La otra crisis griega

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Artículo publicado originalmente en INFOBAE el 13/07/2015.

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Refugiados sirios arriban a la isla griega de Cos en mayo luego de salir de Turquía en un pequeño bote inflable. Cos está solamente a cuatro kilómetros de Anatolia. En los últimos años el número de migrantes sirios que huyen de la guerra se ha multiplicado, y muchos de ellos se arriesgan a cruzar el Egeo para llegar a Grecia con la esperanza de rehacer sus vidas en suelo europeo. Crédito por la imagen: Yannis Behrakis / Reuters.

Mientras la atención del mundo se centra en las negociaciones entre Atenas y sus acreedores, discutiendo la crisis económica helena y sus ramificaciones, en Grecia se está desarrollando otra crisis que no ha recibido suficiente atención. Se trata del drama de los miles de migrantes, sirios principalmente, que a duras penas logran cruzar el Egeo con la meta de rehacer sus vidas en suelo europeo. Desde Turquía se embarcan en balsas y en botes que fácilmente podrían zozobrar debido al sobrepeso con el que se adentran al mar. Amontonados y desesperados, no todos logran salir con vida de la arriesgada travesía. Los que sí llegan a destino dan fin a un calvario, pero solamente para comenzar a vivenciar otro.

Como consecuencia de la inestabilidad generalizada que sacude a Medio Oriente y África del Norte, se ha desatado una crisis humanitaria sin parangón en la región que, entre otras cosas, ha resultado en un aumento avasallante en la cantidad de refugiados que intentan llegar a las costas sureñas de Europa. En contexto, a raíz de los conflictos fratricidas y sectarios que se extienden desde Libia hasta Yemen, se estima que hoy existen alrededor de 15 millones de refugiados y desplazados en Medio Oriente – desamparados a la espera de volver a casa, o bien esperanzados para encontrar un nuevo hogar. Con el detonante de la guerra civil siria y la aparición del Estado Islámico (ISIS) la crisis se ha acentuado. Dada su cercanía con el teatro de batalla, los países que lindan con Siria se han visto forzados por las circunstancias a dar cabida a un número creciente de refugiados. Según cifras oficiales del Alto Comisionado para los Refugiados de las Naciones Unidas (ACNUR), Jordania alberga a 629 mil personas, Líbano a 1.172 mil, y Turquía a 1.800 mil, aunque en condiciones que van de malas a deplorables, siendo que el elevado flujo ha colapsado la capacidad de respuesta de estos Estados.

Con la presión amontonándose en Medio Oriente, la desesperanza y la falta de sustento también incidieron en que miles de desplazados decidieran probar suerte en Europa. El año pasado más de 200 mil migrantes cruzaron el Mediterráneo, y 3.400 personas se habrían ahogado en el intento. Grecia en este sentido, dada su proximidad con Turquía, es actualmente el principal punto de entrada hacia la relativa tierra de oportunidades que supone ser la Unión Europea.

Avistar botes colmados de refugiados sirios se ha convertido en un pasatiempo para los habitantes y turistas del archipiélago heleno; solamente a la isla de Lesbos llegan en promedio 300 migrantes por día desde Turquía. No obstante aquí surge nuevamente un severo problema pues la paralitica economía griega no está en condiciones de afrontar los costes de manutención de la incesante ola de migrantes que llegan a costa. En teoría, los países de la Unión Europea deben proveer a quienes buscan asilo condiciones dignas hasta que llegue la denegación o aprobación de las aplicaciones según cada caso particular. El trámite no debería durar más de seis meses, y los refugiados deberían tener cubiertas todas sus necesidades en tanto no se presente una amenaza a la seguridad de sus pares o se abuse malintencionadamente del sistema. En la realidad, los recién llegados son metidos en campos de detención, y allí deben languidecer por un largo período de tiempo que puede llegar a demorar dos años, mientras aguardan alguna resolución sobre su situación. A todo esto no hay suficientes medicamentos, y las condiciones sanitarias son paupérrimas. Además, a estos agravios hay que sumar factores psicológicos como el desasosiego por el maltrecho clima socioeconómico, la ansiedad de los griegos por conocer que deparará el futuro, y una antipatía tradicional hacia la inmigración. En suma, la situación es crítica y de momento no puede dilucidarse una solución. De acuerdo con un informe reciente del ACNUR, entre enero y junio de este año 137.000 refugiados y migrantes entraron a Europa por el Mediterráneo, de los cuales 68.000 – prácticamente el 50 por ciento del total – entró por Grecia. De estas, unas 40.000 almas son sirias.

Para desalentar la inconveniencia migratoria, en 2012 Atenas mandó a construir una cerca alambrada en el estrecho de tierra que existe sobre el borde greco-turco, fomentando inadvertidamente el aumento de la migración por vía marítima. El informe de las Naciones Unidas cita que en 2013 el número de refugiados y migrantes que llegó a las islas griegas creció más del triple, aumentando de 3.600 (en 2012) a 11.400 en 2013. En 2014 el número se cuadruplicó a 43.500, y por lo mencionado recién, se pronostica que la tendencia siga acentuándose. Para paliar la crisis humanitaria, el organismo internacional insta a los países a proveer apoyo vital a Grecia para que pueda mejorar rápidamente su capacidad de recepción y respuesta ante este creciente desafío.

El Gobierno griego naturalmente coincide con esta evaluación, y se ha valido de la cuestión para presionar (sino amenazar) a la Unión Europa a ser más flexible con Grecia mientras se negocia la reestructuración de la deuda. Panos Kammenos, el ministro de Defensa heleno, advirtió que “Europa se tiene que dar cuenta que manteniendo a Grecia estable, el frente de Occidente contra el ISIS es seguro. Pero si es empujada o forzada a salir de la eurozona…olas de migrantes indocumentados, incluyendo a elementos radicales, van a llegar desde Turquía, abriéndose paso al corazón de Occidente”. En otras palabras, o salvan el bote, o se hunden con nosotros. En los últimos meses el Gobierno griego viene liberando espacio de algunos centros de detenciones pésimamente acondicionados, soltando a migrantes en las calles de Atenas. Si bien esto es indignante para muchos griegos, la medida quizás esconde también otra intención. En línea con la postura de Kammenos, tal vez la medida responde a acrecentar el sentido de inmediatez de la crisis migratoria en las otras capitales europeas.

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Migrantes sirios esperan a ser registrados en el puerto de Mitilene en la isla de Lesbos en junio. Crédito por la imagen: Louisa Gouliamaki / Getty Images.

De momento, Grecia pactó en mayo con Bulgaria y Turquía para ahondar esfuerzos en común para frenar la migración, pero a lo sumo se trata de una medida formal que todavía debe materialice y sobre todo vencer la histórica aversión entre turcos y helenos. En los últimos años las autoridades griegas vienen criticando a sus contrapartes turcas de no hacer lo suficiente para cortar el tránsito de migrantes hacia territorio europeo.

Visto en contrapartida Turquía es el país que más empeño ha puesto en acoger refugiados sirios, pero aun así su capacidad está colmada, y ergo Ankara también ha advertido a las capitales europeas de que no podrá frenar a próximos contingentes de migrantes, que visto está, buscarán asilarse en Europa. Esta coyuntura sugiere que temporalmente el tema de la inmigración se ha vuelto bastante ambivalente para el Gobierno griego. Para un país con un 25 por ciento de desempleo, ocuparse de absorber a los migrantes constituye un proyecto inverosímil (por no decir impopular), y sin embargo por otro lado representa una moneda de cambio para obtener mayores concesiones por parte de Bruselas y los socios europeos. Es de esperar que dada la naturaleza sensible del tema, los líderes eviten hablar del mismo en público so pena de dar la impresión de estar deshumanizando a los refugiados como si fueran números a ser administrados. Hablar de cuotas a la inmigración, especialmente en el marco de las atrocidades que se desenvuelven en Medio Oriente, no deriva en un discurso políticamente aceptable, aunque sea lastimosamente políticamente inevitable. En rigor la ola de migrantes desembarca en Grecia simplemente por ser geográficamente más accesible, no obstante muchos de los refugiados deciden pedir asilo a las autoridades de otros países, principalmente Alemania.

Alemania es el país que más migrantes ha recibido dentro del bloque y viene presionando, sin éxito hasta la fecha, precisamente por un sistema de cuotas para distribuir a los migrantes equitativamente entre los 28 países que componen la Unión Europea. Pero mientras Alemania y Suecia procesan casi la mitad de los pedidos de asilo, el resto se muestra reticente a tocar el tema o comprometerse a recibir a una parte de los desposeídos. Como asunto electoral, en los países europeos el poner coto a la inmigración se ha convertido en un tema recurrente en las campañas de los políticos, especialmente en aquellas plataformas de centroderecha y en los partidos nacionalistas. Lo cierto es que gracias a la normativa comunitaria del espacio Shengen, esto es, la abolición de controles fronterizos internos entre los miembros de la Unión Europea, para una persona se vuelve muy fácil trasladarse de un país al otro, independientemente de si se trata de un ciudadano o un indocumentado.

En definitiva el panorama no es bueno. Hasta octubre del año pasado el Gobierno italiano gastaba 300.000 euros por día, o sea nueve millones por mes, para financiar la llamada operación Mare Nostrum con el objeto de rescatar del mar a los migrantes en vía a Italia. Roma, como Atenas, se ha quejado de no recibir suficiente asistencia para mantener el programa. El premier italiano Matteo Renzi dijo al respecto que Europa salva a los bancos pero deja morir a madres con niños. El programa que duró un año y logró salvar a 140.000 personas fue reemplazado por otro que prioriza el resguardo de las fronteras, a razón de un costo dos veces menor. El caso constará como un precedente triste para planes futuros, marcando que las graves deficiencias en la cooperación europea, especialmente en materia inmigratoria, pueden costarle la vida a miles de personas, incluso pese a las buenas intenciones que puedan provenir por parte de algunos Gobiernos en el continente.

Atenas por lo pronto no tiene nueve millones para gastar en algún equivalente al programa Mare Nostrum, y aunque los tuviera, difícilmente sería una prioridad. A largo plazo, está claro que la única solución recae en la estabilización y el desarrollo económico venidero del mundo árabe.

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