Turquía y el caza ruso derribado

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Artículo Original. También publicado en AURORA el 26/11/2015 bajo el título “¿Crisis diplomática entre Turquía y Rusia?”.

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Un cazabombardero ruso Su-24 despega del aeropuerto de Latakia en Siria, en octubre de 2015. El 24 de noviembre Turquía derribó a uno de estos aviones por haber infringido su espacio aéreo, sucintando una crisis diplomática que podría agravar la ya deteriorada situación de Medio Oriente. Crédito por la imagen: Dmitriy Vinogradov / Sputnik.

Turquía derribó el 24 a un caza ruso Su-24 cerca de la frontera turco-siria. Los medios rápidamente levantaron la noticia, especulando con una respuesta rusa. Según lo reportado, el presidente ruso, Vladimir Putin, conocido por su impronta aguerrida, se refirió al hecho como “una puñalada por la espalda cometida por los cómplices del terrorismo”, y aseveró que el incidente no sería ignorado. Sin más, acusó a los turcos de estar apoyando al Estado Islámico (ISIS). Ankara por su parte sostiene que el jet ruso recibió múltiples advertencias antes de ser derribado por dos F-16, por haber violado el espacio aéreo turco. Moscú niega esto, y asegura que su caza no presentaba ninguna amenaza a Turquía. Por lo pronto, se ha dado a conocer que de los pilotos que se eyectaron del Su-24, uno fue abatido por rebeldes turcomanos, y otro rescatado por los rusos. Además, un helicóptero de rescate ruso Mi-8, enviado en búsqueda de los pilotos, fue destruido por rebeldes del Ejército Libre Sirio, causando la muerte de un operativo ruso.

Con independencia de que Estado tenga la razón, ya se habla de una crisis en las relaciones diplomáticas entre ambos países. No obstante, más allá de las declaraciones y acusaciones cruzadas, lo más probable es que el incidente no trascienda en una escalada de violencia, o al menos no al punto de ir a la guerra. ¿Qué es lo qué se puede esperar entonces? Si bien es factible que los rusos tomen medidas duras, lo cierto es que el abrupto deterioro en las relaciones bilaterales afecta negativamente a ambas partes.

Para empezar, los rusos habrían bombardeado hoy, miércoles 25, un convoy perteneciente a una organización de ayuda humanitaria turca (IHH), aliada con el presidente Recep Tayyip Erdogan, que se desplazaba en Azas, Siria – cerca de la frontera con Turquía. Siete personas habrían muerto. Quedará por verse si se trató de un accidente, o de un error de cálculo ajeno al derribo del Su-24. Empero, dada la coyuntura, perfectamente cabe suponer que se trató de una represalia, llevada a cabo intencionalmente contra blancos turcos en Siria. El hecho está en que accidental o no, el ataque será interpretado como tal, como una respuesta. En todo caso, habrá que aguardar para ver cuál será el alcance de la reacción turca.

Por lo acontecido, es de esperar que Erdogan y Putin emitan declaraciones calientes. Ambos líderes se promocionan como figuras paternalistas, y se ven a sí mismos como los hombres fuertes de sus respectivas patrias. Además, nacionalistas fácilmente irritables, ambos han buscado una política exterior fuerte para cosechar frutos en casa, cosa que hasta ahora han logrado conseguir. De cualquier modo, lo que realmente importa es que por encima de quien gobierne, visto el tablero en perspectiva, Rusia y Turquía son rivales históricos. Si de realismo político se trata, entre 1568 y 1918 el Imperio otomano y el Imperio ruso pelearon doce guerras, de las cuales, sin contar los armisticios y los estancamientos, los rusos salieron victoriosos de por lo menos cinco, mientras que los otomanos vencieron solamente en dos. Aunque ya no disputan soberanía sobre los Balcanes, Crimea y el Cáucaso, los rusos y los turcos disputan influencia sobre el Cáucaso y Asia Central. En este sentido, la entrada de Turquía en la OTAN, en 1952, se explica precisamente en la ansiedad provocada por el expansionismo soviético.

Hoy, a raíz del incidente con el caza derribado, Ankara espera que atados por el compromiso que le deben a Turquía, los países miembros de la OTAN se expidan a favor de su aliado. Sin embargo, si hay algo claro, es que ninguna potencia occidental quiere comprometerse. Por más que Turquía pueda haber actuado en defensa legítima, sus acciones complican el ya perturbado panorama de la guerra en Siria. El accionar de los turcos se ha convertido en un dolor de cabeza para los miembros de la alianza occidental, los cuales, entre bambalinas, posiblemente concuerdan que el derribo del jet de combate fue una provocación innecesaria, al menos desde la perspectiva de echar leña al fuego sin ningún motivo aparente.

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Fuente: El País.

En 2013 y en 2014 los turcos hicieron demostraciones de fuerza contra los sirios derribándoles, en incidentes separados, un helicóptero Mi-16, y dos cazabombarderos Mig-23. Pero esto ocurrió antes de que Rusia interviniera en el terreno, y de cualquier modo, es evidente que Damasco, en términos militares, no pincha lo mismo que Moscú. El Su-24 derribado el 24 de noviembre habría penetrado el espacio aéreo tuco por pocos segundos, y al respecto, es la primera vez, desde 1952, en la que un miembro de la OTAN abate un caza de combate.

Turquía, desde luego, tiene sus reservas. Un analista cercano al oficialismo turco me confió recientemente en Estambul que Ankara venía advirtiendo a Washington, con resquemor, que una intervención rusa en Siria era un escenario plausible. Ankara, que sostiene que el régimen de Bashar al-Assad debe ser depuesto, está indignada frente al proceder de los militares rusos, que atacan no solo al ISIS, sino más bien a todos los rebeldes, indiscriminadamente de su situación. El hecho que los rusos bombardearan las posiciones de rebeldes turcomanos, es decir, de etnicidad turca, es un agravante que afecta las sensibilidades del establecimiento nacionalista turco.

Lo concreto es que los turcos vienen tomando nota de las reiteradas intromisiones rusas en espacios aéreos extranjeros, como en Ucrania, y en el espacio turco del mar Negro. En efecto, los cazas rusos tienen un historial de violar el espacio aéreo de terceros países. En octubre ya se registraba “una guerra de palabras” a partir de las quejas de Turquía, que acusaba a Rusia de buscar erosionar su soberanía. Para los analistas este comportamiento se explica en que Rusia, dada su relativa debilidad en comparación con la capacidad militar de los miembros de la OTAN, busca intimidar, y compensar por lo que no tiene, con una doctrina estratégica ofensiva.

De momento el Ministerio de Defensa ruso anunció que fortalecería la seguridad de su misión en Siria con un sistema de misiles tierra-aire S-400, uno de los más avanzados del mundo. Tal maniobra sirve de advertencia a Turquía. El mensaje evidente es que el Kremlin no tolerará otro incidente, y que está dispuesto a derribar a los cazas turcos que se entrometan en sus asuntos. Dicho esto, Medio Oriente últimamente es un campo signado por la incertidumbre, de modo que no es posible asegurar que la controversia entre Rusia y Turquía vaya a calmarse en el corto plazo. Por esta razón debe ser dicho que desde lo bélico, aunque improbable, el incidente podría pasar a mayores. Para Putin, a juzgar por sus declaraciones, esto es impensable, y con justa razón. En junio, el mandatario ruso dijo que solo un demente podría concebir a Rusia atacando a la OTAN.

Ahora bien, por otro lado, de acontecer, semejante escalada armada sería de lo más contraproducente. Aquí entra en juego la teoría de la interdependencia compleja, según la cual, cuanto mayor sea el comercio entre dos Estados, menores son las posibilidades de que entre ellos se suceda un enfrentamiento armado. En este aspecto, Rusia y Turquía son, de hecho, bastante interdependientes. Por ello, visto el asunto desde esta óptica, una escalada real se vuelve improbable.

El año pasado Ankara y Moscú decidieron apostar a este enfoque para contrarrestar sus diferencias. El 57% del gas natural que consume Turquía proviene de Rusia, y dada la tensión creciente entre Moscú y la Unión Europea, para expandir su mercado, los rusos vienen cotejando la construcción de un gasoducto (Turkish Stream) para llevar gas natural desde Rusia a Turquía atravesando el Mar Negro (y desde allí al resto de Europa, sin pasar por Ucrania). De concretarse, este sería el segundo gasoducto en su tipo, luego de que el llamado Blue Stream se inaugurara una década atrás. No hace falta aclarar que Turquía necesita el gas ruso, y que encontrar otro proveedor, preparado para suministrar gas en grandes cantidades, no es tarea fácil. Por contramano, luego de las sanciones impuestas por Occidente, también es indiscutible que Rusia necesita los ingresos que representa Turquía, su consumidor de gas más grande después de Alemania.

En 2014 el comercio entre Rusia y Turquía alcanzó los 32.7 mil millones de dólares. Actualmente Turquía es el octavo socio comercial de los rusos, y Rusia es el segundo socio comercial de los turcos. Más aún, la relación comercial promete crecer exponencialmente, esperándose que el comercio bilateral alcance los 100 mil millones de dólares para el 2020. Adicionalmente, Turquía planea la construcción de su primera planta nuclear en Akkuyu, en la costa mediterránea. El proyecto, cuya finalización está prevista entre el 2020 y el 2022, ronda los 20 mil millones de dólares.

Así y todo, consecuencia del incidente del Su-24 derribado, Rusia amenazó con cortar a la mitad la capacidad del Turkish Stream. Turquía por su parte ya viene advirtiendo desde el mes pasado que podría tomar medidas económicas para castigar a los rusos por violar su espacio aéreo. En rigor, en mi opinión, se trata efectivamente de “una guerra de palabras”. Los negocios son negocios, y ninguna parte podría darse el lujo de poner en peligro sus intereses económicos, especialmente en este momento.

 

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