¿Qué significa la salida de Bolton?

Artículo Original. Publicado también en INFOBAE el 14/09/2019.

El ahora exconsejero de Seguridad Nacional John Bolton en Bielorrusia el 29 de agosto de 2019. La desvinculación de Bolton de la administración de Donald Trump solo exacerba el carácter unipersonal de la política exterior de Estados Unidos. Crédito por la imágen: Sergi Gapon / Getty.

El 10 de septiembre Donald Trump anunció por Twitter que John Bolton dejaría el cargo de consejero de Seguridad Nacional. El presidente estadounidense dio a entender que las ideas de Bolton no cuadraban con el resto de la administración. Si bien aún no se ha revelado quién ocupará el puesto vacante, lo cierto es que la salida de Bolton hace ruido por varios motivos.

A primera vista, su desvinculación llama la atención por la supuesta afinidad ideológica entre jefe y subordinado. El magnate cree firmemente en el rol del garrote en política exterior y dado su carácter agresivo, prepotente y a veces impredecible, sus insinuaciones belicistas son tomadas en serio. Bolton comparte una disposición similar hacia las fuerzas armadas y tiene ego de estratega, mas no deja de ser un intelectual sin la última palabra – sin poder de decisión. Algunos lo describirían como un halcón frustrado, solo rescatado de la ignominia política el año pasado.

Otra cosa que despierta interés es el hecho de que Donald se deshace de ministros como Enrique VIII de esposas. Con excepción del vicepresidente y el secretario del Tesoro, todas las carteras principales han cambiado de manos reiteradamente. Bolton era el tercer asesor de Seguridad en casi tres años de presidencia. Esto habla más de la personalidad del comandante en jefe que de las aptitudes y competencias de sus servidores.

¿Qué sucederá entonces con la política exterior norteamericana? Así como viene la marcha, los desencuentros constantes en la Casa Blanca indican que la agenda mundial de Estados Unidos se está convirtiendo en lo que los anglosajones llamarían one-man show, la función exclusiva del gran jefe.

En principio, los analistas indican que el despido de Bolton se traducirá en posiciones más centradas, más pragmáticas y por tanto flexibles, sobre todo en función de temas candentes como Afganistán, Corea del Norte, Irán, Rusia y Venezuela. Si Trump define la doctrina de seguridad nacional con la dicotomía “realismo basado en principios”, cabe sospechar que el elemento realista ganará peso por sobre el ingrediente ideológico.

Según varias fuentes, Bolton no estaba dispuesto a acomodarse al estilo empresarial del presidente. Así como se reunió con el dictador norcoreano Kim Jong-un, Trump aspira a encontrarse con el presidente iraní Hassan Rouhani. Se dice incluso que el magnate evalúa verse con Nicolás Maduro. Trump ve estas opciones como instancias necesarias y convenientes en el tira y afloja de la política mundial, especialmente porque se condicen con su estilo de diplomacia personalista.

Trump cree que no existe diferencia fundamental entre una negociación corporativa y otra estatal. Para que ambas tengan éxito, hay que mostrar músculos para intimidar a la otra parte. Luego la relación se recompone en encuentros presenciales cara a cara, desde donde buscar común acuerdo.

Fuentes anónimas citadas por los medios sugieren que este enfoque incomodaba demasiado a Bolton, siempre partidario de utilizar mano dura con los enemigos. El propio Trump confirmó esta observación en público, y lo hizo menospreciando a su ahora exasesor por haber ofendido a Kim Jon-un. Según los dichos del presidente, el líder norcoreano “no quiere saber nada de Bolton”.

El halcón mostachón había amenazado a Pyongyang con detonar el proceso de diálogo si Kim no se comprometía, de antemano, a desprenderse de todo su arsenal nuclear siguiendo el modelo libio (que en retrospectiva propició la caída de Muamar Gadafi). Domésticamente hablando, Trump asumió un costo político elevadísimo cuando llevo a Kim a la mesa de negociaciones, a lo que la rigidez doctrinaria de Bolton se convirtió no solo en un estorbo, pero también en una traición. Este presidente exige lealtad por sobre capacidad. No por poco eleva a su entorno familiar a posiciones de poder e influencia.

En vista del contraste entre los personajes de esta historia, los analistas sospechábamos que artículos como estos son parte de una crónica anunciada. Cuando Bolton fue designado en marzo de 2018 escribí que nadie se sorprendería si era despedido al cabo de algunos meses. En este sentido, sea para su fortuna o infortunio, quizás el exasesor duró en el cargo más de lo que él mismo había previsto.

Ahora bien, como todo en la administración Trump, ningún análisis coyuntural es libre de contradicciones. Mientras los medios plantean que Bolton se presentaba en reuniones de gabinete con planos y esbozos para una operación militar en Venezuela, el presidente twitteó que su postura hacia el castrochavismo es incluso más dura que la del consejero destituido.

Hay fuentes que indican que Bolton se jugó su reputación apostando por Juan Guaidó y la estrategia de dividir internamente a las fuerzas armadas venezolanas. Esto es, la idea de apoyar encubiertamente a militares de alto rango, mediante dadivas y amnistías, para que se decidieran a derrocar a Maduro y colocar a Guaidó en su lugar. La falta de progreso en este frente habría impacientado al presidente. Por algo aseguró que Boltón “se extralimitó” con Venezuela, lo que da a entender que se atribuyó prerrogativas que solo le pertenecen al inquilino de la Casa Blanca y a su círculo íntimo.

El 11 de septiembre, inmediatamente después del despido, el Departamento de Estado anunció que la Casa Blanca apoyará a la Organización de los Estados Americanos (OEA) en invocar el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR). Esta decisión implica tipificar al régimen bolivariano como una amenaza militar hacia el hemisferio. En consecuencia, su relevancia radica en crear un precedente jurídico para legitimar acciones armadas contra Maduro y compañía.

Este desarrollo medidamente confirma que Trump busca un enfoque más directo y confrontativo, pero solo en la medida que busca allanar el paso para que luego puedan darse negociaciones de alto nivel como sucedió con Corea del Norte. Considerando que Estados Unidos ya reconoció a Guaidó como presidente interino, cabe preguntarse que mensaje estaría enviando Washington si Trump se reúne con Maduro. Este tipo de divergencias y contradicciones en la administración también se perciben en otros puntos en la agenda.

Por ejemplo, Bolton se oponía completamente a las negociaciones con los talibanes que venían teniendo lugar en Doha, donde se esbozaba la retirada de las tropas norteamericanas remanentes. Así y todo, irónicamente, luego de la salida de su asesor halcón, el 9 de septiembre Trump dijo que cancelaba una cumbre secreta con una delegación afgana en Camp David; a raíz de un atentado talibán en donde murieron doce personas, entre ellas un soldado estadounidense.

En mi opinión, cualquier dialogo con los talibanes es y será infructífero, especialmente si lo que se busca es que los extremistas abandonen el yihadismo y permitan el desarrollo de una democracia con garantías cívicas. Entre atentados y ataques aéreos, Afganistán está pasando por uno de los períodos más violentos de su historia. Pero más allá esta discusión, lo concreto es que Trump continua decidiendo asuntos clave de política exterior sin cuidado por el debido proceso. Canceló el encuentro de Camp David no porque Bolton u otros asesores se lo hubieran planteado, pero más bien porque es preso de sus estados de ánimo, pues sigue exclusivamente a su instinto.

Trump ejecuta la política exterior estadounidense desde su celular mediante tweets sin participar necesariamente a su equipo. Y si bien este estilo de liderazgo unipersonal ofrece cierto margen de éxito al lidiar con autócratas (lo que yo llamo “factor Trump”), la lista creciente de funcionarios despechados abandonados en el camino marca que este modus operandi es insostenible sino irresponsable. Quien reemplace a Bolton tendrá que sopesar la misma reflexión y calcular si merece la pena servir en la administración Trump.

¿Por qué es tan difícil lograr la paz en Afganistán?

Artículo escrito por Juan Felipe Veléz Rojas con mi colaboración para ANADOLU AGENCY (AA), publicado el 16/07/2019.

Tropas estadounidenses en Afganistán. La historia demuestra reiterativamente que Afganistán, por la topografía de su tierra y la cultura de su gente, no puede ser gobernado por una fuerza externa. Credito por la imagen: Muhammed Bilal Kenasari / Agencia Anadolu.

La guerra en Afganistán parece no tener fin. Pese a la intervención de EEUU el 7 de octubre de 2001 con la Operación Libertad Duradera, la población afgana no ha encontrado paz ni ha alcanzado estabilidad alguna.

Informes entregados por el diario The New York Times señalan que el gobierno afgano solo controla el 29% del territorio. De acuerdo con los registros del Departamento de Defensa de EEUU, 2.216 soldados estadounidenses han muerto durante la operación y un estimado del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales dice que Washington ha gastado unos USD 841.000 millones desde el 2001, un costo superior al Plan Marshall, con el que se ayudó a reconstruir Europa después de la Segunda Guerra Mundial. Continuar leyendo “¿Por qué es tan difícil lograr la paz en Afganistán?”

Afganistán 1996: acceso prohibido al cielo

Los 16 mandamientos de los talibanes en Afganistán.

 

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Tanques tripulados por militantes talibanes son decorados con flores frente al palacio presidencial en Kabul, el 27 de septiembre de 1996. Entre 1996 y 2001 los talibanes crearon en Afganistán una entidad wahabita, espiritualmente parecida al Estado Islámico (ISIS) contemporáneo. Crédito por la imagen: CNN

Hace veinte años, el 27 de septiembre de 1996, Kabul, la capital de Afganistán, caía finalmente frente a los beligerantes yihadistas, luego de cuatro años de guerra civil. Tras el fracaso soviético, durante la década de 1990 el país centroasiático experimentó la proliferación de la militancia islámica en todo el territorio. Los talibanes, notorios entre los muyahidines, se consolidaron rápidamente pacificando las áreas bajo su poder. Suprimieron a líderes locales corruptos y extorsivos, y en el proceso también derrotaron a la competencia, representada por otros grupos islámicos rivales. Los talibanes prometieron paz y estabilidad tras más de una década de guerra, y su mensaje tuvo resonancia propagandística. Pero todo esto a cambio de un precio: la subyugación de la población a un modo de vida de lo más rígido y austero.

Tras su consolidación definitiva, Afganistán pasó a convertirse en un Estado islámico a la usanza wahabita. Los talibanes impusieron la ley de la tierra, superponiendo una interpretación literal de la ley islámica –la sharia– a los códigos tribales preislámicos de los pastunes. Financiados, aprovisionados y formalmente reconocidos por Arabia Saudita y por Pakistán, los talibanes efectuaron una campaña nacional de limpieza religiosa. Impusieron por la fuerza sus códigos morales, castigando severamente a los infractores por intermedio de una policía religiosa, agrupada en el llamado Ministerio para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio.

El régimen talibán sobrevivió hasta la intervención estadounidense de 2001, tras los ataques del 11 de septiembre. Tal era la preocupación de los talibanes por imponer la sharia a como dé lugar, que en el Afganistán teocrático la agenda pública consistía enteramente en decretar lo que se puede y lo que no, encontrar infractores y aplicar sentencias. No había espacio para planificar políticas públicas, para ofrecer servicios sociales, o mismo garantizar las funciones mínimas de un Estado moderno. En definitiva, lo primero que hicieron los yihadistas fue suprimir la mera noción de la política. Bajo su regencia, el hombre ya no sería un animal político, pero un ser renacido plenamente fidedigno a las ordenanzas divinas. Con este principio en mente, los talibanes dinamitaron la diversidad cultural en Afganistán, supeditando toda tradición a una sangrienta, mas figuradamente sagrada, yihad de reparación religiosa.

Con motivo del triste aniversario, me gustaría reproducir aquí el enunciado básico que emitieron los talibanes al momento de salir victoriosos. Son los principales mandamientos; 16 códigos para la convivencia pública, difundidos por la radio “sharía”. Con esta pauta, mientras comandan rectitud religiosa, los talibanes simultáneamente anuncian que habrá castigo para los impíos detractores. “La razón –leía un eslogan–tiene que ser tirada a los perros”. Continuar leyendo “Afganistán 1996: acceso prohibido al cielo”

Los riesgos de un Afganistán disfuncional

Publicado originalmente en FOREIGN AFFAIRS  LATINOAMÉRICA el 26/01/2015. Aquí se ofrece una versión más extensa del mismo artículo. Publicado también en POLÍTICAS Y PÚBLICAS el 02/02/2015.

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El Tio Sam se apresura a retirarse de Afganistán mientras un talibán talla el epitafio de Estados Unidos. En el “cementerio de los imperios” pueden verse las tumbas del Imperio británico y de la Unión Soviética. Caricatura publicada el 25 de febrero de 2013 por Khalil Bendib.

La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) ha dado oficialmente por terminada la misión Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad (ISAF) en Afganistán, lo que debería dar bastantes motivos para preocuparse. Los talibanes —como sería de esperarse— respondieron con el anuncio de su victoria y pese a las garantías de Washington al gobierno central, lo más probable es que la retirada de las tropas deje a Kabul en una situación de precaria vulnerabilidad. Entonces, ¿qué ocurrirá una vez que las fuerzas de la coalición se vayan del país? Si bien la OTAN mantendrá un contingente de 13 000 soldados (de los cuales 10 800 son estadunidenses) para asistir y entrenar a las fuerzas locales, es factible que los aliados dejen atrás un Estado disfuncional que podría caer, otra vez, frente a una situación de vacío de poder. Existen suficientes antecedentes para sospechar de tal manera.

Cuando la Unión Soviética se retiró de Afganistán en 1989 luego de una guerra de 9 años, el Gobierno secular afín a Moscú quedó desprovisto de asistencia significativa para repeler a los muyahidines. Con la desintegración formal del Imperio ruso, del seno de la insurgencia yihadista surgió el movimiento talibán que aprovecho la debilidad y el desamparo militar del Gobierno socialista para ocupar progresivamente el país hasta que conquistaron Kabul en 1996. Para sostener su campaña de purificación religiosa, los talibanes recibieron millonarias donaciones provenientes de los Estados del golfo (principalmente de Arabia Saudita y Pakistán). Además, utilizaron equipamiento y armamento que los soviéticos dejaron atrás. Al imponer un régimen de extrema observación de la sharía —la ley islámica— los talibanes fundaron el Estado Islámico que apadrinaría terroristas y daría refugio a Al-Qaeda. Continuar leyendo “Los riesgos de un Afganistán disfuncional”