Teoría de las Relaciones Internacionales y Medio Oriente: realismo

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Ensayo Original.

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El príncipe de los Emiratos Árabes Unidos, Mohammed bin Zayed Al-Nahyan, en una visita oficial a Arabia Saudita, en abril de 2015. La foto corresponde a la base área Rey Fahd. Según la teoría realista de las Relaciones Internacionales, el poder militar es el factor que más influye en el desarrollo de la política mundial. Crédito por la imagen: The National UAE.

Como disciplina académica, el estudio de la diplomacia y de los asuntos internacionales presenta varios marcos teóricos. En esta materia, las teorías imparten aproximaciones conceptuales para explicar y dar cuenta del comportamiento de los actores que influyen sobre el globo. Por supuesto, el principal foco de los modelos teóricos son las entidades políticas, particularmente los Estados.

Como bien sabe cualquier estudiante de Relaciones Internacionales, los modelos teóricos estriban de una pregunta filosófica fundamental. Como entes racionales por naturaleza, ¿qué somos los seres humanos?, ¿bondadosos o egoístas? En líneas generales, según la respuesta que uno escoja, se estará más cerca de una postura “realista” o de una postura “liberal”. Este debate es el más trascendental de la disciplina. A partir del comportamiento humano, las teorías –realistas o liberales– buscan predecir el comportamiento de los Estados.

En tanto los realistas dirán que los Estados actúan motivados por intereses egoístas, principalmente en función de acrecentar su poder e influencia, quienes suscriben con alguna vertiente liberal dirán que esta machtpolitik, o “política de poder”, no es tan determinante como los realistas sugieren, y que los Estados, en las circunstancias adecuadas, prefieren cooperar antes que desconfiar entre sí.

Por otro lado, dejando de lado el debate entre realistas y liberales, existe un tercer enfoque que viene ganando protagonismo en las últimas dos décadas. Se trata de una perspectiva amplia, en rigor con dos vertientes principales, que adscribe a la opinión de que la cultura tiene un rol preponderante en las relaciones internacionales, puesto que los valores y las ideas de las sociedades sopesan sobre el comportamiento de los Estados. Como hablar de cultura es hablar de algo abstracto –algo con lo que no se puede “experimentar” con facilidad– este es un concepto difícil de definir, y no obstante fácil de comprender. Es evidente que no todas las sociedades comparten la misma cultura, las mismas normas o preferencias, y que esto, a su vez, tiene un impacto en la política internacional. Quienes sostienen que la cultura es algo más o menos estático difícil de cambiar (con especial énfasis en la religión) se llaman culturalistas, y se posicionan más cerca de los realistas. En cambio, quienes sostienen que las normas y preferencias son el resultado de construcciones sociales cambiantes se llaman constructivistas, y se posicionan más cerca de los liberales.

¿Pero cómo aplican estos enfoques a Medio Oriente? Soy de la opinión que, de la misma manera en que no existe una única receta para los problemas del mundo, un solo enfoque teórico no puede abarcar la complejidad y la vertiginosidad del globo. Pero si bien siempre hay un punto en donde los conceptos se complementan entre sí, en algunos casos algunos funcionan mejor que otros. Es decir, una teoría que puede explicar la realidad algunas veces, en determinado tiempo y lugar, posiblemente fallé para contextualizar lo que acontece en otro momento y espacio. ¿Qué hay entonces de Medio Oriente? ¿Qué enfoques teóricos son más adecuados para denotar lo qué sucede?

Como parte de una entrega de tres partes sobre la teoría de las Relaciones Internacionales y Medio Oriente, si por lo pronto tengo que escoger entre una de estas grandes disposiciones teóricas escojo la postura realista. En artículos venideros discutiré las otras aproximaciones.

Neorrealismo y neorrealismo clásico

El realismo puede ser estudiando desde dos grandes perspectivas: una tradicional y una moderna, también llamada sistémica. La tradicional deriva de los escritos de Tucídides, Hobbes y Maquiavelo, y polemiza que las relaciones internacionales son un reflejo del carácter competitivo, materialista y egoísta de los príncipes que las conducen.

La segunda, la sistémica, sugiere que la naturaleza perturbada de los seres humanos no alcanza para explicar las maquinaciones internacionales. Según este enfoque, un Estado está condicionado por las reglas de juego que ofrece el sistema y las fuerzas que lo regulan. En esencia, como no hay ningún ente político todopoderoso que pueda imponer virtualmente su voluntad por doquier (acaso un policía global), existe una circunstancia de anarquía, que favorece la prevalencia del más fuerte. Cuando hay muchas entidades poderosas que se balancean entre sí, se habla de un sistema multipolar. Cuando las potencias son dos se trata de un sistema bipolar; y cuando hay una sola, de un sistema unipolar.

Para los neorrealistas o realistas sistémicos esta distribución del poder internacional es lo que cuenta, y no así la motivación de los líderes. El foco está en las capacidades que ostentan los Estados para salvaguardar sus intereses, desde garantizar la misma existencia, hasta proyectar autoridad e influencia en otros actores.

Sin embargo, es la síntesis entre estas dos perspectivas, el llamado neorrealismo clásico, la que mejor explica lo que acontece en Medio Oriente. Establece, sucintamente, que los Estados se comportan en función de los cálculos de sus líderes, quienes, además de reparar en las posibilidades y limitaciones del sistema internacional a la usanza de los neorrealistas, observan el impacto domestico de sus amistades y enemistades foráneas. Interpretan, de forma acertada o ilusoria, lo que sucede a su alrededor, y actúan movidos por instintos, percepciones y conjeturas que pueden ser ciertas o erradas.

Machtpolitik: política de poder

La historia moderna (contemporánea) de Medio Oriente se resume precisamente en esta premisa. Es una trama llena de intrigas, de rivalidades sectarias, triviales, imperiales y estatales. Así como la percepción individual de figuras renombradas influenció el destino de la región, la misma se desarrolló bajo las restricciones impuestas por las condiciones sistémicas del tablero internacional, como el balance de poder creado por las potencias occidentales, y el vacío de poder que arrojó la ruina del Imperio otomano. Esta historia comienza en 1798, cuando Napoleón desembarca en las costas de Egipto, y demuestra, por medio de la pólvora de sus cañones, el relativo atraso tecnológico del otrora poderoso orden otomano.

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La Batalla de las Pirámides, por François-Louis-Joseph Watteau, 1798-1799. La batalla resultó en una victoría decisiva francesa. Gracias a las tácticas modernas, Napoleón logró diezmar a los defensores mamelucos Crédito por la imagen: Wikimedia.

A partir de ese momento, en lo sucesivo, y en una escala global, quedaría en evidencia la existencia de una inmensa brecha cultural y tecnológica entre una Cristiandad convertida en lo que hoy llamamos Occidente, y un Oriente que hoy llamamos mundo musulmán. Esta brecha se haría presente a lo largo del siglo XIX, y llegaría a contextualizar algunos de los acontecimientos más importantes del siglo XX. Mientras los europeos consignaron un concierto internacional delimitado por un balance de poder planificado, los otomanos se convirtieron, en su mayor parte, en meros espectadores de los designios de terceros. En tanto los europeos adoptaron el nacionalismo y el positivismo, y con él métodos modernos de educación y administración, los otomanos jugaban al prueba y error para adaptarse a los tiempos industriales. A la par que Estambul lidiaba con regiones separatistas, Londres, Paris y Berlín adquirían colonias, y apelaban a la diplomacia cañonera.

En línea con una mirada neorrealista, podría ser discutido que las condiciones sistémicas de la Edad Contemporánea precipitaron el paulatino desmembramiento del Imperio otomano, hasta su colapso final en la inmediatez de la Primera Guerra Mundial. Severamente restringido por el accionar y las demandas de potencias con capacidades superiores, el excesivamente centralizado Estado otomano tenía que lidiar con desafíos en muchos frentes en simultaneo. A los sultanes no les quedó otra opción que empeñar esfuerzos para que su Imperio se pusiera al día, para así poder contender como un actor de peso en un sistema multipolar, dominado por las entidades europeas de su época. En consecuencia, los gestores turcos mandaron a instruir aceleradamente doctrinas burocráticas, cívicas y castrenses, con resultados que fueron bastante ambivalentes.

Las reformas que fueron aplicadas entre mediados y finales del siglo XIX por el poder central, para homogeneizar a los múltiples grupos étnicos del Imperio otomano bajo una misma bandera, tuvieron el paradójico resultado de dividir más a los súbditos que de unirlos, generando resentimientos que propiciaron sublevaciones y movimientos separatistas. Así como lo sintetiza Şükrü Hanioğlu, “la resistencia local contra determinados intentos del centro por penetrar la periferia acentuó la fragmentación de la identidad a lo largo del Imperio. Este intento sin precedentes de unificar múltiples religiones, grupos étnicos y regionales solo sirvió para fortalecer sus astilladas identidades en desafío a las políticas centrales”.

Lo cierto es que, a la larga, esta política le costó a Estambul la lealtad de la mayor parte de sus pueblos cristianos en Europa. Asimismo, facilitando el desmembramiento de los dominios otomanos, las potencias europeas utilizaron estas rivalidades sectarias para perseguir sus propias ambiciones, tomando partido por un grupo religioso u otro para ambicionar protectorados. El legado de estas maquinaciones quedaría plasmado por Líbano, un Estado creado por Francia para acomodar a una minoría maronita (cristiana), y por Armenia, una nación que se desarrolló bajo el paraguas protector de Rusia.

En un sentido neorrealista clásico, lo concreto es que para bien o para mal, la percepción de las autoridades otomanas jugó un papel decisivo al momento de alterar o influenciar un escenario doméstico complicado, cosa que a su vez tuvo un impacto crucial en la arena internacional.

Otro ejemplo notorio de esta sugestión híbrida, entre el neorrealismo y el realismo clásico, puede encontrarse en torno a la figura de Mehmet Ali (1769-1849). Se concede que el khedive (virrey) circasiano de Egipto fue instrumental en la modernización del valle del Nilo, y su poder fue tal, que, si bien desde lo nominal era un sirviente de Estambul, en la práctica fue un soberano autónomo. Interpretando la relativa debilidad otomana frente al concierto europeo, Ali demandó la incorporación de Siria a su territorio como prestación por años de campañas militares en servicio del sultán otomano. Tras ir a la guerra en 1833 hizo valer su voluntad por medio de la fuerza. Sin embargo, perdió la soberanía de los territorios levantinos en 1841. Preocupados por el desbalance de poder entre turcos y egipcios, a los efectos de preservar un equilibrio, los británicos asistieron a Estambul y forzaron a Ali a renunciar a sus reclamos.

Desde lo teórico, tanto las condiciones sistémicas como los aciertos y errores de algunas personalidades clave fraguaron al Medio Oriente moderno. En este aspecto, yendo al siglo XX, cabe tener presente que si bien la Primera Guerra Mundial se produjo en el marco de una pugna (sistémica) entre grandes potencias, al final de cuentas la misma se catalizó por la impulsividad de algunos líderes mundiales. Para el comienzo de las hostilidades en 1914, el Imperio otomano ya llevaba desintegrándose más de un siglo, y, no obstante, en última instancia, lo que aceleró su caída fue la decisión de sus líderes (los jóvenes turcos) de ir a la guerra. Consideraron que la misma ofrecía la oportunidad de “barajar las cartas”, de reconfigurar un orden internacional más favorable para la posición otomana, pero fallaron en evaluar correctamente los riesgos de sostener varios frentes militares paralelos. Esto se hizo especialmente evidente tras la penetración rusa del Cáucaso. De no haberse producido la Revolución leninista en 1917, que desarticulo el músculo militar del zar, el Estado otomano podría haberse colapsado mucho más rápido.

Otra figura concreta que encarna la dualidad entre la teoría sistémica y el enfoque clásico es Abdalá de los hachemitas (1882-1951), el patriarca de la casa real jordana. Así como Mehmet Ali explotó la extenuación otomana para sus propios intereses, el jeque árabe hizo lo propio para desafiar la dominación turca sobre los territorios árabes. Quien fuera el jeque de uno de los clanes más importantes de la península arábiga (o pérsica), logró convencer a las autoridades coloniales británicas de que lo apoyaran, prometiéndole estas la sucesión otomana en el Levante y Mesopotamia. Más allá de que las expectativas maximalistas de los hachemitas no se materializaron, Abdalá comprendió que para realizar sus cometidos necesitaba introducirse en la política de las grandes potencias. Aunque buscó un entendimiento formal con Gran Bretaña, en definitiva, Londres priorizó dividir la región con Francia, para así fraguar, en la disputa por la sucesión otomana, un balance de poder aceptable para ambas potencias. En esto consistió el conocidísimo acuerdo de Sykes-Picot.

Juego de suma cero

Por supuesto, no hace falta ir tan atrás para apreciar que el poder militar constituye la consideración más determinante al momento de influenciar el porvenir de Medio Oriente. En la medida que uno estudia la política regional, cae en la cuenta de que la rivalidad entre los Estados es una constante hasta la fecha. Para varias generaciones de líderes árabes, israelíes, persas y turcos lo prioritario fue la obtención de armamento por parte de las potencias para resguardarse frente a sus vecinos.

Contrario a lo comúnmente imaginado, nunca existió una unidad árabe en el sentido amplio de la expresión. Por ello, tal vez este es el punto donde el realismo mejor prueba su vigencia, y se ve en la proliferación de dilemas de seguridad entre los actores de la región. Un dilema de seguridad ocurre cuando en su esfuerzo por propiciarse los medios para su defensa, un Estado A intimida indirectamente a un Estado B contiguo. Este último se preocupará por las intenciones del primero, y frente a una posición de relativa inferioridad armamentística, también buscará propiciarse más armas. Cual círculo vicioso, esto reforzará la percepción en el Estado A de que es necesario procurar más armamento. Las ganancias de A son las pérdidas de B y viceversa; y cuanto mayor sea la desconfianza entre las partes involucradas, mayor será el riesgo de una carrera armamentística.

Además de las hostilidades entre árabes e israelíes, en su momento este tipo de situación se presentó entre Jordania y Arabia Saudita, entre Jordania y Siria, y entre Egipto y Libia. Desde un enfoque regional más amplio, al día de hoy hay tensiones que nunca dejaron de latir. Este es el caso, notoriamente, entre Argelia y Marruecos, entre Turquía y Siria, y, sobre todo, entre Arabia Saudita e Irán.

Usualmente se asume que mucho de lo que acontece en Medio Oriente estriba de un modo u otro en el conflicto israelí-palestino. Desde un enfoque realista, nada podría estar más lejos de la realidad. Tal como lo demuestra Dennis Ross, los Estados árabes nunca sacrificaron su relación con Estados Unidos en base a lo que este hiciera o dejara de hacer en relación con Israel. En la medida que los países de Medio Oriente dependan del hardware militar norteamericano, nunca se alejarán de la órbita de influencia de Washington.

Por otra parte, aquellos Estados abiertamente opuestos a la hegemonía estadounidense, como es el caso de Irán, comprenden que la adquisición de la bomba nuclear es el mejor camino para disuadir a terceros actores de atacar, y especialmente de invadir. En palabras de los expertos, la bomba es la mejor póliza para preservar a cualquier régimen autoritario. Al caso, Corea del Norte es el ejemplo por excelencia. Por el comportamiento errático de Pyongyang, el régimen norcoreano es visto en la arena internacional como un actor mafioso, que recurre constantemente a la intimidación para consignar asistencia financiera y humanitaria. Sucede que, al poseer ojivas nucleares, ni siquiera Estados Unidos está dispuesto a arriesgar una guerra atómica.

Los expertos conceden que el acuerdo alcanzado con Irán el año pasado por su programa nuclear no pondrá coto a las ambiciones de Teherán, que percibe que la bomba es indispensable a los efectos de convertirse en una potencia regional. Esto a su vez ha precipitado una respuesta en las monarquías árabes del Golfo, que están armándose más que nunca, y que podrían llegar a buscar la bomba propia si Irán se acerca a la suya. Este es el principal dilema de seguridad en la región, y pone de manifiesto la existencia de una suerte de guerra fría entre un eje comando por Teherán, y otro liderado por Riad. A esta contienda hay que sumarle una dimensión ideológica y religiosa, marcada por la brecha sectaria entre sunitas y chiitas. Esta disyuntiva quedará explicitada al hablar de culturalismo.

Desde el realismo, para las monarquías árabes la necesidad de contener a Irán se hace mayor porque perciben que Washington ya no está interesado en intervenir activamente en los asuntos del Golfo. Esta visión se ampara en que, en el caculo de los estrategas estadounidenses, Medio Oriente está perdiendo su valor estratégico. Estados Unidos está alcanzando la independencia energética, por lo que ya no depende del petróleo árabe para sostener su economía y su músculo militar. Por esto mismo, existe la noción en el vecindario de que Estados Unidos se está retirando.

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Soldados estadounidenses se preparan para tomar un vuelo a Texas desde la ciudad de Kuwait, el 15 de diciembre de 2011. Estos fueron de los últimos soldados en irse de Irak. Crédito por la imagen: Joe Raedle / Getty.

Neorrealistas influyentes como John Mearsheimer y Stephen Walt sostienen que Estados Unidos no puede darse el lujo de cometer más errores estratégicos, y que debería resistirse al llamado ideológico a forjar al mundo a su imagen y semejanza democrática. Si bien la primera potencia mundial debe cuidarse del resurgimiento de nuevos actores que puedan amenazar sus intereses, estos autores teóricos discuten que Estados Unidos debería delegar la defensa de las regiones importantes a terceros actores, a países aliados con las mismas preocupaciones, pero insertos de lleno en el tablero de juego. Por descontado, esta estratégica de Estados Unidos como un “equilibrador a distancia” (offshore balancing) no es del agrado de los Estados polizones (free-riders) de Medio Oriente, que se acostumbraron a depositar su seguridad en garantías hechas por Washington durante la Guerra Fría. Algo similar ocurre con los países de Europa occidental vis-à-vis Rusia, los cuales, pese a sus capacidades económicas, no contribuyen lo suficiente a sostener las expensas de la OTAN, y esto le molesta mucho a Obama.

La reconfiguración del sistema mediooriental

Aprovechando el vacío que está dejando la ambivalencia de Estados Unidos en Medio Oriente, Rusia, que por su parte tiene fuertes intereses estratégicos en la región (principalmente en preservar su posición sobre el Mediterráneo y en contener la expansión iraní), está resurgiendo como un actor inevitable en las discusiones geopolíticas actuales. Mientras Rusia resguarda al aliado régimen de Al-Assad, Estados Unidos le está soltando la mano a sus principales socios. Los sentimientos liberales, brotados con la Primavera Árabe, no despiertan el menor interés en las capitales árabes del Golfo, que presumen que Washington ya no es el benefactor amigable que suponía serlo hasta diez años atrás.

A la par que Rusia apela a los garrotes para hacer sentir su voluntad (en Siria y en Crimea), extenuando por tantos compromisos y debacles militares, Estados Unidos apela a las zanahorias. El pacto con Irán, leído de esta forma, representa una jugada algo azarosa; una apuesta por una solución liberal que podría salir muy mal. En esencia, la administración Obama espera que los líderes de Irán comprendan que Estados Unidos no tiene intención de fomentar un cambio de régimen, y que los iraníes tienen mucho más para ganar con una economía de mercado abierta al mundo que con una bomba nuclear. Levantadas las sanciones, Irán está creciendo a un ritmo del 5% anual, y se proyecta que el país se convertirá en una importante economía emergente. Pero el acuerdo nuclear, firmado el año pasado, no contempla con suficiente rigor qué pasará si Irán trasgrede lo pactado, de modo que, si este decide desafiar a la comunidad internacional en diez años, será muchísimo más complicado frenarlo, puesto que estará en una posición económica muchísimo más favorable.

Con o sin armas nucleares, puede darse por hecho que Irán se convertirá en una potencia regional. En base a lo discutido anteriormente, los países árabes, temerosos por los temblores sísmicos en la región, que pueden amenazar su propia supervivencia, buscarán contrabalancear el balance de poder a su favor. Por ello, quizás paradójicamente, Rusia comience a asistir a los monarcas conservadores en este propósito. Todo depende cómo se comporte Irán. Por otra parte, quedará por verse el rol que asumirá Turquía en esta ecuación. Visto que es impensable su entrada a la Unión Europea, de aquí a futuro, desde la banca realista, lo más plausible es que actué conforme sus intereses estratégicos, y compita con los sauditas por el liderazgo del campo sunita.

¿Paz nuclear?

Discutiblemente, luego de contemplar la devastación titánica de Hiroshima y Nagasaki, el costo político y estratégico de lanzar una bomba nuclear es tan elevado, que ningún Estado tomaría dicha decisión, salvo en situaciones de extrema necesidad, como garantizar la autopreservación en un escenario de inminente derrota militar.

Esperablemente, esto sería especialmente cierto en el caso de las democracias. Cuando Egipto y Siria atacaron por sorpresa a Israel en 1973 lo hicieron a sabiendas de que este probablemente poseía arsenal nuclear. Sin embargo, los contendientes árabes no esperaban aniquilar al Estado judío, sino más bien conquistar territorio perdido. Caso contrario, verificado dicho escenario, Israel habría tenido motivo para detonar armas nucleares como último recurso, incluso a las expensas de arriesgar una guerra entre las superpotencias. Análogamente, cuando India y Pakistán, dos países nucleares, fueron a la guerra por Kashimir en 1999, ninguna de las partes consideró utilizar su arsenal atómico.

Así y todo, incluso si se concede que una democracia es menos proclive a lanzar un ataque nuclear, tal como lo adelantaba Robert Dahl, en términos prácticos, el control sobre el arsenal no es civil, sino castrense, y se limita a un círculo específico de operarios. Siendo que, por los imperantes de la guerra, no es posible deliberar abierta y democráticamente la política relacionada con la cuestión nuclear, Dahl sugería que la democracia no es compatible con las armas atómicas. Esto es relevante porque implica, para el consenso neorrealista, que el supuesto de la autodestrucción mutua asegurada (MAD por sus siglas en inglés) es invariable, y aplica de igual modo tanto para democracias como para autocracias. Indistintamente de la forma de gobierno, los custodios de las ojivas nucleares son un grupo selecto, y responden directamente al liderazgo sin necesidad de pasar por un control civil.

Por una razón análoga, para Kenneth Waltz, el fundador de la escuela neorrealista, es irrelevante qué forma de gobierno adopte un Estado con armamento nuclear. Para él, todos los actores con capacidad atómica se comportan del mismo modo. El teórico planteaba que incluso los locos, provisto que tienen armas nucleares, maniobran con cautela, pues entienden son ante todo herramientas para disuadir a agresores. Como supuesto, este ha sido el caso desde 1945 hasta la fecha, y Waltz suponía que no existe motivo por el cual Irán se comportaría diferente.

Para Waltz, la razón por la cual Irán busca armamento nuclear queda en evidencia al evaluar la situación estrátegica de la región. Al este, Israel tiene la bomba, al norte está Rusia, y al este India y Pakistán también la tienen. Además, alimentado la percepción de que Estados Unidos busca un cambio de régimen en Teherán, Estados Unidos posee bases militares en Afganistán, Pakistán, y en las monarquías del Golfo. En base a este argumento, Irán comprende que la bomba es la mejor inversión en su seguridad, y este sería un cálculo independiente del discurso ideológico del Gobierno islamista.

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Si bien este mapa está desactualizado, en tanto Estados Unidos ya no opera desde Irak, sirve para ilustrar el argumento neorrealista. Según lo discutido por Kenneth Waltz, las armas nucleares son esencialmente una herramienta de disuasión, y no hay motivo para suponer que Irán las emplearía de otro modo.

Ahora bien, desde una perspectiva neorrealista clásica, sí existe un diferencial entre una democracia (liberal) y una autocracia. Este pasa precisamente por ponderar que el cálculo estratégico que hace un presidente no necesariamente es el mismo que aquel de un déspota, cuyo poder no responde al esquema de frenos y contrapesos de un Gobierno civil. En este caso, quizás es más probable que un soberano inelecto tome una decisión irracional que uno que sí lo fue, y cuya influencia puede desplomarse rápidamente.

Scott Sagan plantea que esta diferencia cualitativa es importante. Tomando el ejemplo de Pakistán, sugiere que el peligro de un Irán nuclear reside en que este se comportaría más agresivamente, y que podría vender o transferir equipamiento sensible a terceros, incluyendo terroristas. Pero aún en un contexto democrático, Sagan alega que esto no necesariamente puede producirse con el consentimiento del mandatario. Siempre cabe la posibilidad de que un individuo dentro de un Estado nuclear, como A. Q. Khan, le facilite tecnología o equipamiento al mejor postor. Además, visto que los custodios del programa nuclear iraní serían aquellos mismos que suministran armamento a grupos como Hezbollah, esta posibilidad se vuelve más preocupante.

En todo caso, el gran interrogante es si Irán optará por los beneficios económicos, y si estará dispuestos a sacrificarlos en pos de alcanzar la bomba nuclear. De seguir el manual realista, lo más probable es que los ayatolas retomen la nuclearización en un momento geopolítico de relativa conveniencia. Tomando en cuenta que la mayoría de los Estados de la región no son democráticos, y que las preocupaciones de seguridad ocupan el primer puesto en la agenda, parecería ser que el paradigma realista responde por las circunstancias, tanto en términos sistémicos como clásicos.

Tal como lo demuestra la historia reciente, quienes toman las decisiones tienen la capacidad de desafiar todo pronóstico, y alterar significativamente los acontecimientos. Citando algunos casos, cabe tener presente a Ruhollah Jomeini, quien cambió el escenario geopolítico de la región de la noche a la mañana (1979). Hay que tener presente a Anwar Sadat, que firmó la paz con Israel (1979), y a Menachem Begin, que destruyó el reactor nuclear de Saddam Hussein (1981), y emprendió una campaña militar en el Líbano (1982) sin el consentimiento de Estados Unidos. Saddam, por su parte, creyó erróneamente que Estados Unidos no intervendría en su invasión de Kuwait (1990), sentando así las bases de su propia destrucción. En línea con estos hitos, es probable que el comportamiento de los Estados queda pautado no solo por su inserción en el sistema internacional, pero también, como se ha visto, por las decisiones de figuras clave.

En suma, lo cabal es que el realismo, o más precisamente el neorrealismo clásico, es la teoría propicia para explicar el comportamiento de los Estados medioorientales. La existencia de prolongadas rivalidades, especialmente entre Estados autocráticos, retroalimenta el resquemor de los actores, haciendo que las consideraciones de defensa y seguridad ocupen el primer lugar de la agenda de los Estados de la región. Esta situación de anarquía solamente es atenuada por el orden y balance provisto por Estados Unidos. Sin embargo, a medida que este se distancia de sus compromisos tradicionales en la zona, y nuevas potencias emergen en el escenario geopolítico, mayor será la ansiedad y por ende la posibilidad de una carrera armamentística.

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