Elecciones en Israel: el escenario y posibilidades tras la victoria nacionalista

Artículo original. Publicado también en INFOBAE el 21/03/2015.

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El primer ministro israelí Benjamín Netanyahu hace oficial su victoria electoral el último martes en el bunker del Likud. Crédito por la imagen: EPA

Benjamín Netanyahu renovará su mandato como primer ministro de Israel. Lo que durante la jornada del martes parecía, a boca de urna, una victoria ajustada del Likud frente a la Unión Sionista (Majane HaTzioni), finalmente ha resultado ser una victoria determinante, que deja a la centroizquierda israelí en una posición desperanzada. Mientras que el Likud ha obtenido 30 escaños para la Knesset (parlamento), la alianza encabezada por Isaac “Buji” Herzog y Tzipi Livni obtuvo 24.

La pregunta ahora es cómo será la forma del nuevo Gobierno. Por convención, es el presidente de Israel, una investidura mayormente ceremonial, quien debe seleccionar al primer ministro entrante. Para esto debe tomar en cuenta su capacidad para negociar con las demás fuerzas políticas y formar una coalición; que por supuesto está condicionada al número de bancas que cada partido aseguró en la Knesset. El presidente, Reuven Rivlin, nombrado en julio del año pasado y miembro del partido Likud, debe darle al jefe de Gobierno, el primer ministro entrante, un plazo de hasta 45 días para que este presente una coalición viable. El premier debe poner de su lado a un mínimo de 61 parlamentarios: la mitad más uno del cuerpo legislativo israelí.

A estas alturas no hay dudas de que el presente será el sexto año consecutivo de la era “Bibi” (Netanyahu). Pese a su afiliación al oficialismo, Rivlin, haciéndose eco de la opinión de los sectores seculares, afirmó que trabajaría en pos de un Gobierno de unidad nacional, pues – en sus palabras – solo este camino puede “prevenir la rápida desintegración de la democracia israelí y que hayan nuevas elecciones en el futuro cercano”.

Lo cierto es que este escenario es poco plausible. Para empezar, los líderes de Majane HaTzioni, Herzog y Livni, han declarado que no formarán parte del nuevo Gobierno. “Parece ahora que la opción realista es ir a la oposición, y probamos que sabemos cómo ser una oposición combativa” – aseveró Herzog. Por su parte, Livni comentó que “el camino que Netanyahu y sus socios están trazando para el país no es el nuestro” – y que “está claro que hay dos caminos y dos diferentes sistemas de valores para el país”.

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Resultados finales de las elecciones parlamentarias. Crédito por la tabla: Haaretz.
Polarización general

Situados en contexto, los comicios se produjeron en un clima de fuerte polarización como pocas veces se había visto en la historia reciente del país. Por la naturaleza pluralista del sistema político israelí, las coaliciones suelen romperse prematuramente, antes de los cuatro años concebidos para cada término. Netanyahu rompió su coalición hace tres meses al no llegar a un acuerdo con sus socios centristas en relación a la agenda económica y al controversial anteproyecto de ley “Israel – Estado judío”. Impulsado por los socios más nacionalistas de Netanyahu, el proyecto consiste en asentar formalmente a la ley judía (halajá) como una fuente de inspiración en la jurisprudencia israelí. Para los actores políticos de centro, la ley es innecesaria y contraproducente, porque agranda la brecha mental entre los judíos y los árabes israelíes.

Este parece ser el caso. Es la primera vez en la historia electoral israelí en la que los partidos árabes se unen para presentar una sola lista. Bien, lo único que une a estos partidos es su profundo odio a las políticas de Netanyahu. Fuera de eso, divergen en cuanto a la identidad secular o religiosa del Estado, y a la aproximación hacia la economía. Por ello, aunque la “Lista Común” (HaReshima HaMeshutefet) árabe ha obtenido la relativamente impresionante cifra de 14 bancas, convirtiéndose en la tercera fuerza política más importante, lo más probable es que se disuelva tan pronto quede confeccionada la coalición de Netanyahu. No obstante, debe destacarse que la concurrencia de los árabes israelíes a las urnas ha registrado un pico histórico. Se trata de una comunidad que en el pasado ha tendido a boicotear las elecciones para protestar contra las políticas del país y la naturaleza judía del Estado, que sienten como ajena y no representativa.

Netanyahu se pasó de la raya y contribuyó a último minuto a acrecentar la polarización, no solamente entre judíos y árabes israelíes, pero en un plano general también entre partidarios de izquierda y de derecha. En busca de captar a los votantes ortodoxos, preocupados de antemano por una victoria de la centroizquierda, en la víspera de los comicios el premier dijo que “no habría Estado palestino si él salía electo”. Por la tangente, mediante Facebook Netanyahu afirmó que “los votantes árabes están acudiendo en masa a las urnas. Organizaciones de izquierda los están sacando a votar”.

La próxima coalición

Al romperse la coalición en diciembre pasado, Netanyahu afirmó que no podía mandar con “una oposición dentro del Gobierno”. Siendo esta la situación, plantear un escenario con una coalición dominada por Likud y Majane HaTzioni resulta poco sensato, al menos desde el punto de vista de la gobernabilidad efectiva. Por esta misma razón no es de esperar que Yair Lapid, líder de “Hay Esperanza” (Yesh Atid), partido de centro que obtuvo 11 escaños, sea invitado a ser parte del nuevo gabinete. Lapid, al igual que Livni, hasta recientemente integraba el Gobierno de Netanyahu.

Aparte de la expresa negativa de los líderes de Majane HaTzioni a asociarse con Netanyahu, el primer ministro anunció inmediatamente su intención de formar Gobierno con partidos derechistas. En vista de la situación, aseveró que apuntaría a formar un “Gobierno fuerte y estable” – lo que implicaría dejar a la centroizquierda afuera – y que además de garantizar la seguridad, se enfrentaría a “los desafíos socioeconómicos” – la principal preocupación de la clase media y del centro político.

El Likud se estaría asociando con Moshe Kahlon de “Todos Nosotros” (Kulanu), partido centrista que obtuvo 10 escaños; Naftali Bennett de “La Casa Judía” (Habait Hayeudi), partido nacionalista religioso que obtuvo 8 escaños; Aryeh Deri de “Guardianes Sefaradíes de la Torá” (Shas), partido ultraortodoxo que obtuvo 7 escaños; Avigdor Liberman de “Israel es Nuestro Hogar” (Israel Beiteinu), partido derechista secular que obtuvo 6 escaños; y finalmente Yaakov Litzman y Moshe Gafni, de “Judaísmo Unificado de la Tora” (Yahadut Hatorah), partido ultraortodoxo que obtuvo 6 escaños.

La mayoría de los comentaristas discuten que Kulanu tiene un papel pivote que cumplir, en tanto no solamente es clave para darle a Netanyahu las bancas que necesita, sino que actuaría como una fuerza moderadora dentro del campo derechista. Aunque la lista de Kahlon apoya la creación de un Estado palestino y es proclive al compromiso territorial, la fortaleza de su plataforma está basada en consideraciones domesticas de índole económica. Por su agenda, Kahlon apunta a ser ministro de Finanzas, y en este sentido su fuerza posiblemente sirva como sucesora de Yesh Atid. Lapid, que hacía eco en una agenda similar, era justamente el ministro de Finanzas hasta diciembre pasado.

Si la próxima coalición quedara fijada con los partidos recién nombrados, Netanyahu sumaría 67 parlamentarios que lo avalarían como primer ministro. Incluso podría prescindir de alguna fuerza ultraortodoxa, y aun así formar Gobierno. Una coalición entre derechistas y religiosos puede ser interpretada como una reversión al Gobierno relativamente estable de 2009-2013. Sin embargo, rispas podrían surgir con motivo del enrolamiento de los ciudadanos ortodoxos judíos en el servicio militar obligatorio. Los ortodoxos defienden el statu quo, que data desde la creación del Estado, que los exime de la conscripción porque interfiere con su vida de estricta observancia religiosa.

Los principales partidos seculares (judíos), sean de izquierda o de derecha, demandan una conscripción ecuánime para todos. Un problema aparejado tiene que ver con la relativa situación de pobreza de los ultraortodoxos, que dependen considerablemente de subsidios del Estado para seguir llevando a cabo su estilo de vida.

Si bien los números le permitirían a Netanyahu impulsar la conscripción de los ultraortodoxos, es incierto si arriesgará socavar su coalición en momentos políticos tan convulsionados. En 2012 el Gobierno de unidad sufrió un severo golpe precisamente por esta cuestión. En aquel entonces, la principal fuerza centrista, “Adelante” (Kadima), rompió con el premier cuando este se negó a apoyar el enrolamiento a corto plazo (4 años) del 80 por ciento de los ultraortodoxos. Netanyahu, en liga con los sectores religiosos de su Gobierno, prefirió una transición a largo plazo, de dudosa credibilidad según sus opositores.

El futuro de las negociaciones con los palestinos

Quedará por verse si las declaraciones recientes de Netanyahu, en virtud de su rechazo a una solución de dos Estados, responden a la lógica electoral, o si por el contrario reflejan la esencia de su pensamiento. No deja de ser cierto que la proliferación de los grupos yihadistas, en las circunstancias actuales, complica el prospecto de paz. Por otro lado, la preocupación central del público israelí se atañe tanto a los problemas económicos domésticos como a la seguridad, y en este aspecto no parecería que la cuestión palestina fuese una prioridad. Por el contrario, muchos creen que un Estado palestino prematuramente negociado podría convertirse en una amenaza.

En suma, la victoria de Netanyahu demuestra que por más que la cuestión de la estatidad palestina sea relegada, la seguridad sigue siendo una de las preocupaciones principales entre los israelíes. Cabe agregar que muchos votantes del Likud reconocen que el primer ministro falló en corregir el problema habitacional y en proveer soluciones para evitar que el costo de vida siga creciendo, algo que afecta especialmente a los jóvenes. Pero así como “Bibi” tiene detractores, evidentemente tiene seguidores que confían en su capacidad para corregir el rumbo, o bien simplemente desconfían de las alternativas.

La primera fuerza de oposición, Majane HaTzioni, probablemente haya perdido porque desestimó – en comparación con partidos centristas como Kulanu y Yesh Atid – la agenda de seguridad, acusando a Netanyahu de oportunista a raíz de su viaje a Estados Unidos, y denunciando que este aprovechó el fenómeno del Estado Islámico (ISIS) para sentar miedo y sacar rédito político de sus atrocidades. Pese a la crítica, la mayoría de los israelíes en este aspecto comparten las inquietudes del primer ministro: que la vida misma es más importante que el costo de vida.

Para finalizar, en todo caso debe juzgarse al primer ministro en tándem con su coalición. La dinámica de la política israelí no concibe un poder ejecutivo poderoso, de modo que para mantener el Gobierno, Netanyahu deberá – para bien o para mal – moldear su gestión en un equilibrio aceptable para todos sus socios. Las cosas indican que es poco probable que se den avancen en materia de las negociaciones con los palestinos, y habrá que ver si Netanyahu se esfuerza por conciliarse con el resto de la sociedad que no lo votó y lo desestima.

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