¿El fin de la hegemonía estadounidense en Medio Oriente?

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Un F/A-18C Hornet despega desde la cubierta del portaaviones USS Nimitz en noviembre de 2013, mientras transitaba el mar Mediterráneo. Según una lectura de los eventos recientes, la reticencia del presidente Barack Obama a proyectar poder frente a Irán podría traer consecuencias negativas a la reputación de Estados Unidos, tanto entre sus amigos como enemigos. Crédito por la imagen: Jacquelyn D. Childs / U.S. Navy.

Existe una opinión interdisciplinaria entre muchos analistas que supone a India y a China como las potencias dominantes del siglo XXI. Implícito en este escenario habría un papel menor para Estados Unidos, viéndose su proyección global reducida, por lo pronto en términos relativos con el presente. En el futuro aparentemente habrá un balance internacional que le será desfavorable. Ya no será la única superpotencia, y en función del ascenso de otros actores, principalmente los recién mencionados, tendrá que lidiar con un sistema virtualmente multipolar. Sin ir más lejos, en lo que respecta a Medio Oriente este proceso ya parece estar ocurriendo, y no necesariamente por las acciones de terceros actores. Por el contrario, las propias decisiones de la Casa Blanca, de no ser revertidas, podrían apresurar el fin de la hegemonía estadounidense en la región.

La administración de Barack Obama no ha entendido la idiosincrasia de Medio Oriente e inadvertidamente se ha encargado de mermar la posición de Estados Unidos tanto entre sus aliados como entre sus enemigos. Obama les soltó la mano a aliados tradicionales como Hosni Mubarak y Zine Ben Ali, y estuvo dispuesto a reconocer a mandatarios islamistas. Apoyó a la mayoría de las protestas masivas en el mundo árabe, pero no a aquellas en Bahréin o Irán. Supuso también que podría enmendar las relaciones con Siria e Irán, cuyos regímenes están empedernidos por exportar terrorismo y desestabilidad. Luego de permanecer cerrada por seis años, en enero de 2011 Estados Unidos reabrió su embajada en Damasco; y sin embargo, tan pronto comenzó la guerra civil siria unos meses más adelante, Obama exigió que Bashar al-Asad diera un paso al costado. Pese a reiteradas líneas rojas establecidas para aplacar al Gobierno sirio, en este frente Obama no se atrevió a comprometerse. En tanto, en la contienda libanesa, Estados Unidos “lideró desde atrás”. Por otro lado, el presidente aceleró la retirada estadounidense de Afganistán e Irak, y al aparecer luego el Estado Islámico (ISIS), actuó con letargo y sin contundencia.

Bien, por cuantos errores estratégicos se hayan dado durante su gestión, nada se coteja con el impacto duradero que podrá tener el acuerdo recientemente firmado con Irán en virtud de su programa nuclear.

Bernard Lewis, el historiador de Medio Oriente más prominente en vida, expresaba que la percepción general en gran parte de la región era que Estados Unidos “es un amigo poco fiable y un enemigo inofensivo”. En rigor, algunas de las críticas más fuertes a la política exterior de Obama pasan por este adagio. Estados Unidos, contrario a lo que está haciendo ahora, debería enfocarse en ser un amigo confiable, a la vez que se presenta como un enemigo poderoso. En este sentido la proyección de Obama en el escenario mediooriental es derrotista, y nada la afecta tan negativamente como la posición (o bien la rendición) estadounidense de cara a Irán. Mucho se ha dicho ya sobre tal polémico entendimiento. Por decirlo sucintamente, el trato que originalmente estipulaba la cancelación de las sanciones económicas a cambio de la supresión irrevocable del programa nuclear iraní, terminó convirtiéndose, ronda de negociación tras otra, en un trato que supedita la quita de sanciones al principio de buena fe; el cual ilusamente se espera que el régimen cumpla. Como resultado, Washington le concedió una victoria a Teherán en todo sentido de la expresión.

El acuerdo firmado en Viena el 14 de julio establece un sistema de verificación y monitoreo para que la comunidad internacional pueda cerciorarse que Irán esté en regla. Empero, el acuerdo defendido por la admiración Obama tiene grave falencias. Primero está la cuestión de la ridícula anticipación con la que los inspectores tienen que operar. Según lo estipulado no habrá lugar para inspecciones sorpresa o sin previo aviso. Los iraníes deberán ser informados de próximos controles con un anticipo mínimo de 24 días. Ahora bien – según lo interpreta un analista – en la práctica los controles podrían terminar realizándose luego de 78 días desde el primer aviso. Por descontado, dicho período de tiempo probaría más que suficiente para barrer cualquier cantidad de material comprometedor debajo del tapete, y fuera de la vista de los investigadores. En otras palabras, las partes firmantes se comprometen a derogar las sanciones económicas sin nada tangible a cambio. Lo que es más, siguiendo las estipulaciones difundidas, Irán vería acrecentar sus arcas con una ganancia estimada en los 100 mil millones de dólares, un monto que representa alrededor del 25 por ciento de su PBI. Dada la misión escatológica que persiguen los ayatolas de la mano con varias milicias islamistas, como secuela del polémico acuerdo, el tesoro iraní tendría más fondos para financiar el terrorismo.

Cual teatro de lo absurdo, incluso si Irán atenta contra la seguridad internacional fuera de la cuestión nuclear, apoyando, tal como es el caso, a grupos terroristas, Estados Unidos y sus socios europeos se están comprometiendo a no buscar nuevas sanciones. El acuerdo manifiesta que de imponerse tales medidas sobre su economía, Irán interpretará el acuerdo por nulo y terminado. Esto significa que la Casa Blanca se cuidará de no ofender a los iraníes so pena de ver el esfuerzo de tantos años hecho añicos. Ergo – de acuerdo con un comentarista – “Estados Unidos vacilará antes de citar violaciones”.

Si la máxima de Theodore Roosevelt dictaminaba que en política exterior había que “hablar suavemente, y llevar un gran garrote”, la estrategia de Obama consiste en palabras y zanahorias, que siendo el escenario Medio Oriente, no alcanzarán para darle a Estados Unidos y a sus aliados seguridad, sino todo lo opuesto. En cinco años se levantará el embargo armamentístico que pesa sobre Teherán, y los iraníes podrán comprar armas convencionales. Tres años más tarde, podrán comprar componentes para ensamblar misiles balísticos. Asimismo, encausada una solución internacionalmente consensuada al programa nuclear iraní, abortadas las sanciones, es muy probable que Rusia y China inserten su armamento en el arsenal de la nación chiita, desesperada por modernizar su equipamiento militar. En principio, Moscú le suministraría a Tehrán los S-300 que Irán requiere para eventualmente hacer frente a un ataque aéreo. En el acto Rusia le estaría marcando a Occidente que tiene un rol regional que cumplir. China por su parte es el principal comprador del petróleo persa. La relación comercial representa más de un 34 por ciento de las exportaciones iraníes, y todo apunta a que estas incrementarán. En suma, si los eventos siguen su curso, en diez años Irán se consolidará como una potencia regional, y en el proceso apadrinará la entrada de actores con quienes Washington contiende.

Quienes defienden el acuerdo lo miden en base a las posibilidades que se desprendieron del acercamiento entre Washington y Beijing, luego de que Richard Nixon visitara China en 1972. Análogamente a lo ocurrido con la potencia sínica, absteniéndose de denegarle a Teherán sus aspiraciones, los partidarios del acuerdo esperan que la reapertura de relaciones convierta a Irán en una potencia con la cual Occidente pueda convivir. El problema conceptual de este análisis es que minimiza el componente fatalista de la potente ideología que articula la dirigencia persa. Además, retomando lo expuesto, falla sobre todo en calcular que en Medio Oriente el garrote dice mucho más que los compromisos signados en papel.

Lo cierto, según lo veo yo, es que Estados Unidos ha perdido credibilidad como aliado y disuasión como enemigo. Lejos de ponerse a los ayatolas en el bolsillo, de cambiar sus prioridades, o siquiera de dar paso a una détente entre Washington y Teherán, el acuerdo siembra ansiedad en todas las capitales desde El Cairo hasta Islamabad. Por sí solo, el acuerdo no inhibirá a los islamistas de perseguir la ansiada nuclearización al largo plazo. Muy por el contrario, el hecho que Estados Unidos haya cedido a las exigencias de Irán, y no viceversa, comunica que independientemente de su poder, el músculo norteamericano está siendo quebrado por la indeterminación de sus líderes. A Irán solo se le pide que postergue su programa nuclear por unos años, a contraprestación de levantarle las sanciones, y concederle carta blanca para que continúe financiando milicias terroristas.

Evidente para la mayoría de los analistas, el acuerdo se produce a costas de sacrificar la imagen norteamericana en Medio Oriente. A falta de un verdadero apaciguamiento, Estados Unidos ha enfadado y decepcionado a sus aliados, y envalentonado a sus enemigos. Indirectamente como resultado de su torpeza, la presente administración norteamericana podría estar abriendo la posibilidad de que las potencias emergentes se interesen más en este escenario. La historia dirá si Obama tiene la razón o si en efecto se equivocó. Mientras tanto, en el futuro previsible, con la cuestión iraní inconclusa y niveles crecientes de hostilidad sectaria a nivel regional, el siguiente presidente conclusivamente heredará un gran dolor de cabeza, y deberá revaluar la doctrina en política exterior.

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