El opio de los intelectuales: la izquierda y el conflicto palestino-israelí

Publicado originalmente por periódico COMUNIDADES el 27/08/2014 (Año XXIX N°570). La versión que aquí se ofrece ha sido extendida.

Pedro Brieger, periodista y sociólogo argentino, titular de la cátedra de Sociología de Medio Oriente presenta su libro en televisión en 2011. De origen judío, Brieger ha entrado en un curso de colisión con la comunidad judía por sus fuertes declaraciones antiisraelíes en la televisión del Estado.
Pedro Brieger, periodista y sociólogo argentino, titular de la cátedra de sociología de Medio Oriente presenta su libro en televisión en 2011. De origen judío, Brieger ha entrado en un curso de colisión con la comunidad judía argentina por sus fuertes declaraciones antiisraelíes en la televisión del Estado.

Una de las máximas marxistas consiste en que la religión es el opio de los pueblos, uno de los componentes ideológicos y superestructurales que prestan servicio al interés de la clase dominante para asentar control sobre las mentes de un colectivo desprevenido. Entreteniendo el concepto, Raymond Aron decía en 1955 que el opio en realidad no era otro que el marxismo mismo. Por donde se moviera, en pleno auge de los estudios poscolonialistas, Aron observaba que los intelectuales occidentales tomaban al marxismo como una doctrina, irónicamente como una religión a la cual sindicalizaban toda opinión, crítica y contenido. No por poco, El opio de los Intelectuales es considerado el magnum opus de quien fuera uno de los grandes pensadores liberales del siglo XX.

Su obra permanece de lo más relevante y seguramente lo seguirá siendo en el futuro previsible. Pero uno de los sentidos en donde se puede apreciar dicha vigencia se resalta en lo que tiene que ver con el conflicto palestino-israelí.

Por algún extraño motivo que no discutiremos aquí, entre la independencia de Israel en 1948 y las eventualidades de los años 60, el Estado judío se convirtió a ojos de miles de occidentales en un ente colonialista, un usurpador ilegítimo que encarnaba todo lo malo del sistema norteamericano –aunque claro– en una escala más reducida. Tal vez por ello su realidad sería presuntamente más simple de explicar.

Se podía decir rápidamente que ese proyecto que se presentaba como sionismo no era otra cosa que un movimiento colonial disfrazado de autodeterminación; que los judíos por mucho que se victimizaran, eran a fin de cuentas europeos blancos que se bajaron de un barco en aras de conquista. Alimentados por una obtusa visión profética, y sostenidos por el capital de la banca internacional, los judíos actuaban para apropiarse de territorio árabe en alianza y confabulación con los Gobiernos que otrora, sino ahora, intervenían en el extranjero persiguiendo el supuesto beneficio de unas élites acomodadas.

Bien, esta narrativa creada por la literatura antisemita llenaría en muchos lugares una sección en un museo si no fuera revivida y reinventada constantemente por la izquierda de países europeos como también latinoamericanos, por activistas e intelectuales que tan aislados están de la realidad, que su dogma no les permite apreciar que todas las libertades con las que ellos disponen en sus naciones, sus victorias y “conquistas” sociales, están muchísimo mejor conservadas entre tales usurpadores israelíes que entre –por ejemplo– las víctimas palestinas de un genocidio imaginado.

Basta con observar que cada vez que la situación entre Israel y sus vecinos se recrudece y estallan picos de violencia, los dirigentes de partidos autoenunciados como obreros o populares, fieles a sus instintos, devotos a un binario estático entre dominadores y dominados, se apuran a condenar enérgicamente la trasgresión de quien ostenta aviones y tanques contra el desposeído que improvisa una resistencia. Lo que es más, cuando expresan su repudio, lo hacen con decoro de universalistas. Por si no fuese suficiente criticar al gobierno israelí, los que se jactan de humanistas y progresistas despilfarran contra un establishment sionista global, a veces alegando la existencia de una quinta columna (judía) que opera y conspira contra el conjunto de la sociedad.

Tal vez si Aron no nos hubiera advertido sobre la inevitabilidad histórica del marxismo –su mirada inflexible de las cosas– nos sorprenderían las flagrantes incongruencias de muchos sectores de izquierda. Incluso si llegásemos a conceder que Israel es el agresor, ¿cómo se explica que virtualmente no exista ninguna resolución, comunicado o condena partidaria en relación a las matanzas sistemáticas de cristianos en Medio Oriente y África del Norte? ¿Cómo se entiende que siempre haya labia para despotricar contra Israel, pero silencio frente a la represión sangrienta de gobiernos despóticos contra sus propios ciudadanos? ¿Por qué los activistas de izquierda han dejado caer en el olvido el hecho de que algunas de las figuras más prominentes de sus movimientos, se hayan codeado alguna vez con los mismos líderes árabes que hoy disparan a mansalva contra manifestantes opositores? Como expresó Dan Gillerman, exembajador de Israel ante las Naciones Unidas, “vivimos en un mundo en donde cuando los cristianos matan musulmanes es una cruzada; cuando los judíos matan musulmanes es una masacre; y cuando los musulmanes matan musulmanes es el canal del tiempo”…pues nadie lo mira.

Aron analizaba tres grandes mitos de la izquierda, que de este modo también nos remiten a la imagen de los palestinos que varios intelectuales y comentaristas han pintado.

La izquierda

En su obra, Aron se ocupa de desmitificar en primer lugar la dicotomía entre izquierda y derecha, por la cual cada espectro ha quedado tipificado, haciendo que la derecha se convierta para los materialistas en el objeto de la tradición, los privilegios, los abusos y la dominación en general. Con un ejercicio demagógico, el discurso clásico de la izquierda, y sobre todo aquel de la más intransigente, descarga sus angustias y recelos en enemigos imaginados o institucionalizados. Para ello recurre a etiquetas banales, vacías conceptualmente, pero útiles a los efectos de crear en la percepción de las personas una dualidad entre lo bueno y desinteresado –el partido– y lo malo y egoísta, englobado inexorablemente por la derecha. En otras palabras, tal discurso se expía de toda responsabilidad y toda culpa, y crea una otredad que vilifica a un grupo solo porque tiene más de algo o piensa diferente, cuando la única verdad es que el despotismo es propio de tanto izquierda como de derecha, de todo totalitarismo, obligándonos entonces a “juzgar a los partidos más por lo que practican que por lo que predican”.

En este aspecto vemos como Israel es frecuentemente reducido a tantos ismos cargados con términos peyorativos. Muchos activistas de izquierda que tanto dicen conocer la tragedia palestina parecen más preocupados por emplear palabras consonantes con su ideología que en ponerse a estudiar el conflicto desapasionadamente, por lo pronto buscando informarse de diversas fuentes antes de emitir opinión. Si así no fuera, indiscutiblemente existe en el mundo un importante excedente de expertos en el conflicto palestino-israelí, y una importantísima demanda de expertos sobre los conflictos africanos, intra-árabes, asiáticos o europeos, de los cuales casi nadie se anima a expresarse con tanta seguridad y euforia.

La revolución

Aron se interesa por desentrañar el mito de la revolución, la idea de que la sociedad puede ser cambiada radicalmente para mejor mediante la instauración de un nuevo régimen, que fundado en valores revolucionarios, puede permitirse el uso permanente de la violencia para lograr un objetivo sublime –“poético”– y en hipotético beneficio de la mayoría. Existen redundantes ejemplos en la historia que muestran como muchos ideales loables se han transfigurado una vez sacados del papel para ser puestos en práctica, no escatimando suficiente sangre para hacerse cumplir.

Estoy seguro que si muchos convencidos activistas, progresistas, y abanderados revolucionarios se tomaran unas soleadas vacaciones en la franja de Gaza se percatarían que la heroica resistencia armada del Hamas no es exactamente la misma película que la lucha por la independencia argelina. Se darían cuenta que Jaled Meshal no es el Che Guevara palestino, o que Ismail Haniya no es su Fidel Castro. En efecto, que lo único parecido entre Gaza y Cuba es la pudiente riqueza entre los miembros de alto rango de los partidos que allí gobiernan respectivamente.

Debo confesar que me gustaría presenciar la conversación entre un humanista vestido de rojo con un islamista vestido de verde. Por si el ejemplo no fuera suficiente, me gustaría ver a una delegación de activistas antisionistas, defensores de los derechos humanos, reclamar por los derechos de las minorías, los homosexuales, y los disidentes políticos en alguno de los cuantos países que llevan en su nombre el rótulo de “islámico” o “islámica”. A esto, las autoridades responderán que la culpa de todos los males internos la tiene Israel; y de no flanquear su dogma, creo que los delegados asentirán con la cabeza y se unirán a denunciar al Estado judío.

El proletariado

El tercero de los mitos que deconstruye Aron es aquel del carácter puro del colectivo, el que habla de la virtud del proletariado como paradigma de todo lo honesto y bueno en la sociedad. Por supuesto, en este punto incluso los nostálgicos europeos del comunismo han reconocido que la vida en la Unión Soviética no descansaba precisamente en la soberanía de los trabajadores, sino en las directrices provenientes de los camaradas mejor entendidos con el partido, y de los burócratas citadinos de un politburó distante. Lamentablemente en América Latina las autocríticas solo emiten susurros.

En relación al retratado pecado original, la inmigración y el asentamiento judío de Palestina, vale la pena cerrar con algunos datos interesantes. Las narraciones que nos han dejado los turistas que han transitado a comienzos del siglo pasado por lo que hoy en día es Israel, cuentan la historia de paramos desolados, de aldeas construidas con materiales precarios, donde escaseaba el agua, donde no existían escuelas o espacios culturales o recreativos.

Varias fuentes indican que los pobladores árabes tenían una corta expectativa de vida debido a brotes expansivos de malaria, y que la mayoría de ellos trabajaba parcelas de tierra, que lejos de ser propias, eran asignadas rotativamente por un sistema comunal que privilegiaba a los que más tenían. Cual sistema feudal, lo más seguro para un granjero árabe era trabajar los terrenos de terratenientes, frecuentemente ausentes, a cambio de cierta seguridad. No es un dato menor que el 77% de las tierras compradas por los judíos entre 1878 y 1936 haya pertenecido a latifundistas.

Tampoco es exagerado afirmar que la inmigración hebrea hizo que de la tierra emanara leche y miel, terminara con la malaria, drenara pantanos, e introdujera todo tipo de innovaciones. No porque los judíos fueran “el pueblo elegido”, sino porque mostraron una ética de trabajo firmemente arraigada en ideales de solidaridad y redención a través del sacrificio y el esfuerzo, entonando himnos que en gran medida recuerdan a los valores que la izquierda siempre ha dicho defender y por la cual hoy aboga. Para poner un ejemplo final, de acuerdo con Yigael Gluckstein, mejor conocido como Tony Cliff, trotskista judío nacido en Palestina y naturalizado británico, en los años 30 a un granjero árabe le llevaba en promedio 55.9 días de trabajo producir una tonelada de trigo, mientras que a su contraparte judía esto le llevaba no más que 5.2 jornadas.

Durante mucho tiempo las plataformas de izquierda se han hecho eco del llamado revolucionario de Emiliano Zapata por una reforma agraria, pronunciando que “la tierra es de quien la trabaja”. Israel es la mejor evidencia que da cuenta de esta mentalidad en Medio Oriente. En suma, simplemente porque Israel fue fundado por el laborismo, y porque es el único país en la región en donde está permitido militar por prácticamente cualquier cosa sin temor a que lo metan a uno en un gulag, lo repriman a los golpes, lo excluyan de concursos públicos por sus ideas, o acaso más radical, el único país de la región sino el mundo donde se puede ser parlamentario y abiertamente bregar por destruir el mismo sistema que a uno le tocó representar. Al final de cuentas, Israel es una verdadera democracia, pero lamentablemente casi que llamar a su destrucción se ha convertido en el pasatiempo favorito de quienes deberían conocer mejor la realidad.

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