¿Otra guerra en Gaza?

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Artículo Original. Publicado también en INFOBAE el 01/08/2018.

El ejército israelí bombardea posiciones de Hamas en la Franja de Gaza, el 14 de julio de 2018. A lo largo del mes han subido las tensiones con motivo de ataques de la organización islamista y retribuciones israelíes. Esta situación pone de manifiesto la posibilidad de una una nueva guerra en Gaza. Crédito por la imagen: Bashar Taleb / AFP.

El 20 de julio un francotirador gazatí mató a un soldado israelí. A modo de retaliación, Israel bombardeó posiciones del grupo Hamas, hiriendo de muerte a cuatro personas, tres de ellas militantes islamistas. Ahí mismo Hamas se apresuró a buscar el cese al fuego por vía de sus intermediadores egipcios. A su vez, estos les habrían comunicado a los regentes de la Franja de Gaza que Israel estaba perdiendo la paciencia, y que iría a la guerra de sucederse otro incidente semejante.

Una semana antes, el 14 de julio cazas israelíes bombardearon un puesto de mando de Hamas, matando a dos militantes. Esta acción fue una respuesta frente al lanzamiento de cohetes contra Israel durante las horas previas, y así también a las cometas incendiarias que vienen siendo soltadas hacia Israel desde el último mes.

Estos acontecimientos se enmarcan en una serie de enfrentamientos recientes, y dan cuenta de tensiones en ascenso que podrían decantar en un nuevo conflicto como la guerra de 2014. ¿Qué posibilidad existe de que esto termine sucediendo? Benjamín Netanyahu es criticado por el ala dura de su coalición, cuyos miembros sostienen que frenar la mano con Hamas solo traerá más perjuicios en el futuro previsible.

Para ubicar la situación en contexto, podría decirse que la situación en Gaza refleja el aislacionismo de Hamas. Sin apoyo físico o moral por parte de actores regionales con la excepción de Irán, la organización islamista disputa la confianza de los palestinos con la secular Fatah, y para ello nada funciona mejor que plantarle cara a la potencia sionista ocupante.

El año pasado el ala política de Hamas decidió aminorar la violencia para blanquear la imagen del grupo en las capitales sunitas comandadas por Arabia Saudita. Para ello introdujo un nuevo documento político, pensado para darle a la organización islamista la flexibilidad suficiente como para adoptar posturas que ponderen el pragmatismo sobre la ideología, especialmente en momentos en que la directriz geopolítica imperante es mantener la estabilidad, por lo menos de acuerdo con Riad, El Cairo y Amán. A su vez, este “giro pragmático” facilitó un acuerdo con el presidente Mahmud Abbas, mediante el cual Hamas se comprometía a ceder el Gobierno de Gaza antes de que comenzara 2018.

Un año después está más que claro que estos proyectos fracasaron. Los sauditas consideran a toda plataforma islamista una organización terrorista, y el esfuerzo por finalizar el feudo político entre partidarios de Fatah  y Hamas casi termina en violencia. El brazo político de Hamas simplemente no puede controlar a las Brigadas Qassam, el aparato armado que emplea a 25,000 milicianos. Estos fracasos políticos están retrotrayendo al grupo a las bases de la “resistencia civil” (muqawama) palestina.

Como Israel adquirió la capacidad para interceptar la mayor parte de los cohetes en el aire, y la habilidad para detectar y destruir túneles subterráneos, las circunstancias están llevando a Hamas a improvisar. Las protestas violentas que acontecieron en mayo frente a la frontera israelí tienen que ver con esta dinámica. Lo mismo ocurre con las cometas incendiarias, también llamadas “cometas molotov”. Acaso una forma de ecoterrorismo, esta táctica poca sofisticada le ha permitido incendiar miles de hectáreas en el sur Israel, disrumpiendo el quehacer diario de sus comunidades.

De cara al futuro, la experiencia dicta que el cese al fuego alcanzado recientemente es frágil y temporario. Hamas probablemente continuará haciendo gala de métodos relativamente baratos y menos sofisticados para “resistir” frente a Israel, pero esto no quita el peligro supuesto por el ecoterrorismo, o mismo el impacto diplomático en la arena internacional, especialmente cada vez que Jerusalén responde fuego con fuego.

Existen indicios de que existen intereses contrapuestos en el seno de la organización islamista. Por lo expresado anteriormente, el movimiento sufre de disonancia cognitiva. Por un lado, admite que las circunstancias ya no premian la “resistencia”, y que es necesario encontrar un arreglo pragmático; que le permite al grupo maniobrar a los efectos de garantizarse en el poder al largo plazo. Por otro lado, no puede concebir otra senda que confrontación directa con Israel, y teme volverse complaciente. Esta es precisamente la acusación que pesa sobre Fatah. Los elementos duros e islamistas acusan a la facción dominante de la escena palestina de priorizar los profundos bolsillos de sus dirigentes antes que la lucha contra el enemigo sionista.

Otro modo de ver las cosas consiste en evaluar que es lo más conveniente para cada subgrupo o jefe dentro de la organización. En este sentido, un cese al fuego indeterminado lastima la reputación y los privilegios de los líderes de la Brigada Qassam. Esto tiene que ver no solamente con Israel, pero también –e incluso más importante– con Fatah. Como argumentaba en marzo pasado, si el brazo armado pierde sus armas sus miembros se quedan sin herramienta de trabajo. Fatah encabeza la Autoridad Nacional Palestina (ANP), el órgano de Gobierno palestino internacionalmente reconocido, y el acuerdo estipulado con ella (el año pasado) admite que el grupo islamista tendrá que desarmarse. Siguiendo esta lógica, una guerra con Israel posterga cualquier arreglo con Fatah, convirtiéndose así en un acto de boicot a la pacificación de las disputas políticas palestinas. En privado Abbas maldeciría al grupo, pero en público se vería forzado a respaldarlo frente a la supuesta agresión israelí contra el pueblo palestino.

Ron Ben Yishai, afamado corresponsal de guerra israelí afirma que, si bien el politburó islamista no quiere la guerra, en última instancia quienes deciden son los portadores de armas. En su opinión, “las posibilidades de restaurar el silencio [en Gaza] se achican con cada hora que pasa”. Agrega que las Brigadas Qassam son conscientes que una guerra complicará el panorama político del grupo, pero que terminan aferrándose a la creencia de que eventualmente el mundo pagará por la reconstrucción de Gaza. Es decir, habría elementos en el grupo que creen que una guerra frena cualquier acuerdo con Fatah, sin perjuicio de asistencia humanitaria y económica extranjera, la cual termina financiando el aparato militar del grupo.

Esta es una de las razones que explican la reticencia del Gobierno de Israel a entrar de lleno en Gaza. Además del costo inevitable en vidas (palestinas e israelíes), lo cierto es que no hay garantía de que la operación ponga coto a la violencia. Esto sin contar el enorme costo político y diversas repercusiones diplomáticas negativas, pues la respuesta Israelí sería vista como desproporcionada.

Son varias las voces en Israel que llaman a realizar una operación sin precedentes para restaurar el poder de disuasión del país frente a grupos terroristas. No obstante, al mismo tiempo los generales y estrategas coinciden en que diablo conocido es mejor que diablo por conocer. Si Israel remueve completamente a Hamas de la cuestión, no es posible determinar quién emergerá del vacío de poder restante. Hamas en este aspecto representa un actor institucionalizado, con aparatos burocráticos y líneas de comunicación directas o indirectas con todos los Estados de la región. Israel puede utilizar la presión de estas partes a su favor, y responsabilizar a Hamas por cualquier incidente. Es difícil que su hipotético sucesor desarrolle rápidamente las mismas facultades.

En suma, una nueva guerra en Gaza podría ser cuestión de tiempo. Cuanto más se repitan incidentes como los descritos al comienzo, mayor será la probabilidad de un conflicto. Tarde o temprano cualquier primer ministro israelí, sea del signo que sea, se ve forzado a responder fuego con fuego para garantizar la seguridad de sus conciudadanos.

Hamas sabe que no puede vencer a Israel, pero necesita aparentar fortaleza con el fin de estar mejor parada que la vieja guardia de Fatah. A lo sumo, como la muerte de palestinos (accidentada o intencional) siempre acapara la atención internacional, toda respuesta israelí le augura a Hamas réditos políticos en la “calle árabe” y simpatías entre las izquierdas europeas.

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