asentamientos.

Sobre Nentanyahu, a estas alturas se puede decir que se las ha manejado para ser el único primer ministro en la historia de Israel en ser electo tres veces consecutivas; y todo apunta a que para el término de su actual y cuarto mandato, habrá estado más tiempo en la jefatura de su país que cualquier otro primer ministro israelí. Con esto quiero decir que el líder likudnik ya no es necesariamente el idealista que una vez fuera. Como lo muestra un análisis del New York Times, si bien Netanyahu, opuesto inicialmente a la mera idea de negociar con los palestinos, impulsó fuertemente los asentamientos durante su primer mandato (entre 1996 y 1999), al retomar el mando una década después, respetó los acuerdos alcanzados por sus predecesores centristas menos conservadores. Con Netanyahu, desde 2009 en adelante, los asentamientos no se dispararon exponencialmente para arriba, sino que más bien crecieron en proporciones similares al número registrado con Ehud Barak, Ariel Sharon, y Ehud Olmert.

Para ser claros, los asentamientos son una de las principales barreras al proceso de paz. Contribuyen a generar ansiedad, cambiando la realidad en el terreno, haciendo que futuras concesiones sean por lo pronto más difícil de materializarse. Y no obstante, el liderazgo palestino falló en aceptar lo propuesto por Barak en el 2000, y por Olmert en el 2008, cuando Israel ofrecía retirarse de casi la totalidad de los llamados territorios ocupados. En este aspecto, uno podría criticar a Netanyahu por no rechazar la continuación de los asentamientos, tanto en público como en privado, pero a mi criterio, cualquier análisis de la temática también tiene que prestar atención a los vaivenes políticos locales; y el primer ministro, a grandes rasgos, tiene que mantener una frágil coalición de Gobierno, y mediar entre una oposición centrista, y otra ala opositora bastante derechista.

Cuando asumió en 2009, Netanyahu se comprometió a respetar la política de no incentivar la creación de nuevos asentamientos, empero respetar el crecimiento poblacional natural de los mismos. En su momento decretó un congelamiento de los asentamientos por diez meses, a la expectativa de lograr algún avance con los palestinos que nunca llegó. Puesto sucintamente, Netanyahu insiste que la cuestión de los asentamientos viene atada a la seguridad de Israel, y que en la medida que esta no vea sus requisitos satisfechos, el Estado judío no puede permitirse plantearse retiradas. Si no existen suficientes garantías a los efectos de evitar la proliferación de potenciales amenazas, el premier israelí no cederá – pues si así lo hiciera, entre otras consideraciones, su Gobierno caería, producto del descontento de su electorado más conservador, sin lograrse nada a cambio.

Nos vamos de Oslo: una jugada desesperada para llamar la atención

Por último, hay que analizar el polémico anuncio de Abás de que los palestinos se retiran del proceso de paz delineado por los acuerdos de Oslo. Por más que Abás no se refirió a los acuerdos por el nombre de la ciudad noruega en donde en un principio fueron negociados, dejó sentando que ya no se sentía obligado por los mismos. Bien, a mi modo de ver las cosas, aunque quedará por verse si el anuncio trae consecuencias aparejadas, se trata más que nada de una maniobra para llamar la atención. De antemano, sobre este tema se podría decir que Oslo ha quedado en “stand by” desde hace tiempo. Para la administración Obama esto parece especialmente cierto desde Netanyahu. Para algunos analistas, Oslo ya habría fracasado desde el día uno por estar inermemente mal planificado. Sin embargo, consta percatarse que Abás no anunció el fin de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), la autoridad protoestatal creada a partir de estos acuerdos, esencialmente para conferir legitimidad internacional a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP). Abás asentó por el contrario que su voluntad es hacer de esta el Estado exigido por las aspiraciones palestinas. Paradójicamente, tampoco anunció el fin de la cooperación con Israel en materia de seguridad, posiblemente el punto donde israelíes y palestinos más acuerdan. Con su experimentado aparto de inteligencia, Israel le ayuda a la ANP a prevenir amenazas contra el régimen de Abás, provenientes especialmente desde organizaciones islamistas, incluyendo a Hamás. Dada esta realidad, es lógico que el líder palestino no quiera demoler el único vestigio operativo de Oslo al día de hoy.

Abás en estos momentos busca desesperadamente consolidar poder. Los suyos vienen esperando resultados desde hace años, y el presidente ya no puede seguir amagando, anunciando elecciones que están por venir, y que en definitiva nunca se concretan. Para contrarrestar esta tendencia, Abás vine llevando a cabo en los últimos años una ofensiva diplomática en los foros internacionales, con cierto grado de éxito. Prueba de ello, Palestina ha sido reconocida por la Asamblea General como un Estado no-miembro, y el último 30 de septiembre, la bandera palestina fue izada por primera vez en las afueras del edificio de la ONU en Nueva York. Esta campaña le ha traído réditos políticos en el pasado reciente, pero Abás tampoco puede sacar usufructo de estos logros indefinidamente. Acaso para intentar signar que pronto convocaría a elecciones, luego de tantos otros anuncios que quedaron en la nada, hace poco Abás anunció que renunciaba a su puesto en el Comité Ejecutivo de la OLP. En rigor, tal movida apunta a todo lo contrario, a fortalecer el politburó con los allegados del octogenario jefe de Al-Fatah. Además, llamativamente, de acuerdo con una encuesta, publicada el 21 de septiembre por el Palestinian Center for Policy and Survey Research, dos tercios de los palestinos, es decir cerca del 66 por ciento, no se compra el cuento de que la renuncia de Abás a este Comité es real. Lo que es más, el 56 por ciento quiere que renuncie a la presidencia de una vez por todas.

La encuentra mostró por otro lado que cerca del 80 por ciento de los palestinos cree que Palestina ya no es la principal causa enarbolada entre los árabes. En efecto, podría decirse que con las guerras en Irak, en Siria y en Yemen en pleno desarrollo, el auge del Estado Islámico (ISIS), y la nuclearización de Irán, la cuestión palestina ha pasado a segundo plano en las esferas de la alta política. Todo líder mundial ambiciona con ser instrumental en la resolución del conflicto palestino-israelí, mas las circunstancias, por razones obvias, definen otras prioridades.

Dicho esto, el discurso de Abás es mucho ruido y pocas nueces. El cinismo y la política, como quien dice, van de la mano, de modo que quizás – alguien podría plantear – no sería del todo justo evaluar el discurso en cuestión bajo la base de sus exageraciones u omisiones. En cualquier caso, creo indudablemente que el tema de fondo aquí es lo insostenible que se está volviendo el liderazgo de Abás en la política palestina; lo que de por sí representa un peligro, si se contempla la posibilidad que Hamás pueda alzarse en Cisjordania. Por ello, el discurso del presidente palestino debe ser interpretado principalmente como un intento por acaparar la atención del mundo. Lacónicamente, quiso decirle a las potencias que si no lo apoyan, esto es, si no logran entregarle una victoria que pueda “marketinizar” entre su pueblo, pronto podrían quedarse sin socio para la paz. Altero o no, en esto lamentablemente Abás podría tener razón.

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