Rusia e Irán: ¿aliados estratégicos?

Artículo Original.

Russian President Vladimir Putin (R) meets with Iran President Hassan Rouhani during the Caspian Sea Summit on September 29, 2014 in Astrakhan, Russia.
A partir e la guerra en Siria, los medios de comunicación suelen enfatizar que existe una alianza estratégica entre Rusia e Irán. Esta es una aseveración por lo pronto exagerada. En la imagen, Vladimir Putin se reúne con Hassan Rouhani durante la cumbre del mar Caspio, en septiembre de 2014, en Astracán, Rusia. Crédito por la imagen: Sasha Mordovets / Getty.

A raíz del enfrentamiento en Siria, puede decirse, a grandes rasgos, que en el tablero geopolítico se formaron dos bloques. En primer lugar, están los Estados que se oponen a la continuidad del régimen de Bashar al-Assad, entre los que se encuentran Estados Unidos y los países sunitas. Luego están los actores cuyos intereses coinciden con Damasco, y que por lo tanto apuestan por su preservación, principalmente Rusia e Irán.

En ocasiones, esta realidad ha llevado a los internacionalistas a afirmar que Moscú y Teherán son aliados estratégicos, una aseveración que por lo pronto a mí me parece exagerada. Aunque Rusia está más cerca de Irán que de las potencias occidentales en lo vinculado con Medio Oriente, hay indicios de que existen brechas importantes en la relación; y, en este punto, no está claro hasta donde, o en qué medida, el régimen islamista y el gran país eslavo sean socios a largo plazo.

A pesar de un resquemor compartido hacia Estados Unidos, la relación entre Rusia e Irán representa una trama complicada, llena de altibajos. Para empezar, Ruhollah Jomeini, el fundador de la república islámica, vapuleaba a la Unión Soviética tildándola como el “Satán Menor” (después del “Gran Satán”, Estados Unidos). En aquellos tiempos, Moscú era una fuente de apoyo a los adversarios domésticos y extranjeros del régimen teocrático. Rusia mantenía a los comunistas iraníes, y asistió militarmente a Saddam Hussein durante la devastadora guerra de ocho años entre Irak e Irán.

Desde que se consagrara la revolución islámica en 1979, y hasta que se demoliera el ensueño socialista en 1989, el Kremlin temía, con justa razón, que el ejemplo persa radicalizara a los musulmanes dentro de las repúblicas rusas, en las cercanías con Irán. Hoy en día el contexto es otro, pero las adversidades históricas subyacentes continúan condicionando las relaciones bilaterales. ¿Puede decirse entonces que Rusia e Irán sean aliados estratégicos?

Una relación con altibajos

La reconfiguración del orden internacional que devino tras la caída de la Unión Soviética, en efecto una pax americana indiscutida, fomentó un acercamiento formal de conveniencia entre Moscú y Teherán. Durante los años 90, en tanto Rusia comenzó a armar a Irán, este se abstuvo de dar algún tipo de beneplácito a los insurgentes islámicos que se alzaron en territorios rusos. Comenzó a formarse un eje basado íntegramente en un cálculo pragmático, para sobrellevar una situación internacional adversa para ambas partes.

Años más tarde, Vladimir Putin, con el vigor contestatario que lo caracteriza, impulsó un acercamiento más estrecho con Irán a los efectos de recuperar lo que históricamente era un área de influencia zarista. En virtud de rechazar el unilateralismo estadounidense, Putin vio en Mahmud Ahmadineyad cierta afinidad, y con ella un margen de oportunidad.

Dicho esto, Rusia intentó proyectarse como el candidato idóneo para mediar entre Irán y Occidente, ofreciéndose para enriquecer el uranio iraní en su territorio a niveles comerciales y pacíficos. Sin embargo, esto no pudo ser, puesto que los iraníes se rehusaron a delegar en terceros la consecución de su programa nuclear. Consecuentemente, en la última década Rusia vino (reticentemente) dando su visto bueno al régimen de sanciones impuestas por el Consejo de Seguridad. Plausiblemente, Putin mandó a ejercitar el músculo de la diplomacia moscovita no por una cuestión de principios, pero para signar a Teherán que habría mucho que ganar con cooperar, y poco que esperar con renegar.

Según desarrolla Mark N. Katz de la Universidad George Mason, tras el acuerdo nuclear entre las potencias e Irán, podría discutirse que se abrió una nueva era en las relaciones entre Moscú y Teherán. De acuerdo con este profesor, si bien los rusos no quieren que los iraníes adquieran la bomba nuclear, temen que el acuerdo alcanzado con los norteamericanos merme la influencia de Rusia en la región. Advierten que, a los efectos prácticos del acuerdo, el mismo puede auspiciar una suerte de puente entre Irán y Occidente, por más que este se termine de construir en el largo plazo. Esta preocupación cobra sentido cuando se mira el mapa de Medio Oriente con perspectiva histórica, y los rusos son peritos por excelencia en la materia.

Tal como lo discutía en otra de mis artículos, en base a lo que afirma el analista Sergey Karaganov, Moscú es consciente de que así como la llamada Primavera Árabe puso en jaque a varias de las autocracias del vecindario árabe, los regímenes conservadores del Golfo podrían venirse abajo virtualmente de un momento para el otro. En sus palabras, “nos dimos cuenta hace mucho tiempo que Medio Oriente pasaría por una serie de desastres. La mayoría de los países en la región, con la excepción de Irán, que es antiguo, e Israel con su identidad única, se desintegrarán en los próximos 20 a 30 años”.

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En 2015, en las áreas controlados por el Gobierno sirio se veían carteles de este tipo. En el centro, Bashar al-Assad es respaldado por las efigies de Vladimir Putin, y Hassan Nasrallah, el líder de Hezbollah. La imagen fue difundida en Twitter.

Precisamente por su historia milenaria, y el desarrollo cultural, intelectual y científico de sus habitantes, de suceder un cambio de régimen en Teherán, Irán podría factiblemente alinearse con Occidente, tal como fuera el caso en la era del sha Reza Pahleví. Es posible que de este miedo estriben declaraciones como las del vicecanciller ruso, Gennadiy Gatilov (además un experto en asuntos árabes), quien en 2011 dijo que las sanciones “serán vistas por la comunidad internacional como un instrumento para cambiar el régimen en Irán”.

Por otra parte, ya en términos más concretos, en lo inmediato existen diferencias importantes. Aunque está claro que Rusia ha creado las condiciones para que el régimen de Assad sea una realidad inalterable, un interés estratégico que enlista a Putin y al ayatola Ali Jamenei en el mismo bando, también existen altercados consecuentes.

Intereses comerciales y económicos contrapuestos

Conforme lo entiende Katz, los rusos están preocupados porque el potencial económico de Irán, hasta recientemente socavado por el régimen de sanciones, convierta a este en un adversario de peso. En este sentido, independientemente de quien gobierne en Irán, un rapprochement entre persas y occidentales pondría trabas al prospecto de incrementar el comercio con Rusia. Los iraníes podrían competir con los rusos como proveedores de hidrocarburos en el mercado europeo, y esta competición podría repetirse en los Estados del Cáucaso y Asía Central. Es menester recordar que luego de Rusia, Irán es el principal país con reservas de gas natural.

El periodista ruso Orkhan Jemal sugiere que este es el principal foco de conflictividad en las relaciones. En la coyuntura actual, el bajo precio del petróleo representa uno de los principales problemas económicos de Rusia, y la decisión de Irán de aumentar la producción de crudo (conjugada al levantamiento de las sanciones económicas) contribuye al malestar de la primera. En este aspecto, hace poco más de un año la BCC indicaba que la disminución en el precio del “oro negro” le reportaba a Rusia pérdidas por hasta 100 mil millones de dólares. Dado este hecho, Jemal argumenta que rusos e iraníes acordaron que Teherán “pagaría la cuenta” por la onerosa intervención militar en Sira.

El periodista discute que Rusia, en los últimos meses, ha enfocado sus esfuerzos diplomáticos en conseguir el necesitado aumento de precio, de modo que la decisión de Irán de aumentar su producción fue interpretada como algo cercano a una traición. En vista de este observador, Moscú daba por hecho que Teherán congelaría su producción de barriles; y que el alza en el precio compensaría a Rusia por sus gastos castrenses en Siria. Por ello arguye que los rusos retiraron el grueso de sus fuerzas del país.

Leonid Issaev, de la universidad moscovita de Estudios Avanzados en Economía, me comentó que no cree que Rusia se haya retirado de Siria debido a diferencias estratégicas con Irán. No obstante, está de acuerdo que el aspecto económico y comercial será determinante al momento de entablar relaciones con los iraníes, plausibles clientes en materia militar, nuclear y aeroespacial. Para Issaev, la cooperación militar no implica que Rusia e Irán sean aliados en el sentido estricto del término. Más bien, el experto me aseguró que Moscú piensa a Irán como un rival a largo plazo, el cual competirá especialmente por influencia en Medio Oriente y el Caspio. Ambos países tienen ambiciones, y a Rusia no le interesa asistir a Irán en su expansión hacia el mundo árabe y turcomano.

La cuestión kurda

En términos de la relación entre rusos e iraníes, queda inconclusa la cuestión del posible Estado kurdo.

En contexto, cabe mencionar que la política exterior rusa considera que la estabilidad internacional es un valor primordial, y esto generalmente se traduce en que Moscú prioriza el valor de la soberanía (y ergo integridad) territorial, por sobre aquel de la autodeterminación, enarbolado por rebeldes separatistas. Sir entrar en detalles, aún atormentado con el paradigma de la Guerra Fría, el establecimiento político ruso concibe que, desde el levantamiento de la Cortina de Hierro, Washington ha apoyado movimientos separatistas, ya sea a modo de degradar territorialmente a Rusia, o de reducir su influencia. Bien, esta postura, este principio de integridad territorial, no les impidió a los rusos apostar por causas independentistas afines con Moscú. El ejemplo más reciente lo constituye la anexada República de Crimea (con su capital, Sebastopol), y las autoproclamadas repúblicas de Donetsk y Lugansk, seccionadas de Ucrania.

En función de los principios e intereses rusos, en noviembre de 2014 escribía que era evidente que Rusia no apoyaría una independencia kurda. Hacerlo implicaría degradar, quizás innecesariamente, las relaciones con Turquía, como así también con Irán. Ambos Estados verían en las aspiraciones kurdas una intimidación directa contra su integridad territorial. Además, es muy plausible que, de ser creado, Kurdistán opté por lazos estrechos con Occidente antes que con Rusia.

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El ministro ruso de Relaciones Exteriores, Sergey Lavrov (derecha), estrecha la mano con el dirigente kurdo Selahattin Demirtas (izquierda), en diciembre de 2015 durante un encuentro formal en Moscú. Demirtas es uno de los líderes del Partido Democrático de los Pueblos (HDP) que contiende en la política turca, y en 2014 se presentó como candidato a presidente en las elecciones de dicho país. Crédito por la imagen: Alexander Zemlianichenko / AP.

La aventura militar del Kremlin en Siria modificó las circunstancias, y fue lo que en la jerga internacionalista se conoce como un game changer, es decir, algo que cambió las reglas de juego. Interesantemente, luego de la escalada entre Rusia y Turquía –catalizada por el derribo de un caza del primero por parte del segundo en noviembre del año pasado– Moscú parece haber reconsiderado su posición. Expresado sucintamente por el analista ruso Timur Akhmetov, Rusia anhela explotar la cuestión kurda para ejercer presión sobre Ankara, y definitivamente ganar preponderancia sobre la arena internacional. Esto no implica, tal como lo advierte el analista, que Moscú vaya a comprometerse verídicamente con las aspiraciones nacionalistas de esta etnia, o que vaya a asumir el papel de su benefactor internacional.

Por descontado, la (actual) ambivalencia de Rusia para con los kurdos representa un daño colateral a las gestiones con Irán. Resumido por Shireen Hunter de la Universidad de Georgetown, “la desintegración territorial de cualquiera de los vecinos de Irán incrementa el riesgo de que se produzcan movimientos separatistas dentro de Irán”. “El éxito o fracaso de tales movimientos dependerá de por sí de las condiciones domésticas. Si la economía funciona y la gente está contenta, entonces estos movimientos no triunfarán. En el caso contrario, sus posibilidades serán mayores”. Lo cierto es que hay alrededor de tres millones de kurdos en Irán, y para el establecimiento clerical de este país, un Kurdistán independiente no estaría muy lejos de Israel, el imaginado “cáncer sionista”.

En resumen, las maniobras diplomáticas rusas que tienen como objeto el futuro de los kurdos, dirigidas sobre todo contra Turquía, representan un problema espinoso para Irán. Esto es verdadero en la medida que la posición de Moscú se traduzca en planes divergentes para el futuro de Siria. Lo último que quiere Irán es ver a Siria fragmentada en distintas entidades, quedando Assad en una situación disminuida.

Un reporte de la agencia saudita Elaph, citado por The Jerusalem Post, alega, efectivamente, que la posición rusa en relación a este tema tensionó las relaciones bilaterales. Dicho reporte sugeriría que diferencias estratégicas de esta índole convencieron a los rusos de que Irán no puede ser un socio indefinidamente.

Aspiraciones geopolíticas contendientes

En suma, es posible afirmar que Rusia e Irán tienen ambiciones contrapuestas. Irán busca afianzarse como una potencia regional. Además, se ha convertido en el benefactor por excelencia de los grupos insurgentes chiitas, cosa que no se corresponde con los intereses de Rusia. Tal como me lo remarcó Issaev, “el verdadero interés de Moscú reside en que la rivalidad regional entre árabes y persas se mantenga lo más posible, con la única condición de que no escale a una fase de confrontación militar abierta. La prioridad de Moscú es la política del balance de poder entre un bloque y el otro”.

Por esta razón, si bien el Kremlin dispuso la venta de equipamiento militar a Irán, notoriamente los misiles antiaéreos S-300, Rusia se abstuvo de contrariar los intereses sunitas, evitando pronunciarse sobre la situación en Yemen, lo que en las relaciones internacionales equivale a no hacer nada al respecto. Gracias a la abstención de Rusia, Arabia Saudita pudo proceder con su campaña militar en el sur de la península. Además, según la interpretación de las autoridades rusas, los S-300, considerados de los más efectivos del mundo, componen “un arma puramente defensiva”; que no presentaría ninguna amenaza a la seguridad de cualquier otro Estado.

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Un camión iraní transportando una parte del sistema misilístico ruso S-300, durante el Día del Ejército en Teherán, el 17 de abril de 2016. Crédito por la imagen: Chavosh Homavandi / Getty.

En vista de esta estrategia, de acuerdo con lo reportado por la agencia Elaph, Rusia se opone a que los sirios o los iraníes transfieran armamentos rusos a Hezbollah. Al caso, la milicia libanesa habría conseguido el SA-17 ruso, otro equipo antiaéreo. Incluso si la transferencia de armamento a Hezbollah cuenta con el aval del Kremlin, este último ciertamente espera que sus armas se utilicen para reforzar a Assad, y no para intimidad a Israel.

En síntesis, el hecho de que Moscú no se pliegue enteramente ante el proyecto iraní, y que no se comprometa a recuperar más territorios dentro de Siria, impacta negativamente el estado de las relaciones bilaterales.

Todos los expertos a quienes he recurrido coinciden en que Putin busca ante todo que su país vuelva a la escena internacional conforme las glorias del pasado. La intervención militar en Siria, para resguardar al aliado régimen de Assad, respondía a esta estrategia; que contrasta con la reticencia que ha mostrado Estados Unidos para amparar a las autocracias árabes, hasta hace pocos años atrás engatusadas por Washington.

Como parte de los objetivos de la política exterior de Putin, Rusia busca ganar relevancia internacional como mediador indispensable para tratar cualquier controversia en el tablero. Esto también repercute negativamente en los vínculos con Irán. Moscú mantiene relaciones cordiales con Jerusalén, y en este punto, creo que Rusia eventualmente podría capitalizar su rol de mediador, como un actor que habla con todos (cosa que recordaría a la política exterior de Mijaíl Gorbachov) sin ningún tipo de imposiciones de antemano.

En base a estas consideraciones, Rusia debe constantemente ponderar el impacto de sus acciones con los actores sunitas de la región, o arriesgar perder influencia sobre ellos, la cual necesita para salvaguardar sus intereses económicos (en relación al precio del crudo), y para velar por concretar su papel como el único mediador con lazos con todas las partes de la región. Lo último que quiere Moscú es aislar a las monarquías del Golfo, y particularmente a Arabia Saudita.

En definitiva, Rusia apuesta por mantener el balance de fuerzas entre los actores de Medio Oriente, a la par que se perfila como un mediador necesario, o más bien inevitable, a la hora de resolver disputas. En otras palabras, Putin, frecuentemente asociado con el garrote (con la imagen de un matón), está interesado en cosechar zanahorias. Quedará por verse si Rusia logra apuntalarse en esta dirección. Indiscutiblemente, la pacificación de Siria –de llevarse a cabo tal emprendimiento– será la oportunidad perfecta para que la diplomacia rusa pueda destacarse.

En todo caso, no se puede decir que Irán sea cabalmente un aliado estratégico de Rusia. Si se juzgara a estos países en perspectiva histórica, se podría decir que están condenados a ser adversarios, y a rivalizar, como tales, por ganancias, influencia y prestigio.

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