El plan de paz de Salam Fayad

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Artículo Original.

fayyad
Salam Fayad fue ministro de economía de la Autoridad Nacional Palestina entre 2002 y 2006. Gracias a sus credenciales académicas y a su reputación de moderado entre los norteamericanos y los europeos, Mahmud Abás lo designó Primer Ministro en 2007. En 2013 fue forzado a dimitir a su cargo. Crédito por la imagen: Daniel Bar-On.

 Si de la dirigencia palestina se trata, Salam Fayad personifica a mis ojos lo mejor que este pueblo tiene para dar y contribuir al proceso de paz. Fayad es un economista de carrera, formado y doctorado en Estados Unidos, y se ha desempañado en los últimos años como primer ministro de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), ocupándose sobre todo de administrar las arcas públicas. Siendo un político de prominencia, quien fuera llamado el “Ben Gurión palestino” por Shimon Peres, es altamente respetado internacionalmente por promover un dialogo relativamente sincero con los israelíes, abrazando posturas conciliadoras que según se cree, podrían acercar a ambas partes de la disputa.

En un artículo publicado la semana pasada por Foreign Affairs, cual moderado, Fayad da a conocer su perspectiva sobre el estancado proceso de paz. A partir de su texto, aquí propongo analizar la viabilidad de sus ideas.

Para su análisis, Fayad parte de dos premisas. Sostiene primero que la representación política palestina ha fracaso, tanto en términos del proceso de paz como en términos de gobernanza nacional, es decir, en lo que hace al desempeño de la autoridad. En segundo lugar, insiste en marcar que el marco iniciado por el proceso de Oslo (1993) ha perdido vigencia desde 1999. Con estas bases, Fayad propone nuevas reglas de juego para la dirigencia palestina, y exige a Israel medidas unilaterales por su parte para fomentar tales cambios.

Oslo y la OLP han fracasado

Fayad comienza su análisis identificando un inconveniente dentro de las formalidades del proceso inaugurado por Oslo. Por el modo en que el mutuo reconocimiento entre Israel y la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) estuvo planteado, Fayad elabora que el proceso reforzó la narrativa israelí y debilitó la narrativa palestina. Mientras que Israel reconocía al movimiento liderado por Yasir Arafat como el representante legítimo de las aspiraciones palestinas, este último dirigente reconocía a Israel como Estado; lo cual significaba que si bien los israelíes reconocían las pretensiones territoriales de los palestinos, bajo la fórmula de dos Estados para dos pueblos, no otorgaban estatidad inmediata a sus vecinos, sino que se estipulaba que esta sería el resultado de futuras negociaciones.

El argumento que Fayad presenta diligentemente es el siguiente: en la medida que Israel tiene un margen amplísimo para vetar el posible surgimiento de un Estado palestino (si viera que este pudiera de algún modo mermar su propia seguridad), es improbable que el Estado hebreo esté dispuesto a tomar nuevos riesgos. Por ello, como ya lo ha señalado anteriormente, el enfoque del economista consiste en construir estatidad desde abajo para arriba, construyendo escuelas, hospitales, y viviendas, transparentando en el proceso el funcionamiento de las instituciones. La idea es que todo esto debe ser realizado a la par en que se intenta avanzar hacia una solución acordada con Israel. Para Fayad, alcanzar un compromiso político de alto nivel no alcanza para dar forma al Estado libre y democrático que él pregona, y en este aspecto, como él mismo sugiere, nada impide que los palestinos puedan comenzar a tomar medidas en este campo, aun si hoy no poseen de un acuerdo de paz definitivo.

Como consecuencia de este planteo, tomando en consideración que Oslo no ha resultado hasta la fecha en el establecimiento de un Estado palestino soberano, y que la situación de los palestinos no ha mejorado sustancialmente, Fayad reconoce que la legitimidad de la OLP como garante del proceso de paz se ha visto seriamente afectada.

Como establece Fayad en sus premisas, podemos sumar a esto el hecho que la OLP, oficializada como la ANP tras los acuerdos de paz hace veintiún años, no ha sabido gobernar correctamente, o manejar sus fondos responsablemente. Para poner un ejemplo, en 2006 se reportó que faltaban alrededor de $700 millones de dólares de las arcas palestinas. Tampoco menor, debe mencionarse que el mismo Fayad renunció a su cargo como primer ministro en abril del año pasado, por presuntas diferencias de criterio con (el presidente) Mahmud Abás, principalmente en lo referido a la administración de la economía.

Chivo expiatorio

Fayad es conocido en los círculos internacionales por tener una férrea postura contra la corrupción, haciendo mucho desde su primera gestión como ministro de finanzas en 2002 por transparentar en qué se gastaba el dinero. Fayad fue partidario de someter a las instituciones públicas a auditoria externa, y con políticas encausadas en esta dirección, el economista de renombre global logró atraer importantes donaciones y cementar confianza entre los israelíes. Sin embargo, pese a sus esfuerzos, en concreto no logró reparar la economía, y de acuerdo con el FMI, de tener un crecimiento promedio de un 9.4 por ciento entre 2010 y 2011, Cisjordania paso a tener un crecimiento de un 5.6 por ciento en 2012, y de menos del 2 por ciento en 2013.

Varios analistas señalan que las causas macroeconómicas del estancamiento se deben, para describirlo sencillamente, a los palos en la rueda que puso Mahmud Abás a su primer ministro. Los expertos consideran que los altos miembros de Al-Fatah, el partido predominantemente representativo de la vieja guardia (entre cuyos miembros se encuentra Abás), consideraban a la pequeña plataforma de Fayad, Tercera Vía, como una amenaza en potencia a su longeva dominación de la representación palestina. De acuerdo con esta línea de análisis, apalancándose de la frustración de la población, los seguidores de Abás capitalizaron la situación para culpar a Fayad por los males económicos de la sociedad, forzándolo así a dimitir.

El otro gran motivo de la querella entre Fayad y Abás que precipitó la salida del primero, fue la política que emprendió el segundo para que Palestina sea reconocida como un Estado soberano en el seno de las Naciones Unidas. Fayad clasificaba esta jugada diplomática como una medida poca más que simbólica, la cual traería en contramedida duras consecuencias para la economía en general debido a las posibles retaliaciones que tomaría Israel. Consiguientemente, se opuso con vehemencia a que la ANP vaya a la Asamblea General a pedir unilateralmente la estatidad, por lo menos en tanto no existan reservas para costear las consecuencias inmediatas de dicha maniobra.

En efecto, Fayad acertó, causando estragos en la economía palestina, según puede verse en las estadísticas del FMI. Por otra parte, pragmáticamente hablando, en materia de réditos concretos, el estado político de los palestinos no ha cambiado en lo absoluto.

Nuevas reglas de juego para la dirigencia palestina

Teniendo presente este contexto, no sorprende que la propuesta que hace Fayad para cambiar la realidad parte por recomendar nuevas reglas de juego para la dirigencia palestina. Evidentemente disgustado y preocupado por el curso autocrático característico de Al-Fatah, propone esencialmente democratizar el acceso a la política, instando a una participación más amplia, la cual por cierto incluya a las facciones que históricamente no estuvieron alineadas con la OLP.

Cuando uno observa la política palestina en la actualidad, a simple vista puede corroborarse que existe un fuerte resabio patrimonialista que se condice con la dominación tradicional que ejerció Arafat en el movimiento palestino. Véase que el carismático líder presidió a la OLP desde 1969 hasta su fallecimiento en 2004; lo que es decir, permaneció 35 a la cabeza. Siguiendo esta costumbre, común entre los dictadores árabes – siempre reacios a compartir el poder – véase también que desde que ganara las elecciones presidenciales en 2005, Abás ocupa el máximo cargo de gobierno. Según se estipulaba, su mandato debería haber durado cuatro años, salvo de que fuera reelecto en las próximas e hipotéticas elecciones fijadas para 2008, que a propósito, nunca fueron llevadas a cabo.

A pesar de que Abás anunció que llamaría a elecciones en reiteradas ocasiones, y que incluso llegó a decir que no se postularía como candidato, al fin de cuentas no se han celebrado hasta la fecha nuevos comicios, sean legislativos o presidenciales. Cuando Abás visitó Buenos Aires en noviembre 2009 como parte de una gira diplomática, tuve el privilegio de asistir a una disertación que ofreció para el Consejo Argentino de Relaciones Internacionales (CARI). Si mal no recuerdo, en aquella oportunidad el dirigente palestino afirmó que presentaría su dimisión en los próximos meses de no lograrse progresos significativos con los israelíes. Lo cierto es que cinco años más tarde nunca dio un paso al costado, y ahora, como parte del acuerdo de unidad entre Al-Fatah y Hamás, se supone que estaría convocando a elecciones para antes de fin de año. Bien, debe considerarse no obstante que ya desde finales de 2011 y comienzos de 2012, ambos partidos también habrían pautado elecciones, y al final nada ocurrió.

Puesto en contexto, Abás viene postergando indefinidamente las elecciones presidenciales y legislativas desde 2006 en adelante, cuando Hamás se impuso en la Franja de Gaza. Abás no llamará a elecciones si teme por perder su posición. Se supone que tampoco lo haría si no logra posicionar a un heredero que le garantice cierta posición o protección. Pero lo mismo correría por parte de la dirigencia de Hamás. Debo decir que estas circunstancias me llevan a ser escéptico frente a la posibilidad de que justamente hayan elecciones, aunque, según las encuestas, esto es lo que quiere la vasta mayoría de los palestinos.

Lo que no queda del todo claro es el porcentaje de popularidad de cada líder. Las últimas encuestas disponibles, fechadas en junio, reflejan resultados disparejos en relación a la intención de voto para Al-Fatah y para Hamás (véase la conducida por el Washington Institute of Foreign Policy, y la conducida por el Palestinian Center for Policy and Survey Research).

Si bien Al-Fatah ganaría por un margen más o menos ajustado según la fuente, el dinamismo de la región puede influir rápidamente sobre el panorama, de modo que a esta altura no existen estimaciones seguras. Ahora, algo que sí queda más claro, en un punto donde las encuestas confluyen, es que luego de su dimisión, Fayad ha quedado relegado por el ojo público. De celebrarse elecciones, su partido recibiría aproximadamente entre el 2 y el 5 por ciento de los votos. En este sentido, el pronóstico muestra resultados similares a los que reflejaron las elecciones parlamentarias de 2006, cuando su partido solo recibió el 2.41 por ciento de los votos, ameritándole solo dos bancas.

Pensamiento ilusorio

La propuesta de Fayad es de lo más entendible. El exponente más renombrado del espectro moderado de la política palestina necesita nuevos canales de participación para volver a ganar espacios. Fayad conoce demasiado bien los bastidores de la política palestina, y posiblemente tiene por sobreentendido que él o los miembros de su partido no serán colocados en el poder en tanto y cuando Al-Fatah o Hamás gobiernen. En este sentido, es válido remarcar que la única razón por la cual Fayad llegó a donde llegó, fue por la presión de la administración de George W. Bush, con el aval de sus socios europeos.

Para cautivar audiencias, Fayad necesita construir su movimiento precisamente desde abajo hacia arriba, y para ello requiere de cierta apertura política para mayor flexibilidad. Su partido, Tercera Vía, no pertenece a la OLP ni tampoco tiene peso en la ANP, de modo que siempre permaneció al margen, sin consolidarse como un movimiento social verídico. Fayad bien podría haber contribuido gratamente al diálogo entre israelíes y palestinos de haber recibido la oportunidad, no obstante su aislamiento dentro de la contienda faccionaria palestina lo privó de responsabilidad protagónica en lo relacionado con el proceso de paz.

Como argumenta el periodista árabe-israelí Khaled Abu Toameh, “la mayoría de los palestinos no votó [en 2006] a Fayad porque nunca jugó un rol activo en la lucha contra Israel. Para los palestinos, graduarse de una prisión israelí es más importante que ir a cualquier universidad en el mundo”. El economista, a diferencia de los líderes más populares del movimiento palestino, nunca levantó una piedra contra “el enemigo sionista”.

Por esta razón, en su artículo publicado en Foreign Affairs, Fayad insiste en que los asuntos de gran importancia nacional deben ser tratados por un cuerpo que incluya la presencia de los grupos marginalizados. Las elecciones – continúa – deben ser libres, inclusivas, y estar sometidas plenamente a la protoconstitución palestina (la “Ley Básica”). Pero su pretensión de apertura democrática es ilusa, poco probable de ser tomada en serio.

Por todo lo dicho, dejando de lado las buenas intenciones, dados los antecedentes existentes, insisto en que es poco probable que podamos ser testigos de elecciones libres, por lo menos no en el sentido que las imagina Fayad. En todo caso, si estas se celebran, el ganador posiblemente buscará consolidar su poder a costa de compartirlo con los demás. En suma, como expresa Abu Toameh, Fayed “no tiene chance”.

Por otro lado, y lo que es más irrisorio, en su artículo Fayad defiende la importancia de consolidar un acuerdo de unión nacional, y aunque no hace mención directa a ello, claramente considera a Hamás como parte de este acuerdo. Volviendo a la premisa de que Oslo ha expirado, arguye que posiblemente sea necesario invalidar temporalmente la cláusula, o más bien el principio (internacionalmente consensuado), que dictamina que las facciones palestinas deben renunciar a la violencia. Es decir, para cementar el acuerdo y la unidad entre los palestinos, Fayad instaría a Israel a no vetar el acuerdo entre Al-Fatah y Hamás, para que prestamente puedan celebrarse comicios. Con el debido proceso ya establecido, indica que recién ahí podría fijarse un plazo para que todas las agrupaciones palestinas renuncien abiertamente a la violencia contra los israelíes.

Esto no es otra cosa que una clara muestra de pensamiento ilusorio; de whishful thinking como dirían los norteamericanos. Es evidente que el Gobierno de Benjamín Netanyahu nunca podría aceptar una propuesta semejante, y en verdad tampoco es probable que ningún otro Gobierno lo haga tampoco, sea laborista o centrista. El plan de Fayad implicaría un gran riesgo para Israel, porque estaría sacrificando su seguridad en función de un dubitativo acuerdo que podría tal vez terminar catapultando a Hamás al poder en Cisjordania. Además, en la actualidad no hay indicadores creíbles que denoten una intención por parte del politburó de Hamás por dejar de lado las armas.

En lo personal guardo un gran respeto por Fayad, y tengo fe que en un mundo paralelo, si el economista fuese el líder de los palestinos, podría surgir una oportunidad fehaciente para lograr la tan ansiada resolución al conflicto. Creo que con Fayad a la cabeza, y con un movimiento de base detrás, la ANP estaría mejor predispuesta para hacer sacrificios. Israel por su parte estaría más resuelto a ofrecer mayores concesiones.

Pero aun suponiendo que tuviera influencia, en el mundo realista en el que vivimos, el plan de Fayad hoy en día no es realizable. Lamentablemente, deberá salir a buscar trabajo en otra parte, quizás fuera de Medio Oriente. Con su reputación, credenciales y buena disposición, estoy seguro que no le será difícil encontrar un prestigioso lugar en alguna universidad occidental.

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