Lo que Obama no entendió de Israel

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El presidente estadounidense Barack Obama junto con el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, y el presidente palestino Mahmud Abás, reunidos en Washington en septiembre de 2010. Crédito por la imagen: Tim Sloan / AFP.

El primer ministro israelí Benjamín Netanyahu está jugando con fuego entrometiéndose en la política estadounidense, apoyando al partido republicano para mermar a la administración del presidente Barack Obama. Netanyahu es en sí una figura polémica tanto en Israel como en el extranjero, y el argumento en contra de su intransigencia en Washington es sólido y conocido.

Para empezar, en 2012 Netanyahu apoyó abiertamente a Mitt Romney, elogiándolo en una preparada recepción en Israel, y muchos acaudalados donantes de dicho candidato republicano contribuyeron con el líder del Likud. Para su última campaña, Netanyahu empleó a un estratega político conservador que ha trabajado con el senador Ted Cruz, una de las principales voces críticas contra Obama. Quizás más importante, en 2013 el primer ministro asignó a Ron Dermer, un norteamericano y confidente cercano bien recibido entre los republicanos, como embajador en Estados Unidos. De acuerdo a los medios estadounidenses, Dermen habría jugado un papel central en coordinar con John Boehner, presidente de la Cámara de Representantes, la visita reciente del premier israelí al Congreso. Comprensiblemente, para sus críticos, Derman no es el embajador de Netanyahu ante Estados Unidos, sino más precisamente “su embajador ante el partido republicano”.

No obstante, e indistintamente de si actuó bien o mal, cabalmente se puede consensuar que el premier israelí entiende cómo funciona la política en Estados Unidos. ¿Pero entiende Obama cómo funcionan las cosas en Israel?

Tras los comicios israelíes hace algunas semanas, trascendió la noticia que Obama le habría hecho saber a Netanyahu que la Casa Blanca “reevaluaría” sus opciones acerca del proceso de paz en Medio Oriente. Es evidente que Obama se tomó a pecho las declaraciones de Netanyahu cuando este dijo, en la víspera de las elecciones, que un Estado palestino no sería fundado durante su mandato. Aunque el premier luego justificó sus declaraciones en el marco del contexto hostil en el cual está sumergida la región, para Obama la victoria de Netanyahu llega como la desilusión final a sus expectativas de justificar – mediante algún avance entre palestinos e israelíes – su premio Nobel de la paz.

Por esta razón, y probablemente para coartar la oposición israelí, ha circulado el rumor de que Estados Unidos estaría considerando abandonar su apoyo incondicional a Israel en las Naciones Unidas. De hacer cumplir sus amenazas, Washington, en tanto Obama sea presidente, dejaría de vetar en los foros internacionales la creación formal y ante todo simbólica de un Estado palestino.

A mi criterio hay varias cosas que la administración Obama no entiende sobre Israel en general. Por una parte, aunque los asentamientos judíos en Cisjordania son un obstáculo, hasta ahora no han probado ser una traba decisiva en las negociaciones. Bajo las condiciones internacionales adecuadas, esto es, garantías de Estados Unidos dentro de un contexto de estabilidad regional, Israel ha siempre estado dispuesto a ceder territorios por paz.

En el año 2000 el laborista Ehud Barak ofreció al liderazgo palestino el 97 por ciento de los territorios disputados, salvando tres estaciones militares en el valle del Jordán, claves para la seguridad israelí, de las cuales así y todo Israel se retiraría luego de seis años de consumada paz. Ante la negativa palestina, en 2003, un exponente derechista como Ariel Sharon acordó con George W. Bush limitar la expansión de los asentamientos en función del crecimiento natural de los pobladores – valga la redundancia – ya allí asentados. Este “punto medio” desde la óptica de un halcón, le permitiría a Sharon maniobrar en las discusiones internas, a la par que mantenía una postura favorable a la solución de dos Estados. En 2005 fue todavía más lejos y emprendió el desmantelamiento unilateral de los asentamientos en Gaza, rompiendo con su propio partido en el proceso.

Cuando Netanyahu asumió su segundo mandato luego de los comicios de 2009 continuó la política de “congelamiento” de Sharon. Los palestinos se limitaron a rechazarla tajantemente, y las negociaciones no avanzaron. En contraste con su predecesor, Obama adoptó para el conflicto un enfoque que no busca réditos graduales sino inmediatos. Esto se tradujo en una desmesurada presión norteamericana hacia Israel, perceptible en la impaciencia del actual presidente, que no logra comprender las vicisitudes de un conflicto largo y complejo; cuya explicación no es reducible de forma simplista a los asentamientos judíos. Empecinándose con ellos, Obama ha perdido de vista la coyuntura calamitosa de Medio Oriente después de la llamada “Primavera Árabe”.

Dicho esto, la Casa Blanca no entiende que los “moderados” en Israel reconocen cierta necesidad estratégica en conservar algunos asentamientos que podrían volverse indispensables en aras de garantizar la seguridad del Estado. Es por esta razón que el mismo Rabin, el peacemaker por excelencia del racconto israelí, hizo una distinción práctica entre asentamientos “políticos” y asentamientos de “seguridad”. El electorado israelí es consciente de este punto, y las fuerzas de centro y centroizquierda, que vienen oponiéndose a Netanyahu, no hacen tanto ruido sobre este tema (con la excepción del partido izquierdista Meretz). En cambio, invierten sus energías en denunciar las políticas económicas y sociales del oficialismo.

Lo cierto es que en todo caso, la política de Obama ha fallado en balancear la ecuación presionando también a los palestinos. El liderazgo de la parte árabe no ha abandonado los ideales maximalistas propios, como la cuestión del regreso a Israel de los refugiados palestinos, y no ha trabajado para poner coto a la deslegitimación avasallante de la narrativa israelí en las escuelas y en los medios bajo su jurisdicción. La Autoridad Nacional Palestina tampoco ha ofrecido garantías de que construiría un Estado solvente y estable, y no obstante, con todo lo que sucede a su alrededor, Obama está empecinado en que la culpa del embrollo es la terquedad de Netanyahu.

El primer ministro israelí está maniobrando peligrosamente al tomar partido en la política estadounidense, pero errado o acertado, al final de cuentas está persiguiendo los intereses de su país. Desde luego Obama también está tomando riesgos, pero a diferencia del líder israelí, no logra poner en orden sus prioridades, y no entiende cómo funcionan las cosas en Medio Oriente.

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