Politizar y relativizar Star Wars

Articulo publicado originalmente en INFOBAE el 21/12/2015.

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El casco chamuscado de Darth Vader, tal como se muestra en el avance de la última película de Star Wars. En vista del estreno, algunos comentaristas han publicado notas relativizado quienes son los “buenos” y quienes son los “malos”, enfatizando que la saga galáctica también habla acerca de nuestro mundo. Crédito por la imágen: Lucasfilm.

Se estrenó la séptima y la tan esperada entrega de Star Wars, definitivamente (que me perdonen los trekkies) la saga galáctica más popular de todos los tiempos. Vaya si es exitosa la marca, y vaya si los ejecutivos de branding de Disney (que compró Lucasfilm en 2012) tienen pocos escrúpulos, que existe un repertorio ridículo de productos promocionados con sables láser. Más allá de los juguetes, los utensilios de cocina o las prendas de vestir, hoy en día se comercializa cualquier cosa con el sello vendedor. Hay desde cintas de embalar, afeitadoras y curitas, hasta naranjas, uvas y manzanas. Por lo visto se trata de un fenómeno global dentro de la llamada cultura pop, y todos quieren ser parte de la fiesta. Tal es así que por nuestra cuenta, los analistas y politólogos también queremos estar presentes en la movida. Prueba de ello, a la espera del estreno de The Force Awakens, se han publicado algunos artículos que discuten, revisan y cuestionan la moralidad y relevancia política de esta “Guerra de las Galaxias”.

A razón de la coyuntura real que está ocurriendo en la Tierra, y visto que el yihadismo está en boca de todos, los comentaristas se han volcado a los medios para plantear analogías entre rebeldes y terroristas que por lo pronto se hacen interesantes. En efecto, en estas últimas semanas se ha dado una suerte de revisionismo moral sobre Star Wars, principalmente sobre la trilogía original (episodios IV, V, VI). Aparecieron artículos que básicamente arguyen que la Alianza Rebelde es una entidad compuesta por desadaptados y fanáticos religiosos (los jedi) que buscan, a la usanza terrorista, desestabilizar en pos de una causa radical y maximalista. Es decir, los agentes del Imperio Galáctico, si bien no son caritativos, serían más “buenos” que los rebeldes, o mejor dicho, más “convenientes”. Esta es una interpretación poco ortodoxa que le podría arruinar los héroes de la niñez a más de uno. Sin embargo, por lo menos entre los fans, es evidente que la idea de pensar a Luke como un terrorista es atractiva, pues añade complejidad y sustancia a la trama.

Si se toma esta propuesta en serio, Star Wars ya no es (o por lo menos ya no refleja necesariamente) el tradicional “viaje del héroe” que ha marcado al género narrativo a través de las eras. Esta realización implica que Luke ya no es el arquetipo del líder sacrificado, reticente a aceptar su destino, a adentrarse en lo desconocido, y a aceptar el llamado de salvar al universo. Visto el héroe desde la tergiversada óptica de los analistas políticos, la trilogía original es la historia de un joven vulnerable que es coaptado por extremistas religiosos. Es, paradójicamente, el cuento de un chico que transita por un camino muy oscuro; se deja convencer de que la suya es una causa infalible, a tal punto que está dispuesto a matar y a sacrificarse por ella. Puesto por Comfortably Smug, un anónimo popular, en el sitio Decider.com, “Luke se ha probado a sí mismo como un estudiante lúcido en las mañas del extremismo religioso armado”.

Cinematográficamente revisionista, esta última postura sugiere que Luke Skywalker es un joven sin figura paterna, con pocos amigos, y que no encuentra sentido a su miserable vida como granjero en Tatooine, un planeta desértico en el punto más alejado del universo. Cuando unos soldados matan a sus tíos, sea por error de juicio o por error de cálculo, se deja persuadir por un viejo mentiroso (Obi-Wan Kenobi) que debe abandonarlo todo para unirse a una contienda interplanetaria. La aventura comienza con una aparente causa noble – rescatar a la princesa Leia. Luego, en tanto Luke progresa en su instrucción como jedi, está dispuesto a matar a decenas de miles de personas, e incluso a martirizarse. Así como lo plantea la película Clerks (1994), y como cita Charles C. Camosy en The Washington Post, ¿acaso no había decenas de miles de contratistas independientes trabajando en la Estrella de la Muerte (II)? ¿Acaso Luke no le dice al Emperador, al enfrentarlo, que pronto ambos estarán muertos? En su saña con Jabba el Hutt, ¿acaso no termina condenando a todas las criaturas en la barcaza a morir?

Después de todo, Yoda, el afable maestro con ojos moldeados como los de Albert Einstein para destellar sabiduría, le imparte al impaciente de Skywalker que debe olvidarse de todo lo que aprendió y no hacer preguntas. En terminología yihadista, Luke debe imitar y no debe racionalizar. Es un guerrero santo marcado por el destino para luchar a como dé lugar con el enemigo divisado. Johanthan V. Last ya escribía en 2002 en The Weekly Standard que mientras los jedi creen que tienen un derecho divino a gobernar (por haber nacidos bien dotados con “la fuerza”), el Imperio es una meritocracia. Tiene sus academias, y los que cumplen con su deber son promovidos. El emperador será un dictador severo, pero, ¿lo hace eso menos conveniente? Vista así la cosa, Palpatine es un mal necesario, un césar que puso fin a una democracia disfuncional, inoperante y decadente. Puso coto a la corrupción, a los intereses faccionales, y a las disputas interplanetarias. Consecuentemente, y aunque a costas de instaurar un régimen autoritario, el emperador trajo estabilidad y prosperidad económica a la galaxia.

En un artículo publicado en Esglobal, Iván Giménez Chueca reproduce la analogía entre el conflicto Imperio-Alianza, con la realidad de la guerra asimétrica en el mundo real. En este sentido, “aunque no hay equivalencias morales entre Imperio/Estados Unidos o yihadistas/rebeldes”, si hay un parecido en relación a la asimetría de fuerzas. El Imperio Galáctico y Estados Unidos ostentan las armas más avanzadas, y los insurgentes de la Tierra y de demás planetas tienen recursos limitados. Algunos dirían que están incluso aquellos que, como los simpáticos (ositos) ewoks, tiran piedras para defenderse del imperialismo, y así y todo ganan. La diferencia, si esta aplica en primer lugar, es que mientras en nuestro mundo existe lo que los teóricos de las relaciones internacionales denominan una situación de anarquía internacional, en Star Wars, el Imperio acaba con la anarquía. Por el lado de la realidad, ningún Estado, por más fuerte que sea, tiene la capacidad de ser el policía del mundo y de imponer su voluntad por sobre todos los demás actores del sistema internacional. Bien, en la Galaxia el Imperio sí es quien manda y quién siempre impone su voluntad.

Si en el universo de Star Wars no hay anarquía, es gracias al Imperio. Si bien este se lleva puesto toda consideración de debido proceso, y gobierna en base al miedo, mantiene mal que mal la estabilidad. Los rebeldes en contraste, sean vistos como radicales de izquierda (Camosy) o radicales religiosos (Comfortably Smug, Last), no tienen plan político a futuro. En base a lo que nos dicen las películas — dejando de lado el llamado “universo expandido” —, los rebeldes no se tomaron el tiempo de discutir cómo evitar que la anarquía atrofie la Pax Imperia de Palpatine, Darth Vader y compañía. El Imperio gobierna y mantiene a los sistemas planetarios cohesionados con una mano de hierro. Si no lo hiciera habría desestabilidad, y quizás conflictos más terribles.

Por ejemplo, de acuerdo con un trabajo reciente hecho por Zachary Feinstein, la destrucción de las Estrellas de la Muerte habría llevado a la galaxia a una “depresión de proporciones astronómicas”. Es que literalmente, según está conjetura, incluso si el Imperio fuera derrotado, la galaxia entera se vería endeudada hasta el infinito y más allá, con un déficit de más de 500 trillones de créditos. Según Feinstein, para evitar la hecatombe, la Alianza Rebelde tendría que sacar de la galera, o bien desovar usando “la fuerza” reservas equivalentes al 15% de la economía galáctica para rescatar a los bancos. Una congoja de estas características supondría una fuente inflexible de presión, que generaría resquemor, inestabilidad, y conflicto. Sin un Gobierno todopoderoso capaz de mantener cohesionados a los sistemas planetarios, muchísimas entidades abandonarían lo poco que quedaría del viejo orden republicano.

No por poco, escribiendo para Foreign Policy, Paul D. Miller y Michael Boyle se preguntan precisamente de esta posible anarquía. Con razón, sospechan que tras el desmoronamiento del Imperio la galaxia quedaría sumida en el caos. Estamos hablando de internacionalistas de alto rango. Sostienen que el desmadre daría lugar a la violencia, a la piratería, al crimen organizado, entre otra “escoria y villanería”. Habrían “planetas fallidos” y una necesidad imperiosa de restaurar la estabilidad a como dé lugar.

En fin, a grandes rasgos, esta postura revisionista sugiere que el remedio de la Alianza Rebelde podría ser peor que la enfermedad imperial. Quizás — espero —The Force Awakens arroje respuestas en esta dirección.

En otra columna que fue publicada en The Washington Post, Sonny Bunch desmiente que el “planeticidio” de Alderaan haya sido algo malvado. En su caso hace una analogía entre la destrucción del planeta de Leia con las bombas nucleares de Hiroshima y Nagasaki. Si los estadounidenses cometieron un pecado terrible, lo hicieron en función del bien mayor percibido: salvar a miles de soldados norteamericanos de una muerte segura, y salvar a otro número indeterminado de vidas de probables conflictos futuros, siendo que con semejante muestra de poder, ninguna potencia se animaría a ir a la guerra con Estados Unidos. Paralelamente, según este razonamiento pragmático, la decisión inclemente de Grand Moff Tarkin de destruir Alderaan se baso en consideraciones similares. Si esto fuera contraproducente o no es otra cosa. Lo importante es que esta “doctrina Tarkin” sugiere que se puede mantener la estabilidad mediante la disuasión, sin llegar irreparablemente al uso de la fuerza. La Estrella de la Muerte por lo tanto se construyó para intimidad, no para destruir. Alderaan, “antes que un planeta pacífico era un centro intelectual y financiero de la rebelión”, de modo que en perspectiva, en un universo con decenas de mundos, su destrucción no sería tan disímil de una bomba nuclear sobre Japón.

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La primera Estrella de la Muerte llega al planeta Alderaan durante Episodio IV. Momentos después este mundo similar a la Tierra sería destruido. Crédito por la imágen: Lucasfilm.

Para ser justos, volviendo a la perspectiva tradicional, menos hermenéutica, esta vilificación de los rebeldes puede ser disminuida, y hay un punto en donde esta es claramente exagerada. Aunque el componente de “adoctrinamiento religioso” (esto del dualismo jedi / sith) es el componente más polémico y discutido de la saga, al final de cuentas la Alianza no se constituyó para matar civiles. Camosy marca correctamente que “todos los terroristas matan gente inocente, pero no todos los que matan gente inocente son terroristas”. Desde esta mirada, para ser terrorista hay que tener una intención concreta de matar civiles; y esto es algo que Skywalker y compañía nunca se proponen. Aun así, lo curioso es que Camosy piensa que los rebeldes obraron bien en destruir la segunda Estrella de la Muerte porque, a juzgar por el accionar de la primera, el nuevo juguete del emperador podría “haber provocado una matanza genocida al destruir miles de planetas”. Si Bunch opina que Tarkin obró para salvar a miles de vidas, Camosy opina que el Admirante Ackbar obró motivado por el mismo principio moral.

En suma, tal como opina Collin Garbarino en The Federalist, “no hay buenos”, o a lo sumo no los tiene por qué haber con obligatoriedad. Podrá ser consensuado que determinar qué lado es moral y qué lado es malvado se torna una cuestión subjetiva que depende de la perspectiva del observador. Es un debate entre la visión idealista del David (rebelde) contra el Goliat (imperialista), y la visión pragmática del policía contra el subversivo, o del Estado contra el terrorismo. Desde lo personal creo que el valor de estas visiones revisionistas o alternativas de Star Wars estriba del hecho de que rompen con lo que yo percibo como un supuesto errado del saber popular. Cuestionan la creencia casi ciega que el débil siempre tiene razón – que si se defiende o ataca al más grande por algo será.

En la realidad, y quizás suceda lo mismo en una galaxia muy, muy lejana, tener más o mejores armas no convierte a un país, a un planeta o a un imperio en un actor malvado ipso facto. Sin embargo, si hay algo que está fuera de duda, es que los seguidores de la saga tendrán bastante de que hablar.

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