Tumulto político en Israel: ¿cierre o continuación de la era Netanyahu?

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Publicado originalmente en INFOBAE el 09/12/14.

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Netanyahu a momentos de comenzar la conferencia de prensa el martes 2 de diciembre, cuando anunciara formalmente la ruptura de la coalición. Crédito por la imagen: Emil Salman.

El martes pasado el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, despidió a su ministro de Finanzas, Yair Lapid, y a su ministra de Justicia, Tzipi Livni, ocasionando la ruptura de la coalición que armara en marzo de 2013, ya con bastantes dificultades, para lograr su tercer Gobierno. Sin el sustento de las dos fuerzas más importantes del centro, Yesh Atid (de Lapid), y Hatnuah (de Livni), que en conjunto sacaron el 19% de los votos en las últimas elecciones de enero de 2013, el Gobierno de Netanyahu se queda corto de números, y se queda escueto de legitimación para liderar el país. Siendo este el caso, el llamado a nuevas elecciones se ha hecho inevitable. Bien, lo que se preguntan los israelíes, como así mismo todas las partes interesadas en el proceso de paz, es qué sucederá en marzo, para cuando está previsto el próximo sufragio. ¿Será el cierre de la era de “Bibi”, como le dicen al mandatario, o será la oportunidad que éste necesita para revindicar su liderazgo con una nueva coalición?

Netanyahu asentó que su decisión se basaba en un criterio de gobernabilidad, siendo que no podía mandar “con una oposición dentro del Gobierno”. Para situarnos en contexto, hay dos elementos clave que hay que tener presente. El primero tiene que ver con el aparato político israelí en sí, y el segundo con la polémica desatada a raíz de la ley Israel – Estado judío.

El sistema político israelí es multipartidista, y en contraste con otros sistemas, no se trata de un sistema de ganador único – dónde el partido que gana elecciones podría en principio gobernar sin el acuerdo de las fuerzas opositoras. Según Giovanni Sartori, la democracia israelí es parlamentaria, con sistema pluralista polarizado. Esto implica que si bien existen cinco o cuatro partidos relevantes, hay también una importante brecha ideológica entre ellos. El resultado – tal como se podía ver en las últimas elecciones de comienzos de 2013 – es que ninguna fuerza puede obtener suficientes escaños por su cuenta como para formar Gobierno con mayoría absoluta.

Indubitablemente, los principales ejes ideológicos que definen toda elección tienen que ver con los debates cotidianos de la sociedad israelí. Está por supuesto la brecha entre la izquierda y la derecha. La primera, una impulsadora fehaciente del proceso de paz con los palestinos. La segunda, más reservada y escéptica frente a tal posibilidad. Por ello, como eslóganes políticos, cuando el partido laborista, Ha’Avoda, apela a la paz, el Likud, la fuerza del actual premier, prioriza el llamado a la seguridad. Por otro lado, además de existir distancias en lo relacionado con las políticas económicas (estatistas o menos estatistas), en Israel se da la particularidad de discutirse el rol de la religión en la escena pública. Así, los partidos de izquierda defienden plataformas laicas, al tanto que hay partidos de derecha con plataformas tanto seculares como religiosas.

Teniendo en cuenta esta faceta elemental de la escena política israelí, es fácil comprender porque se ha roto la coalición del actual Gobierno. Ya de antemano su configuración resultaba forzada, y en muchos aspectos contradictoria. Por ejemplo, mientras Livni está comprometida con el proceso de paz para dar cabida a un Estado palestino independiente, Naftali Bennnett, ministro de Economía, está comprometido con la causa de los colonos judíos, y se opone abiertamente a la consecución de una independencia palestina. Para ponérselo más claro al lector argentino, imagínese usted si el kirchnerismo tuviera que formar Gobierno con el macrismo. Piense qué sucedería si Cristina Fernández se viera forzada a nombrar a Mauricio Macri como ministro de Economía, o a Elisa Carrió como ministra de Exteriores. En suma, por cómo está concebido, el sistema político israelí por un lado garantiza la pluralidad de posiciones en el Gobierno, pero a costas de sacrificar un grado cuantioso de gobernabilidad, siendo que difícilmente los integrantes de la coalición se pueden poner de acuerdo sobre temáticas fundamentales – como si apostar al proceso de paz a cambio de arriesgar la seguridad o no; o si preservar el carácter judío de Israel, o en cambio apostar a una agenda más secularizada e integradora.

Esta última discusión fue el punto álgido que puso a prueba la cohesión de una coalición ya bastante maltrecha. Por lo mencionado anteriormente, el primer ministro apadrinó un proyecto de ley para reforzar la esencia judía de Israel, esencialmente como respuesta a la tendencia actualmente en boga entre algunos países, por reconocer prematuramente a Palestina como Estado antes de que los palestinos e israelíes puedan resolver sus disputas por vía diplomática. Si bien en la práctica la ley no afecta la situación de las minorías no judías, no puede decirse que no las afecte psicológicamente, haciéndolas sentirse menos importantes dentro del Estado.

Esta es la razón por la cual Livni y Lapid entre otros se desentendieron con el primer ministro. Básicamente creen – al igual que yo – que la ley crispa innecesariamente a la sociedad, pues en rigor Israel ya es el Estado judío, y hacerlo más explícito aún genera polémica innecesaria. Pero dado que las autoridades palestinas se rehúsan a reconocer a Israel como “judío”, el hecho concreto es que Netanyahu y sus allegados quieren dejarle a la comunidad internacional bien explicito, escrito en negrita, que todo acuerdo de paz significa necesariamente acordar con una entidad judía. En otras palabras, cuando Mahmud Abás se siente con su contraparte israelí, no podrá aducir que no reconoce a Israel como judío, pues estará redundantemente remarcado en los pilares judiciales del Estado hebreo.

Según varios analistas, Netanyahu era plenamente consciente de que su coalición se hallaba al borde del abismo. Luego de varias pugnas con Lapid relacionadas con la política financiera, incluyendo pleitos mediáticos vinculados con laexención (o no) del IVA en la compra de viviendas, y a la transferencia de fondos (o no) para los asentamientos en Cisjordania, el primer ministro habría estado seguro que la coalición estaba por romperse. Según esta mirada, además de irresponsable, de ser planificada, la maniobra de Netanyahu implicaría evidentemente que su impaciencia pudo más que los intereses del país. Pero sería de esperar, que al facilitar su caída, Netanyahu este seguro que podrá revalidar su mandato el año entrante. Acaso formar otra coalición, con aliados dentro de partidos más consecuentes con su propia apreciación de las prioridades nacionales, como los religiosos y otros nacionalistas. Es muy posible que Netanyahu espere obtener suficientes escaños en las próximas elecciones de marzo, lo necesarias para maniobrar y pactar con estas fuerzas del ala derecha.

Las encuestas de opinión reflejan en efecto un escenario relativamente positivo para el actual premier, en parte, pues como opina Marcelo Kisilevski, “hoy por hoy, no hay quien pueda llenar los zapatos del vapuleado líder”. En este sentido, como opina también Aluf Benn, “las próximas elecciones son un referéndum sobre Netanyahu”

Según el Canal 2 israelí, el Likud sería el ganador obteniendo 22 escaños (actualmente tiene 20). En contraste, en términos absolutos, según la misma fuente, 2/3 de los israelíes no votarían por Netanyahu. No obstante, dadas las condiciones del sistema político, al estar tan fragmentado el voto, al final de cuentas la potestad para formar Gobierno cae en la primera fuerza ganadora, y aquí es donde se percibe que Netanyahu tiene más oportunidades de triunfar. Véase que en este aspecto, de acuerdo a la encuesta, el partido nacionalista-religioso de Bennet (Habait Hayeudi) recibiría 17 bancas (hoy tiene 12), el partido laborista (Ha’Avoda) 12 (hoy tiene 15), el partido derechista Israel Beitenu 12 (13). Lapid y Livni, hoy los representantes del espectro de centro, recibirían 11 y 5 respectivamente (hoy; 19 y 6). Ergo, por lo pronto la situación no pinta bien para el centro.

Medio Oriente es una región volátil en dónde las cosas pueden cambiar de un día a otro, y siendo que las elecciones están a más de tres meses de distancia, la tendencia reflejada hoy puede mutar mañana. Solo una cosa parece segura: en la medida en que aumenten los ataques terroristas contra civiles israelíes, el slogan “seguridad” tendrá por lo pronto más cabida. Israel no tiene un líder como “Bibi”, pero quizás llegó la hora de un cambio de liderazgo.

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