Sobre la reunificación de Corea

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Columna invitada. Artículo por Matías Iglesias.

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El Monumento a la Carta de Tres Puntos para la Reunificación Nacional, o Arco de la Reunificación, en Pyongyang, Corea del Norte, inaugurado en agosto de 2001, en la autopista que conduce a la zona desmilitarizada. Con el paso del tiempo, la división de la península coreana parece convertirse en una realidad legitimada, y menos surcoreanos preferirían invertir en una futura reunificación. Crédito por la imagen: Kok Leng Yeo.

La península de Corea permanece dividida desde el comienzo de la Guerra Fría. A pesar de que en varias oportunidades los gobiernos de Corea del Norte y Corea del Sur han proclamado como meta la eventual reunificación de Corea como estado único, las dificultades persisten y algunas de ellas se agravan con el paso del tiempo. El caso es de importancia no solo para la política internacional de Asia sino también para la teoría de las Relaciones Internacionales.

Hay indicios de que la cuestión de identidad común está cambiando de signo en perjuicio de una eventual reunificación. Las dos Coreas comparten la misma etnicidad, historia y lengua. Sin embargo, los sistemas políticos y de valores no podrían ser más opuestos, y la conducta del régimen de Corea del Norte ha contribuido ciertamente a su imagen en el sur: lanzamientos de misiles, pruebas nucleares, abusos de derechos humanos bien documentados, entre otros.

Es cierto que los surcoreanos entienden la diferencia entre el régimen de Corea del Norte y los norcoreanos como población. En particular, las generaciones de más edad conservan una memoria histórica del origen de la división y la separación de sus familias, y se manifiestan proclives al reencuentro con sus parientes. Pero el componente emotivo de la identidad común disminuye con el paso del tiempo.

 El trasfondo

A fines de la Segunda Guerra Mundial, la península coreana fue dividida en dos zonas de ocupación militar: la norte, administrada por la Unión Soviética, y la sur, administrada por los Estados Unidos. La guerra de Corea ha cristalizado esa división. Dado que nunca firmaron un tratado de paz, los Estados sucesores de ambas zonas se encuentran desde entonces oficialmente en guerra. Corea del Norte y Corea del Sur han declarado en forma conjunta (en julio de 1972 y en junio de 2000) que se comprometen a reunificar la península de manera pacífica. A pesar de ello, existen numerosas dificultades.

En primer lugar, ambas Coreas continúan inmersas en el mismo sistema de alianzas heredado de la Guerra Fría. Por ejemplo, Corea del Norte es extremadamente dependiente de China para su economía, mientras que Estados Unidos todavía cuenta con presencia militar en Corea del Sur. Para que la reunificación ocurra, las potencias extranjeras deberían dar su beneplácito sobre el estatus del nuevo estado unificado, su perfil económico, la presencia de tropas extranjeras y, quizás lo más importante, el estatus de la península con respecto a las armas nucleares.

Además de la dificultad intrínseca de cada una de estas cuestiones, existe un agravante: en su condición actual, la península cumple un rol geopolítico de amortiguación entre China y las naciones capitalistas. Ello desincentiva cualquier apuro para romper el statu quo, sobre todo por parte de China.

En segundo lugar, la reunificación de la península tiene un costo económico altísimo. Si bien es posible que la comunidad internacional cubra algún porcentaje, lo más probable es que el peso mayor de la reunificación se manifieste en un aumento de impuestos sobre los contribuyentes de Corea del Sur. Cada año de más que se tarde en la reunificación solo aumenta su precio final.

Inevitablemente surge la comparación con la reunificación alemana, la cual presentó numerosos problemas y secuelas. (De todos modos, peor sería tener que comparar con la reunificación vietnamita). Los retos de la reunificación alemana, sin embargo, palidecen en comparación con aquellos que demanda la absorción de Corea del Norte: la cobertura de la deuda externa norcoreana, la mejora de la infraestructura, los efectos a largo plazo de la desnutrición, la transición a una economía de mercado y la creación de oportunidades de empleo; todo lo cual, además, probablemente tenga lugar en el contexto de un desborde migratorio masivo hacia el sur.

En tercer lugar, las generaciones más jóvenes han crecido en un contexto distinto al de sus padres y abuelos. No vivieron la separación en carne propia y, en consecuencia, Corea del Norte representa más bien una cuestión pragmática de seguridad antes que un lazo emotivo. Sus preocupaciones actuales pasan por la movilidad social y el empleo. En consecuencia, algunas encuestas indican que los surcoreanos de la franja de 20 años se perciben más bien distantes y desapegados de los norcoreanos y se muestran mucho más conservadores con respecto a la reunificación.

De persistir esta tendencia, en algún punto en el futuro los surcoreanos podrían decidir que la reunificación no solo no es inevitable, sino que no es de su interés en absoluto.

Las implicancias

El realismo, la escuela de pensamiento tradicional en teoría de las relaciones internacionales, observa que la característica distintiva e inherente del sistema internacional es la anarquía, entendida en breves palabras como la falta de un gobierno centralizado. Luego, cada estado debe cuidarse a sí mismo y así surge la política de poder.

Alexander Wendt, uno de los proponentes principales del constructivismo, propone por otra parte que las relaciones entre los Estados están determinadas primariamente por ideas compartidas: los Estados se tienen en cuenta entre ellos y establecen sus relaciones según como perciben sus roles: enemigos, rivales, o amigos. Existen así distintas “culturas de anarquía”, según qué rol predomine en el sistema, y cada “cultura de anarquía” lleva consigo sus normas y esas normas tienen distintos grados de internalización. Para entender el concepto de grado de internalización, puede preguntarse: ¿qué lleva a los Estados a interactuar de la manera que lo hacen?

En este contexto, “enemistad” significa no solo una competencia por recursos, sino la mera existencia del otro como causa ineludible del conflicto. En una cultura de enemistad, los grados de internalización de las normas son tres. Los Estados actúan de la manera que lo hacen 1) por la fuerza, es decir, se ven forzados a ello; 2) por el precio, lo cual está relacionado a la idea de “elección” y la procura del mejor interés propio, 3) porque consideran que es legítimo y quieren hacerlo así. El grado de internalización alcanzado en un caso particular es una cuestión empírica.

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Protestas en Corea del Sur luego del anuncio norcoreano de que una bomba de hidrógeno fuera detonada exitosamente, en enero de 2016. Crédito por la imagen: Ahn Young-joon / AP.

La Guerra Fría es un caso paradigmático de cultura de anarquía donde prevalece la enemistad. (Algunos casos anteriores que Wendt menciona son las Guerras Médicas, las Cruzadas, la conquista de América y el Holocausto). La división de Corea es un subproducto irresuelto del encuentro entre los dos bloques de la Guerra Fría. (Del mismo modo que lo es, en cierto sentido, la situación entre China continental y Taiwán. Las divisiones de Alemania [1949-1989] y Vietnam [1955-1975], en cambio, son dos subproductos resueltos –por cierto, cada uno a su manera-).

Es fácil ver que la situación de las Coreas corresponde, si se usaran los términos de Wendt, al contexto de una cultura anárquica de enemistad. De ser así, ¿qué tan internalizadas tienen las normas de dicha cultura?

Puede decirse que las Coreas se mantienen separadas, para empezar, porque así se ven forzadas por el contexto internacional. El sistema de alianzas heredado de la Guerra Fría les restringe su libertad de acción. China y Estados Unidos verían con buenos ojos una Corea reunificada solo si su estatus correspondiera a sus intereses. De otro modo, probablemente preferirían el segundo mejor resultado posible, que es el statu quo actual.

Por otra parte, puede decirse las Coreas se mantienen separadas por una cuestión de elección. No necesariamente creen que es lo correcto, simplemente consideran que la reunificación es muy costosa. En otras palabras, si bien podrían elegir emprenderla, no es de su mejor interés. Los contribuyentes más jóvenes de Corea del Sur se ven particularmente reacios a pagarla. Algunos analistas sugieren que una Corea reunificada sería un gigante económico, con lo cual el argumento del precio resulta el que ofrece más esperanzas de solucionarse.

Finalmente, la tendencia de los jóvenes surcoreanos a distanciarse emocionalmente de sus vecinos del norte puede ser un indicio de que la separación ya no viene impuesta sólo por el contexto o por el costo, sino que remite a una cuestión de identidad. Así, los surcoreanos de las nuevas generaciones no sienten que forman parte de una misma nación con los norcoreanos y quieren mantenerse separados. En otras palabras, la división ya es legítima.

Conclusiones

Algunos estudiantes de relaciones internacionales piensan que si el constructivismo propone que el sistema internacional se construye socialmente, la conclusión es que el cambio y la superación del conflicto son relativamente sencillos de alcanzar. Consideran así que el constructivismo es una forma naive de analizar la política. Sin embargo, el constructivismo puede ser mucho más pesimista para los pronósticos que el mismo realismo.

Esto se verifica en el caso de la península de Corea. Los sistemas de alianzas no son permanentes, como enseña la historia, a pesar de que a corto y mediano plazo parezcan escritos en piedra. El coste económico, por más elevado que sea, puede solventarse si la decisión para hacerlo existe. Por otra parte, el proceso de construcción de identidad es mucho más resistente al cambio. Si el distanciamiento de los surcoreanos más jóvenes se sostiene en el tiempo, la reunificación por medios pacíficos se verá pospuesta indefinidamente.

La península coreana seguirá siendo así uno de los puntos de conflicto latente más graves de la periferia asiática, prolongándose ad eternum, o en el peor de los casos, dejando la posibilidad a una resolución mediante vías no pacíficas.

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Autor: Matías Iglesias

Licenciado en Relaciones Internacionales por la Universidad de Palermo y Magister en Geopolítica por la Universidad Carolina de Praga.