Acuerdo entre Hamas y Fatah: ¿verdadera reconciliación?

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Palestinos celebran en la ciudad de Gaza el acuerdo entre Fatah y Hamas el 12 octubre de 2017. Las facciones rivales, enemistadas desde hace una década, anunciaron que pese a múltiples intentos por alcanzar la reconciliación en el pasado, esta vez se logró llegar a un acuerdo definitivo. Crédito por la imagen: Mahmud Hams / AFP.

El 12 de octubre se anunció que Al-Fatah y Hamas llegaron a un acuerdo auspiciado por Egipto para solucionar sus diferencias políticas. En teoría, el acuerdo pone fin al feudo entre islamistas y seculares que lleva ya diez años, particularmente desde que Hamas tomara el poder en la Franja de Gaza en 2007 (luego de tomarse la libertad de purgar a la dirigencia de Fatah). Según lo informado, Ismail Haniyeh, el jefe político de Hamas, se habría comprometido a liberar el paso para que Fatah pueda ejercer autoridad en Gaza a comienzos de diciembre. Si esto se cumple, Cisjordania y Gaza quedarían nuevamente supeditadas al control de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) que preside Mahmud Abbas.

Aunque es muy temprano para evaluar comprensivamente la viabilidad de tal compromiso, la historia reciente marca un precedente pesimista que vale la pena ser considerado. No es la primera vez que la formación militante de Haniyeh y la ANP pactan el cese de hostilidades. De hecho, ha habido siete u ocho intentos por alcanzar la reconciliación, ninguno con éxito duradero. Hamás y Fatah tienen intereses contrapuestos, ligados a la hegemonía política de los territorios palestinos. Por esta razón, por lo pronto es menester analizar la practicidad del acuerdo, las circunstancias que llevaron a su presentación, y qué efectos tendrá en el caso de materializarse.

Para empezar, cabe decir que hasta el momento los detalles del pacto no fueron revelados. Indirectamente, se entiende que si Hamas cede formalmente el poder en Gaza, la agrupación islamista se convertirá en un eslabón dentro de la estructura de la ANP. Esto no es un dato menor.

Una década atrás Hamas llevó a cabo el golpe contra Fatah porque en ese momento entendió que había cosechado suficiente legitimidad entre los palestinos. Las elecciones legislativas de 2006 habían revelado por primera vez que Fatah estaba perdiendo lugar frente a la popularidad ascendiente de Hamas, demostrando que los herederos de Yasir Arafat ya no gozaban del monopolio político sobre Gaza y Cisjordania; y por ende, tampoco de los mismos privilegios. De acuerdo con el resultado electoral, a Hamas le correspondía formar Gobierno. No obstante, la vieja guardia encabezada por Abbas se resistió. En lo sucesivo, este escenario devino en la exacerbación de tensiones, y mientras en Gaza activistas islamistas arrojaron a miembros de Fatah de los tejados, en Cisjordania Abbas decidió suprimir la coalición liderada por Hamas, avalada por el sufragio democrático. Esto llevó a que se produjeran dos entidades palestinas de facto: una con sede en Gaza (“Hamastán”) y otra internacionalmente reconocida con sede en Ramala.

Diez años atrás Hamas simbolizaba esencialmente el cambio. Indistintamente de sus inclinaciones más conservadoras, el grupo se posicionaba en el electorado palestino apelando a su integridad moral; a la idea de que “hacemos lo que predicamos”. Polémicas contra Israel aparte, Hamas constituía una plataforma de beneficencia social. En contraste, Fatah representaba – y sigue representando– el paradigma de corrupción y patrimonialismo en la gobernanza palestina. No muy disímil a lo que acontece en regímenes autoritarios o populistas en otras partes del globo, en los territorios palestinos el clientelismo es nómina de todos los días. Las fortunas se hacen y comparten entre amigos de la élite gobernante, y antes que beneficiar a la población en general, el cuantioso flujo de ayuda internacional va a parar a Fatah. Indicador de ello, en el clima poselectoral de 2006, el ministro de Justicia palestino declaró que faltaban cerca de 700 millones de dólares de las arcas palestinas. En este sentido – como sugiere Sara Roy– podría argumentarse que “Hamas no radicalizó a los palestinos, sino que los palestinos normalizaron a Hamas”. Es decir, Hamas se convirtió en la alternativa política por excelencia.

Volviendo al presente, de concretarse el traspaso de poder en Gaza, Hamas estaría caminando hacia otro tipo de normalización. De cara al futuro, si islamistas y seculares logran llevar a cabo reuniones ministeriales en conjunto, relegar sus diferencias, y consensuar ser parte del mismo sistema, Hamas habrá renunciado al branding político que lo distingue como alternativa joven a la tecnocracia patrimonialista de Fatah. Dicho esto, lo cierto es que con o sin acuerdo, la única conclusión que puede extraerse de las últimas encuestas es que los palestinos vienen perdiendo la fe en sus líderes, sobre todo en su capacidad de traer soluciones.

En este aspecto, el estudio de opinión general más reciente llevado a cabo por el Arab World for Research and Development (AWRAD), en octubre de 2016, mostró que los gazatíes están cansados de Hamas. Mientras que casi el 50% de los gazatíes votaría por Fatah, solo el 12% votaría por Hamas. Según la misma fuente, un escaso 16% de cisjordanos y gazatíes concuerda con la aproximación militante de Haniyeh al conflicto palestino-israelí. Ahora bien, otro estudio más actual, realizado en septiembre de este año por el Palestinian Center for Policy and Survey Research (PSR), arroja datos marcadamente distintos. Según esta encuestadora, Abbas metió la pata en abril cuando decidió dejar de pagar la factura de electricidad de Gaza. La fuente indica que el 80% de los gazatíes está enojado con Abbas y quiere su renuncia. En relación con las cifras del AWRAD, el PSR indica que si en diciembre de 2016 el 40% de los gazatíes prefería a Fatah, hoy en día este número ha caído al 28%.

Más allá del nivel de popularidad que tenga cada facción, lo cierto es que por regla general las encuestadoras suelen reflejar que la población es bastante ambivalente en relación al prospecto de una solución pacífica al conflicto con Israel. De hecho, los encuestados tienden a abogar por una suerte de combinación entre refriegas y negociaciones como parte de un tira y afloje. Pero más relevante todavía, las encuestadoras están de acuerdo que en el “mientras tanto” cotidiano la mayoría de los palestinos prefiere el desarrollo económico a una guerra con Israel, que trae destrucción y carencia material, especialmente en Gaza. En términos de atribuir culpa por los problemas rutinarios de los palestinos, el AWRAD marca la falta de oportunidades económicas, el costo de vida, y luego la ocupación israelí. En tanto, el PSR sugiere que más de la mitad culpa al desempleo, la pobreza, y a la corrupción de las autoridades.

En suma, en vista de muchos Hamas se ha convertido en más de lo mismo; parte del problema, y no de la solución. El acuerdo entre las dos facciones que dominan el escenario palestino estriba en la necesidad común de preservar su futuro político y ahuyentar a potenciales competidores. Por ello, creo que es errado conectar este acuerdo de interés con las disputas existentes con Israel, que lejos están de poder resolverse. En lo inmediato Hamas tiene poco que ganar, pero su verdadero motivo se encuentra en el mediano y largo plazo. Seguramente espera que el acuerdo con Fatah posibilite lavar su imagen como grupo terrorista, y paulatinamente hacerse con respaldos en la comunidad internacional.

En línea con lo que ya advertía anteriormente, tiendo a pensar que el acuerdo firmado en Egipto ilustra un giro pragmático por parte de la formación islamista. Si bien la lucha armada contra Israel despierta pasiones en la “calle árabe”, cosa que en el pasado ayudó a repuntar la popularidad del grupo, bajo la coyuntura actual esto ya no es posible. Así como lo detallaba en otra columna, tras la caída de Mohammed Morsi, los islamistas se vieron paradójicamente obligados a minimizar sus nexos con la Hermandad Musulmana, so pena de ganarse el oprobio eterno del General hecho presidente, Abdel Fattah al-Sisi. A esto hay que sumar el conflicto en Siria y en Irak que desenfocó la atención que solía primar sobre los asuntos en Gaza. En los hechos, a Haniyeh esto le reporta menos margen para las relaciones internacionales, y ergo menores caudales y apoyos del exterior.

Además, también hay que tener presente la crisis diplomática en el Golfo, y la política regional impuesta por Arabia Saudita para aislar a Qatar y socavar el apoyo a los movimientos yihadistas e islamistas. Estos grupos solo traen dolores de cabeza en capitales árabes; acaso cada vez más dispuestas a normalizar relaciones con Israel. Por otro lado, gracias a las innovaciones israelíes en materia de seguridad, las posibilidades bélicas de Hamas se ven ahora seriamente limitadas. Mientras que el sistema defensivo móvil “Cúpula de Hierro” puede interceptar cohetes en el aire con casi un cien por ciento de efectividad, los israelíes construyen un muro subterráneo en torno a Gaza para evitar infiltraciones.

A grandes rasgos, estas condiciones explican la publicación de un nuevo documento político “moderado” por parte de Hamas en mayo de este año. El texto viene a reformar la carta fundacional de la organización, y a plantear un camino menos confrontativo –similar a lo que ocurriera en las filas de Fatah en el marco del proceso de paz, iniciado en Oslo en 1993. Aunque desde lo personal dudo de que se haya suscitado un cambio ideológico sincero, el tiempo determinará hasta qué punto Hamas ha renunciado a la vía armada. De momento es claro que a este no le conviene provocar a Israel. Así y todo, haciendo una proyección a futuro, la única posibilidad de que en Jerusalén se contemple mirar a Hamas con otros ojos estriba en la capacidad de Hamas por mantener lo acordado por arriba y por debajo de la mesa al largo plazo.

Un Gobierno israelí notoriamente derechista significa que el prospecto de que haya acuerdo de paz definitivo entre palestinos e israelíes se verá afectado por el rapprochement entre Abbas y Haniyeh. El premier Benjamín Netanyahu ya ha cargado contra Abbas por pactar con un grupo que no ha renunciado formalmente a la violencia, y ha manifestado que la llamada reconciliación socava las credenciales del dirigente palestino como socio para la paz. Sin embargo, dado que cualquier tipo de solución dista de estar al alcance, esta consideración no tiene mucho peso verídico. A lo sumo, solo refuerza la noción de que el acuerdo responde a las necesidades de los políticos palestinos, que necesitan dar con un esquema de coparticipación para mantenerse relevantes, y sobrellevar así la carga de los asuntos públicos.

Desde luego quedan interrogantes. Notoriamente, pese a las vicisitudes de la política, Israel y la ANP mantienen una cooperación positiva en materia de seguridad. Asumiendo que Hamas se integre al sistema liderado por Fatah, quedará por verse qué posición adoptará Haniyeh en relación a este arreglo (y si el mismo producirá divisiones al interior del movimiento islamista). Análogamente, no está claro qué sucederá con los milicianos armados de Hamas, los integrantes de las Brigadas Qassam, y cómo interactuarán con la guardia presidencial de Abbas (asumiendo que así lo hagan). Finalmente, volviendo a las premisas, quedará por verse si el acuerdo entre las dos entidades escenificadas en Gaza y Ramala logrará sobrevivir a las dicotomías propias de la política palestina. Las circunstancias cambiantes en Medio Oriente sugieren que esto podría ocurrir. El negativo precedente que arrojan los encuentros entre las partes sugiere otra cosa.

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