La génesis psicosocial del terrorismo moderno

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Artículo Original.

1919
Detalle recortado de una fotografiá grupal, donde puede verse a Stalin, Lenin y Mijaíl Kalinin durante el octavo congreso ruso del partido comunista en 1919. Según estima Anna Geifman, entre 1905 y 1917 los terroristas revolucionarios, y especialmente los anarquistas, fueron responsables de dar muerte a por lo menos 6.300 personas, entre uniformados y civiles en toda Rusia. Para situar la cifra en perspectiva, entre 1825 y 1917 las cortes imperiales expidieron 6.321 sentencias de muerte, de las cuales no todas fueron ejecutadas.

En Death Orders: the vanguard of modern terrorism in revolutionary Russia (Órdenes de Muerte: la vanguardia del terrorismo moderno en la Rusia revolucionaria) Anna Geifman, historiadora estadounidense del extremismo político nacida en San Petersburgo, se vale de la experiencia de su Rusia natal para sacar paralelos entre los anarquistas, comunistas y terroristas de principios del siglo XX con los terroristas islámicos del presente. Analizando la pulsión destructiva de los radicales rusos, Geifman identifica los móviles y discierne el complejo psicológico que transforma a una persona en terrorista. Su contribución consiste en desmitificar el relato que insiste en explicar al terrorismo como una reacción a agravios económicos, o bien, por contramano, como un fenómeno enteramente ideológico. Por el contrario, enfatiza que el terrorismo se gesta por factores psicosociales potenciados por el embate de las sociedades tradicionales con la Modernidad y los valores occidentales. Mediante la inducción, partiendo del historial de los maximalistas rusos, la autora también discierne un patrón en la personalidad de los extremistas, y encuentra una tendencia común hacia la autodestrucción y la deificación de la muerte por sobre la vida; una pauta que se repite en distintas situaciones, con distintas ideologías en juego, y que da cuenta de un lado oscuro de la condición humana.

En un texto que por su consistencia y fácil lectura a mi criterio debería considerarse para cualquier curso sobre la temática, la autora ratifica una tesis ya explorada por diversos especialistas. En general existe un consenso entre analistas, sociólogos e historiadores que apunta a que la popularidad de las ideologías extremistas contemporáneas va de la mano con un sentimiento de desesperanza y alienación que suele estar movido por la transición de una sociedad rural o tradicional hacia una sociedad industrializada. Esto sucede en un clima que presenta un quiebre del espíritu comunitario hacia la vorágine de una urbe cada vez más poblada. No obstante, si bien en estos escenarios muchas de las tensiones se sustraen al pleito diario de miles de carenciados por ganarse el sustento, la iniciación del terrorista está marcada por conmociones muy diferentes. Geifman en este aspecto comienza por abordar la faceta psicológica del terrorista. Argumenta que lo que define la inclinación de un hombre dispuesto a deshumanizar y atentar contra la vida de sus pares es la traumática experiencia de pasar, por primera vez, de identificarse como parte de una gran comunidad – un “nosotros” – a un “yo”; un ser individual ligado a su propia suerte, desvinculado del comportamiento de una mayoría que es apática a sus aspiraciones.

El “nosotros” orgánico contra el “yo” individualista

Históricamente, en Rusia el hombre estaba acostumbrado a pensarse en términos comunitarios. En contraposición con las sociedades occidentales que desarrollaron un sentido del “yo” sobrepuesto al “nosotros”, la sociedad rusa – explica la autora – se desenvolvió en torno al “amor por el calor del colectivo y el seno de la madre”. El ruso no estaba preparado a pensarse a sí mismo por fuera de su círculo íntimo y por fuera de los mandados de su familia y comuna. En este sentido, estaba culturalmente acondicionado a relegar la potestad de tomar decisiones y ergo delegar responsabilidad al colectivo, sin tener que enfrentarse a la angustia de tener que valerse por sí mismo, y tener que pensar en su futuro con todas las dudas que la búsqueda por la realización personal implica. Fuera de esta zona de confort, producto de la industrialización y la modernización, el individuo se enfrentaba a la disrupción del orden sociocultural conocido, llevando de un modo u otro a la descorazonada desconexión con las comunidades indígenas, y sopesando una ruptura con aquello que se siente orgánicamente propio. En contexto, esta ruptura se produjo mientras la población urbana de Rusia pasaba de un número de 9 millones de personas a mediados del siglo XIX, a cerca de 25 millones a comienzos del siglo XX.

Trazando paralelos, en la academia es fácil encontrar exposiciones similares sobre esta “dislocación histórica” a razón de las experiencias de los árabes, quienes en el mismo período histórico también tuvieron que transicionar de un esprit de corps basado en vínculos comunitarios y patrimoniales al desasosiego de la vida urbanizada, moderna, y también pluralista. El pluralismo – explica Geifman – resulta una carga porque le presenta al individuo opciones conflictivas y confusas, que retroalimentan la desesperanza del dislocado.

De esta nostalgia por lo perdido nace el odio por el orden establecido, y consecuentemente el anhelo por cambiarlo. El aporte más valioso de Geifman estriba en mostrar que sea donde fuera, la ideología extremista parece seducir a quien se ha visto avasallado por la tendencia hacia el descubrimiento o la revalorización del individuo – del “yo” – hacia la que se dirige el mundo. En su desesperación y fracaso por encontrar un norte viable a seguir, el individuo en cuestión se ve enfrascado en un nihilismo potencialmente autodestructivo, el cual termina por convertirse en su propósito, su meta, y su razón para vivir, mas paradójicamente también para matar.

Es en este aspecto que las causas maximalistas cobran sustancia. Saben capitalizar, ganar adherentes y conformar movimientos porque canalizan la frustración espiritual de las masas. Exhiben el presente como un arreglo pérfido, desordenado, corrupto o desnatural, en todo lo que tenga que ver con la escena sociopolítica y sociocultural. Hacen eco en una identidad colectiva, grupal, que se defiende del individualismo moderno, y todo lo que viene asociado con él. Geifman se vale de ejemplos para explicar el éxito relativo del extremismo. Grupos como la Voluntad del Pueblo (Narodnaya Volya), el Partido Social-Revolucionario (PSR) ruso, y la Federación Revolucionaria Armenia (Dashnaktsutiun) proveían un paliativo para la angustia relacionada con la individualización imperante, y la destitución del viejo sentir comunitario. Uniéndose a una causa más transcendental que uno mismo, aquel que hubiese perdido su camino podía encontrar respuestas para sus conflictos internos y borrar las incertezas de la vida. El llamado a la revolución, esto es, a buscar un cambio de raíz, atraía entonces como ahora a quienes “anhelan liberarse de un yo no deseado”.

Concretada la revolución tras 1917, Rusia se convirtió en el primer país en experimentar una ideología totalitaria articulada por hombres con una vasta trayectoria terrorista. En principio Lenin nunca rechazó el terrorismo, y nunca podría haberlo hecho. A la usanza de los jacobinos franceses, predicó violencia y más violencia para con los representantes del régimen, y en lo sucesivo contra todo enemigo real, potencial, o imaginado entre la población y los propios seguidores. La dicotomía entre el “nosotros” y el “yo” pasó a convertirse en la fuente de las maquinaciones detrás del llamado “Terror Rojo”, concedido para acabar con los pretendidos conspiradores y antirrevolucionarios entre las filas partidarias, la burguesía en su conjunto, y cualquier individuo que por su mera condición de clase atentase axiomáticamente contra la revolución bolchevique. Así como sucedería posteriormente con el fascismo y el nazismo, la victoria del totalitarismo expresaba el triunfo radicalizado de aquel “nosotros” orgánico contra el “yo” individualista; que vino a tipificar al antipatria, al antirevolucionario, al traidor, entre otros apelativos que destruyen la humanidad de quien ha sido etiquetado de esta manera. El radicalismo implicaba un atractivo irresistible. “Entre la calamidad de sentidos rechazados” – expresa la autora – “la ideología totalitaria ofrecía un nuevo sistema de valores, en la manera que lo haría una religión”.

El teatro de la muerte

Algunos observadores han notado que con independencia de las etiquetas ideológicas que caracterizan a los movimientos extremistas, a veces contradictorias, cabalmente estos suelen parecerse. Sea un grupo que aboga por la revolución comunista a escala global, o uno que lucha por instaurar un califato mundial, los movimientos extremistas comparten una disposición hacia la violencia, el rechazo por los valores liberales de Occidente, y un énfasis en aquello consonantemente comunitario. De acuerdo con el análisis de Geifman, la razón de estas similitudes se expresa en términos psicológicos; en la psiquis de individuos que vierten su ansiedad, resentimientos, y falta de propósito en acciones destructivas que terminan por convertirse en un fin en sí mismo. El infame lema de algunos grupos islámicos, “amamos tanto la muerte como ustedes [los occidentales] la vida” se encuadra en este paradigma. Lejos de ser una alegoría, es literalmente una oda a la muerte.

Algo central en el desarrollo de Death Orders, es que el extremista se proyecta a sí mismo como si estuviera en una obra de teatro. Su pseudorealidad se asemeja a una actuación sobre un escenario montado, haciendo que tanto el asesinato como el miedo a la muerte pierda su pudor y horror. En la experiencia del terrorista, matar o morir se vuelve simplemente un juego. Todo se convierte en un espectáculo en donde el extremista se vuelve el centro de atención. Su encuadre es un contexto político convulsionado. Encarnándose como un ángel de la muerte, él interpreta al relegado y loable agente de cambio. Poniéndose en papel del personaje, matar puede verse como si fuera un rito sagrado, una acción venerable que da propósito al asesino frente a sus aterrorizados espectadores. “La gloria es en gran medida un concepto teatral” – decía el filósofo norteamericano Eric Hoffer – y “no hay lucha por la gloria sin una conciencia viva de una audiencia”. Insertos en este oscuro mundo lúdico, los maximalistas cometían cualquier tipo de excesos y crímenes que hacían más difícil establecer la brecha entre un simple criminal y un subversivo político.

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Gráfico reconstruyendo los momentos inmediatos al atentado que acabo con la vida de Alexander II de Rusia en 1881. Un miembro de la radicalizada Voluntad del Pueblo (Narodnaya Volya) lanzó un paquete blanco envuelto en un pañuelo contra el carruaje del zar mientras este transitaba por San Petersburgo. Crédito: Lebendinges Museum Online.

La autora sintetiza el fenómeno del terrorismo en un párrafo central. Citando a la politóloga estadunidense Mia Bloom, establece que “en línea con la tendencia general, para los extremistas rusos la violencia se convirtió en el punto focal, su raison d’être. Los objetivos políticos y sociales fundamentales eran eclipsados por la inmediatez de la campaña terrorista. Así también, los militantes de hoy no están impulsados por una aspiración ideológica final, pero más bien por la lucha en sí misma, que presta sentido a la existencia del radical, o al menos a sus propios ojos”. En los altercados partidarios de las facciones extremistas de comienzos del siglo pasado se discutía la necesidad de pasar a la acción y de dejar las palabras para otro momento. No interesaba que el terror no fuera “científico” desde el punto de vista del materialismo dialéctico (marxismo). La teoría estaba vacía de propósito, y divagaba en abstracciones que los miembros provenientes de un entorno rural no podían comprender. Los terroristas llegaron incluso a un punto de impasibilidad con cualquier tipo de dilema ético acerca de la compatibilidad de sus métodos con los fundamentos teóricos de sus movimientos. El cuerpo de postulados teóricos que supuestamente inspirara a los revolucionarios de ayer y hoy pierde terreno frente al clamor por pasar a la acción a como dé lugar. Las causas radicales prestaban un fin conveniente para dar legitimidad a los medios, que en verdad, detrás de las máscaras, eran y son un fin en sí mismos.

La máscara ideológica del condenado

Abordando el tema de esta manera, los nombres y doctrinas de las organizaciones terroristas se construyen con el doble propósito de inspirar admiración y miedo, siempre apelando a los sentimientos de las personas en una determinada coyuntura. Aunque importante, son estos sentimientos, y no necesariamente la ideología per se lo que mueve el apetito destructivo de los terroristas. La autora dedica tiempo a mostrar que gran parte de la membrecía de los grupos revolucionarios era analfabeta sino iletrada.

Utilizando nombres grandilocuentes para sus causas fatídicas, los “anarco-comunistas social revolucionarios”, y los partidarios de grupos como “Estandarte Negro” o “Nube Negra” llevarían a cabo extorsiones, asaltos, asesinatos, y todo tipo de ilícitos en función de un supuesto bien mayor. Bien, como indica la autora, muchos de estos criminales no tenían el vocabulario suficiente para explicar sus inclinaciones ni a sus compañeros ni a las autoridades judiciales. “Los radicales – expresa Geifman – se ahogaron en un mar de cinismo, negatividad, corrupción moral y pura criminalidad”. En otras palabras, el llamado a la revolución le servía de justificativo a los radicales para destruir, y no obstante era un justificativo que ni siquiera ellos podían describir coherentemente, ni mucho menos entender racionalmente. El académico francés Olivier Roy trata un tema muy similar cuando habla de la lumpenintelligentsia islamista, es decir, de los islamistas confesos que pese a su discurso son principiantes en materia de jurisdicción islámica. Como los radicales rusos del siglo pasado, muchos islamistas ni siquiera conocen de lleno las doctrinas por las cuales en teoría están dispuestos a entregar sus vidas. Lavado de cerebro mediante, Geifman sugiere que estas personas esconden patologías psiquiátricas detrás de una máscara ideológica. Aunque esta puede venir en distintos colores y variantes políticas, en suma se trata de una misma faceta proclive a caer en el llamado del totalitarismo.

Al igual que sus sucesores islamistas, los anarquistas y comunistas dirigían una guerra contra cualquier persona y elemento que en vista de ellos representara el orden moderno. En la Rusia revolucionaria, a uno lo podían asesinar solamente por usar anteojos, por ir a un teatro, por frecuentar un café, o por ganarse la vida como policía. Cualquier cosa u hábito podía fácilmente ser interpretado por los radicales como un símbolo de la opresión que consiguientemente debía ser destruido al instante. Este proceso desde luego conlleva la deshumanización de las víctimas, la mayoría de ellas asesinadas al azar, en castigo por su conjeturada afiliación con el régimen zarista. La campaña de los movimientos terroristas por impartir justicia sumaria o expeditiva, mediante actos de terror contra toda persona u objeto asimilado al estilo de vida odiado, se vuelve – induce Geifman – en “la réplica nihilista y contracultural a los idearios establecidos de la época”. Gracias al mantra destructivo de los grupos comunistas y anarquistas, en la Rusia de hace un siglo atrás la línea entre civiles, soldados, y representantes estatales quedó completamente destruida. Hoy en día grupos como el Hamás palestino y el Hezbollah libanés hacen eco de este ejemplo.

Geifman discute que el empleo de niños y de adolescentes en actos de terror se originó en la Rusia revolucionaria. Los radicales supieron entonces como capitalizar las frustraciones de los jóvenes, vendiéndoles la idea de que podían ganar reconocimiento, obtener restitución por sus agravios, y dar sentido a su existencia destruyendo no solamente el mundo a su alrededor, pero llegado el caso también su propia vida. Esta idea queda explayada en el Catecismo del revolucionario, el manifiesto anarquista y nihilista de la época por excelencia, escrito en 1869 por Sergey Nechayev. Resucitando el fervor del jacobinismo francés, Nechayev dictaba que el revolucionario “no debe tener intereses personales, ningún asunto comercial, nada de emociones, ningún apego, ninguna propiedad, y ningún nombre”. El verdadero revolucionario era aquel que sacrificaba absolutamente todo en función de convertirse en un instrumento de la revolución. Debía cortar lazos con la familia y amigos, y su único consuelo y satisfacción sería el éxito de la lucha por la cual debía estar dispuesto a entregar su vida. En definitiva, de antemano, “un revolucionario es un hombre condenado”.

Por descontado, antagónico a un proyecto de vida “constructivo”, en el sentido benéfico de la expresión, la autora sugiere que el maximalismo, sea secular o religioso, revindica la muerte como el acto cuasi sagrado de rebeldía final ante una vida que se siente falaz, vacía de contenido y virtud. El “mártir”– el terrorista suicida, que sabe que va a morir al perpetuar su acto – se convirtió de este modo en un personaje recurrente entre los maximalistas rusos. Antes que morir en silencio en el anonimato, el terrorismo suicida permitía ahogar las penas internas, y transformar la propia mortalidad en un acontecimiento de reivindicación personal. Siguiendo estas líneas, la autodestrucción aseguraba sentido a una existencia vacía de contenido, y proveía un certero camino hacia la inmortalidad y hacia el seno de la divinidad. Sea un lugar entre los héroes del panteón de una gesta que viviría en la memoria colectiva del pueblo, o un lugar en compañía de Dios, lo cierto es que los extremistas de ayer y hoy, seculares o islamistas, apelan al sacrifico máximo en pos de una causa trascendental construida en torno al culto a la muerte.

En breve, trazando paralelos con el presente, la autora asienta que los líderes terroristas suelen apropiarse no solamente de las vidas de sus combatientes, sino literalmente de sus muertes también. A cambio, los combatientes “recibían un set de valores grupales y el vocabulario para delinearlos. En su léxico único, honor se traducía como asesinato, amor como dependencia colectiva, y vida como la autodestrucción consiente. Armados con nuevas definiciones, los emancipados se convertían en proyectores mecánicos de su propia ruina interna”.

Geifman explica particularmente que en las sociedades musulmanas donde existen estrictos códigos de honor, la vergüenza de haber atentado contra la reputación familiar puede llevar a las mujeres a buscar limpiar su nombre – su rehabilitación simbólica a la sociedad – inmolándose contra el percibido enemigo extranjero. Explica la autora que sus incentivos pueden variar, pero que generalmente se amerita en las maquinaciones impartidas por los reclutadores, quienes escogen a mujeres entre una selección de “bienes dañados”: las chicas y mujeres que parieron o tuvieron sexo fuera del casamiento, las que fueron violadas, las que son solteras a una edad relativamente avanzada, o las divorciadas. Estigmatizadas, muchas de las mujeres convertidas en suicidas se dejaron convencer que el martirio recompondría sus tragedias y magra fortuna.

En resumidas cuentas, el anhelo por la muerte, justificado ideológicamente, no se limita a una cultura particular. Pese a las diferentes causas por las que las personas dicen estar dispuestas a morir, Geifman cree que en realidad existe una solo fundamento común. El martirio en este sentido, antes que sustraerse de una doctrina específica, “es un subproducto de una vitalidad lisiada, deseando ser inspirada y revivida por cualquier sustituto disponible con un barniz de espiritualidad”. Puesta a su servicio, la ideología, irónicamente, sirve para racionalizar impulsos autodestructivos y tratarlos como un esfuerzo desesperado de autopreservación. La ideología por ello es esencial para darle al condenado un marco referencial – una máscara – para justificarse como una víctima, y por tanto revindicar la violencia como un acto en defensa propia. Estos son los componentes elementales del extremismo político en todas sus formas y facetas.

El opio y la huida de los intelectuales

Como último tema a destacar, basándose en el clásico de 1955 – El opio de los intelectuales – de Raymond Aron, Geifman retoma la denuncia del literato francés y condena la tendencia entre académicos y letrados a justificar el terror, aún prevalente en nuestros días. Critica, con justa razón, la fascinación de muchos intelectuales supuestamente progresistas con regímenes opresivos, ante todo debida – explica ella – a su frustración con “la falta de sentido existencial de su mundo, concomitante con la culpa por el odio a uno mismo”. Decepcionados con el camino liberal, “los pelegrinos políticos sucumben a su anhelo autodestructivo”, y pasan a identificarse con los radicales. En su momento Aron se valió justamente de la máxima marxista para elevar al comunismo al carácter de una religión, con un dogma y un sentido litúrgico propio, y una atracción espiritual reconfortante; mesiánica como fatal. Sin importar su ateísmo, contiene una declarada predicción que se presenta como científica, siendo la suya una verdad que intelectuales toman como innegable, asemejándola inadvertidamente a una fe a ser venerada.

Geifman sugiere que generalizada, esta atracción hacia las ideologías filototalitarias parte además de lo que sería una suerte de corolario al síndrome de Estocolmo: la idea de identificarse con los débiles, con quienes el terrorismo ha quedado tipificado. En efecto, la autora muestra que en la Rusia revolucionaria muchos ciudadanos liberales consideraban que asistir a los radicales era una obligación social, sea proveyéndoles dinero, documentos, refugio, u otros medios para facilitar sus propósitos. Profesores universitarios, maestros, doctores y abogados llegaron a suponer que asistir a los extremistas era un signo de buenos modales. Como resultado, los intelectuales liberales vaticinaron una cultura de reverencia hacia el terror, cautivando la imaginación popular. El extremista e intolerante por consiguiente se convirtió en Robín Hood, y los radicales en conjunto pasaron a ser “buenos bandidos” con objetivos nobles. Los terroristas se convirtieron en los ídolos que paradójicamente luego destruirían a sus admiradores entre los sectores medios, bajo la orgía sadomasoquista de hombres histéricos e inestables.

En términos parecidos a los que desarrolla el comentarista estadounidense Paul Berman en La huida de los intelectuales, Geifman aduce que las lamentaciones llenas de culpa – el “¿qué habremos hecho para causarles tanto odio?” – reducen la irracionalidad del terror buscando explicaciones en donde no las hay, asignando mea culpas a las sociedades liberales que han sabido consagrar el pluralismo. Los intelectuales cuestionados, ansiosos frente a un fenómeno que les es incognoscible, crean y razonan una fantasía que dice que – “si nos portamos mejor” – mediante cambios políticos en el comportamiento de los actores y Estados, los terroristas pueden ser persuadidos a dejar la violencia. De este modo, con este travesti intelectual, se asigna culpa a los países libres por el desquicio destructivo del terrorismo islámico. Gracias a esta lamentable percepción – en palabras de la autora – “el síndrome de Estocolmo se inserta en la esfera pública”.

En tanto, reducida a una oración, la idea principal discutida en Death Orders es que “los terroristas pertenecen a la categoría psicosocial del dislocado, el inseguro, el enojado, y el deshumanizado”. El texto de Anna Geifman resulta una lectura indispensable para quien quiera comprender el fenómeno del terrorismo.

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