La Teoría de las Relaciones Internacionales y Medio Oriente: liberalismo

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Ensayo Original.

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Durante una ceremonia en enero de 2015, palestinos de la Franja de Gaza celebran el apoyo prestado por Turquía, en conmemoración del invidente de la flotilla turca dirigida a Gaza que en 2010 fue interceptada por Israel. Según la teoría liberal de las Relaciones Internacionales, hay variables complejas que crean interdependencia entre los Estados. Las instituciones globales y el comercio son factores que mitigan las adversidades, y dificultan el riesgo de guerra. Además, según los liberales, algunos Estados están mejor capacitados que otros para ejercer el llamado poder blando, la reputación que permite persuadir a otros actores sin necesidad de emplear amenazas. Crédito por la imagen: NTV.com.tr.

Como disciplina académica, el estudio de la diplomacia y de los asuntos internacionales presenta varios marcos teóricos. En esta materia, las teorías imparten aproximaciones conceptuales para explicar y dar cuenta del comportamiento de los actores que influyen sobre el globo. Por supuesto, el principal foco de los modelos teóricos son las entidades políticas, particularmente los Estados

Esbozadas para predecir o explicar el comportamiento de los Estados, las teorías se arraigan en visiones contrapuestas sobre la naturaleza misma de los seres humanos. En este sentido, hay una pregunta que, entre otros interrogantes secundarios, domina el debate: ¿hasta dónde o bajo que circunstancias los Estados están dispuestos a cooperar?

Como parte de una entrega de tres partes, el propósito de este escrito consiste en analizar los méritos y en todo caso la relevancia de la llamada teoría “liberal” de las Relaciones Internacionales, aplicada sobre el escenario de Medio Oriente. En respuesta a la pregunta planteada recién, los partidarios del enfoque liberal tienden a ser optimistas, en la medida que asignan un valor positivo a la colaboración. En cierto punto, la suponen incluso como algo inevitable que opera en beneficio de los intereses de todas las partes.

En la primera entrega, publicada el 25 de junio, examiné la teoría “realista”, la cual supone ser escéptica frente al prospecto de cooperación. En contraste con los liberales, los realistas sugieren que la cooperación siempre se verá restringida por la esencia egoísta de los Estados, los cuales se encuentran en una búsqueda perene por mayores cuotas de influencia y poder. El realismo imparte que los Estados buscan mejorar su posición relativa en el concierto internacional, de modo que, aun frente al prospecto de obtener réditos (absolutos) a través de la cooperación, está tenderá a verse truncada si un Estado A tiene más para que ganar que otro Estado B.

En el artículo anterior fundamenté porqué, a mi criterio, el realismo es la teoría que mejor abarca o comprende las dinámicas y las decisiones de los Estados insertos en Medio Oriente. En una región en la que prolifera el conflicto y el desacuerdo, y en donde hay heridas que no han terminado de sanar, las cuestiones militares nunca pasan a segunda instancia. Los Estados poseen aparatos defensivos importantes, expectantes frente a los acontecimientos regionales, y siempre suspicaces frente al accionar de terceros países.

Sin embargo, a los efectos de enmarcar el debate como corresponde, es conveniente repasar la viabilidad del liberalismo, y aplicarlo, como disposición académica internacionalista, a las vicisitudes que envuelven a Medio Oriente.

Interdependencia compleja

Uno de los principales postulados liberales, en materia de Relaciones Internacionales, es el concepto de interdependencia compleja. El postulado, popularizado por Robert Keohane y Joseph Nye, plantea que los Estados están inextricablemente relacionados los unos con los otros. Sostienen que el poder duro –el elemento central de la teoría realista– no es la única variable importante que sopesa sobre el sistema internacional. Más bien, apuntan a que existen otras variables complejas que dan cuenta de conexiones trasnacionales fundamentales, como el comercio, los intercambios creados por organizaciones internacionales y distintas sociedades en general.

A grandes rasgos, en este aspecto, si bien no existe un policía internacional capaz de coaccionar a los actores globales, los liberales les retrucan a los realistas que las instituciones internacionales condicionan a los Estados. Aunque imperfectas, las normas del sistema jurídico, junto con demás variables complejas propias de la globalización, tienen un peso importante en convenir el comportamiento de los países, a los efectos de fomentar políticas cooperativas beneficiosas para todas las partes. Esto se ve especialmente en aquellos países que gozan de relaciones comerciales significativas. Se concede que cuanto mayor sea esta interdependencia económica, menor será la posibilidad de conflicto, y ergo, como consecuencia, a veces se habla de una “paz económica”.

De este modo, los liberales argumentan que las organizaciones internacionales, gubernamentales y no gubernamentales, las empresas multinacionales, y las distintas sociedades, ejercen un peso importante a la hora de influenciar las preferencias y las políticas que adoptan los Estados. En suma, estas variables tendrían el potencial de dirimir conflictos por vía diplomática, y de incentivar mayores niveles de integración y cooperación. Pero, ¿qué hay de Medio Oriente?

La primera reflexión que viene a mi mente es que Medio Oriente no es como el resto de las regiones. Si existe una tendencia internacional hacia la proliferación de acuerdos comerciales internacionales, la negociación de barreras tarifarias reciprocas, y políticas grupales abarcadoras, Medio Oriente ha quedado notoriamente rezagado. En el vecindario, actualmente sumido en un intenso conflicto sectario, no existe nada comparado con una unión inclusiva y efectiva. Análogamente, las iniciativas comerciales entre los países europeos, del Pacífico, o del continente americano, no tienen parangón en el mundo árabe, Irán, Israel o Turquía.

En general, al observar el dinamismo de los bloques regionales, uno podría decir que los proyectos de integración se dan entre países limítrofes o cercanos, asociados por su proximidad geográfica, o por su cercanía cultural. Sin embargo, desde lo macro, salvando la discutible excepción de la Liga Árabe, que de todos modos no se relaciona con los Estados no-sunitas de la región, la contigüidad territorial entre los países de Medio Oriente no ha propiciado la formación de acuerdos económicos de cooperación significativos, inclusivos para todas las partes. A propósito de la Liga Árabe, una razón importante por la que fracasó en fomentar la cooperación tiene que ver con su falta de énfasis en políticas económicas prácticas. Al levantar estandartes políticos, dejando en su mayor parte las discusiones económicas al margen, esta organización creció en número, pero lo hizo sin definir estrategias económicas para un mercado común.

Para ilustrar este dato, en 2006, el comercio interregional entre los Estados de Medio Oriente y África del Norte representó casi el 13% del total regional, lo que contrasta con un 67% para el comercio intereuropeo entre los miembros de la Unión Europea para ese mismo año, y un 55% para los Estados signatarios del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). En rigor, los países medioorientales comerican más con actores extraregionales, como Estados Unidos y la Unión Europea, que con países próximos o cercanos.

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Bolsa de valores de Egipto. Crédito por la imagen: CNBC Arabia.

Esta excepcionalidad sucede por varias razones. En primer lugar, el trazado político de Medio Oriente es –en su mayor parte– el producto de un desarrollo relativamente reciente. Las entidades contemporáneas de la región están marcadas por la experiencia colonialista, y por profundas brechas tribales y sectarias que continúan influenciando las percepciones de los actores estatales y no estatales del vecindario. En términos de consolidación estatal, estamos hablando de países que se construyeron de arriba hacia abajo, en algunos casos reordenando las tradicionales provincias otomanas, y que solo terminaron de establecerse luego de la Segunda Guerra Mundial. Además, complicando el panorama, existen variables culturales y hostilidades históricas que dificultan el crecimiento económico en todas sus dimensiones. (Estas serán exploradas más adelante, en la tercera entrega de este especial sobre la teoría de las Relaciones Internacionales y Medio Oriente.)

Aparte del conflicto árabe-israelí, hay que hacer mención a las tensiones sectarias, y al clivaje entre islamistas y seculares, responsable de varios conflictos transnacionales. Esto se vio, por ejemplo, en la guerra civil libanesa (1975-1990), el levantamiento islamista en Siria (1976-1982), la guerra civil argelina (1991-2002), la guerra Irán-Irak (1980-1988), y desde luego, los múltiples conflictos que comenzaron en 2011 a partir de la llamada Primavera Árabe.

Como resultado de estos y otros factores, la mayoría de los países de Medio Oriente, esencialmente aquellos árabes, no han sabido desarrollar economías diversificadas o competitivas. Con la parcial excepción de Egipto, son economías poco industrializadas, dependientes de importaciones tecnológicas, y exportadoras de materias primas o de recursos energéticos, como es el caso de los Estados del Golfo. Con el mismo criterio, como resultado de la alta conflictividad que presenta la región, no se han proyectado obras de infraestructuras pensadas para levantar el comercio entre vecinos. No existen suficientes rutas marítimas, áreas o terrestres plasmadas para este propósito, ni tampoco parecen haber incentivos para fomentar este tipo de inversiones.

A veces se cita el Consejo de Cooperación del Golfo (CCEAG o GCC), como un proyecto de cooperación intergubernamental, que, aunque limitado a los países sunitas conservadores, muestra que la senda de integración regional es plausible. Pero todavía así, este órgano es ante todo un mecanismo de orden defensivo. Inaugurado en 1981, el GCC se concibió como un pacto de defensa mutua ante posibles ramificaciones de la guerra entre iraníes e iraquíes. Cabalmente, al día de hoy permanece en pie como una suerte de Pacto de Varsovia (o más propiamente dicho un “Pacto de Riad”) para contrabalancear la influencia de Irán y el islam político chiita.

Otro caso puntual que se marca como ejemplo de cooperación es la llamada Unión del Magreb Árabe, conformada por Argelia, Libia, Marruecos, Mauritania y Túnez. Establecida en 1989, no ha logrado alcanzar ninguno de sus objetivos, y se mantiene truncada por las diferencias de criterio de Argelia y Marruecos, los principales actores del grupo. Dado que existe una brecha política inmensa entra lo que dice Argel y Casablanca (claramente en relación a la cuestión de Sáhara Occidental), es poco probable que pueda iniciarse una cooperación económica extensa y sustentable.

Por ello, vistas en perspectiva, las iniciativas de cooperación en Medio Oriente no fueron inspiradas –o al fin y al cabo ejecutadas– en la búsqueda de beneficios económicos para todas las partes. Por el contrario, dándole más relevancia al enfoque realista, fueron y son instancias pensadas para expresar pronunciamientos políticos, y asegurar compromisos defensivos frente a posibles amenazas por parte de terceros actores rivales.

Economía de mercado

Un punto central en el pensamiento liberal es la libertad de mercado. Si se comprende que los países con grandes volúmenes comerciales entre sí tienen menos incentivos para ir a la guerra, en paralelo se insinúa que una economía abierta al mercado internacional garantiza mayor crecimiento económico, estableciendo condiciones favorables para la paz.

Algunos autores como Fareed Zakaria y Francis Fukuyama atan esta idea a la necesidad de instituciones duraderas, independientes y transparentes. Imparten que el crecimiento económico, una variable que los liberales consideran mancomunada al prospecto de paz, se verá afectado por la calidad de las instituciones que operan dentro de los Estados. En este sentido, ya en una etapa más madura del desarrollo liberal, se entiende que, para prosperar, el mercado no necesita irreparablemente de países democráticos, pero que los países democráticos necesitan tener irremediablemente economías abiertas.

Este es otro punto en donde la realidad de Medio Oriente prueba ser más fuerte que la teoría liberal. Desde lo económico, si hay algo por lo que la región es conocida es por su falta de transparencia. Sus problemas estructurales, con la excepción de los tres países no árabes (Irán, Israel y Turquía), marcan una tendencia ampliamente negativa. Los países árabes están sumamente ceñidos por una tradición proteccionista, con economías fuertemente reguladas por burocracias avasallantes. En añadidura, el capitalismo en la región es a lo sumo uno clientelista o amiguista –eso que los anglosajones llaman crony capitalism–. Significa que, para tener éxito en los negocios, es indispensable encontrar benefactores en el Estado, funcionarios con quien acordar comisiones e intercambiar favores.

Por descontado, está claro que este tipo de prácticas (comunes también en Latinoamérica) corrompen las instituciones, derogando la posibilidad de que puedan explotarse nuevas oportunidades, entre actores insertos en distintos mercados. En teoría, en la medida que la actividad económica de un país esté dominada por una élite cercana al poder, las discusiones vinculadas con la eliminación de tarifas comerciales, las barreras a las importaciones, o bien la quita o suba de subsidios se verá seriamente comprometida a merced de quienes imparten las reglas de juego.

Este nivel de arbitrariedad es un obstáculo al pleno desarrollo de una economía de mercado. Un Estado puede ser autocrático desde lo político, y sin embargo ofrecer trasparencia en los negocios. El problema en cuestión es que Medio Oriente, como todo desintegrado, no supo liberalizarse en ninguna de estas dimensiones. Como dato significativo, típicamente hablando, comerciar dentro de la región, especialmente entre los países árabes, cuesta el doble que comerciar con los países del bloque europeo.

Según lo marca un reporte de The Heritage Foundation, un think-tank estadounidense, a este escenario se le suma la presión causada por el alto desempleo a través de la región, ubicado en un 25%. La conclusión es que el sector privado crece muy por detrás del nivel necesario para proveer empleo a poblaciones con altas tasas de natalidad. En el mientras, para calmar la agitación social, muchos países de Medio Oriente siguen dependiendo de medidas populistas, y de grandes subsidios con los cuales apaciguar a los sectores desencantados. Si antes el énfasis de los liberales estaba puesto en democratizar Medio Oriente, ahora existe un consenso en torno a la necesidad de revertir el clientelismo, y de fomentar la paz por medio del desarrollo económico.

Ahora bien, más allá de que el contexto actual es adverso a la liberalización económica, hay indicios, o mejor dicho estudios de caso, que dan crédito al postulado liberal, revelando que en Medio Oriente también hay menor probabilidad de guerra entre países que mantienen relaciones económicas.

En 2007 Amichai Kilchevsky, Jeffrey Cason y Kirsten Wandschneider estudiaron la relación entre la paz y la interdependencia económica tomando a cuatro países importantes: Egipto, Israel, Jordania y Turquía. La muestra consta de Estados que mantienen relaciones diplomáticas entre sí, y alcanza a los tres países musulmanes de la región que reconocen la existencia de Israel. A partir de un relevamiento cruzado de datos, los autores concluyeron que cuanto mayor sea el comercio y la cooperación, menor será la posibilidad de conflicto. Como los Estados de la muestra comparten relaciones económicas y políticas más amigables que las existentes entre Arabia Saudita e Irán, o entre Israel y otros países cercanos, los autores sugieren que estos actores están más interesados en ganancias absolutas que en ganancias relativas. Es decir, en contraposición con la teoría realista de las Relaciones Internacionales, a estos cuatro países no les preocupa tanto las ganancias relativas de un segundo Estado con el cual hay una relación estable. Si no hay una hipótesis de conflicto latente, no interesa tanto que el segundo Estado saque más provecho de la relación comercial.

Un buen ejemplo de esto es la relación entre Israel y Turquía. A pesar de que existe un importante altercado político entre Ankara y Jerusalén como consecuencia del antiisraelismo al cual apela Recep Tayyip Erdogan, las relaciones comerciales bilaterales han alcanzado un techo histórico. En efecto, en los últimos cinco años el volumen comercial creció significativamente. Según los números del Instituto Estadístico de Turquía, en 2015 el volumen comercial alcanzó los 4.3 mil millones de dólares.

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Un buque portacontenedores se aproxima al puerto de Haifa, Israel en 2015. Los países de Medio Oriente comercian más con países extraregionales que con países cercanos. Crédito por la imagen: PR

Las relaciones políticas quedaron congeladas luego del incidente del Mavi Marmara en 2010, cuando Israel interceptó a una flotilla que buscaba desafiar el bloqueo que este ejerce sobre la Franja de Gaza. Erdogan utilizó entonces el evento para despotricar contra Israel, y capitalizar las sensibilidades populares para ganar réditos políticos en casa. Pero por fuera del ámbito discursivo y diplomático, lo cierto es que las relaciones comerciales crecieron. Lo que es más, Israel y Turquía decidieron reconciliarse, y de momento Erdogan se habría comprometido a no arengar al Estado hebreo. Por fuera de las discusiones ideológicas, ambas partes comparten un interés práctico en mantener el comercio en alza; especialmente desde que Israel se proyectara como un potencial actor energético en la región, gracias al descubrimiento de importantes yacimientos de gas natural en el Mediterráneo. Turquía necesitaría del gas israelí para diversificar sus importaciones energéticas, y eliminar de este modo su dependencia del gas ruso.

Por otra parte, aunque este caso es revelador, es importante no inferir conclusiones aventuradas. Desde una posición cercana a la teoría realista, podría aducirse que el conflicto todavía es posible, y que no queda claro hasta qué punto el comercio, que ciertamente sirve de desincentivo a entablar hostilidades, pueda evitar una conflagración el día de mañana. La impulsividad con la que actuó Rusia luego de que Turquía le derribara un caza de combate, en noviembre del año pasado, es un presagio de esta posibilidad. Si bien podría decirse que Rusia y Turquía son bastante interdependientes (Turquía es el octavo socio comercial de los rusos, y Rusia es el segundo socio comercial de los turcos), Moscú comenzó a promover la diversificación de sus importaciones alimenticias, y amenazó con tomar medidas para castigar a Turquía, que en definitiva es un destino muy conectado con la economía rusa.

Independientemente de este y otros altercados, la historia de Medio Oriente muestra una y otra vez que no todo fenómeno es predecible, y que conflictos que hasta hace poco eran dados como improbables, hoy condicionan la realidad de todos los días. Esto me lleva a pensar que el principal problema del enfoque liberal es que presupone que existen ciertas aspiraciones universales que, en virtud de los hechos (y como detallaré en la tercera entrega), no se verifican en Medio Oriente.

El intercambio y la democracia como puente hacia la paz

Los teóricos liberales insisten en el rol transformador del intercambio comercial y cultural a los efectos de cambiar las percepciones que las naciones tienen entre sí. En base a lo anterior, el principio filosófico detrás del enunciado liberal es la creencia en el poder de las ideas. Por esta razón, hay quienes insisten (como los neoconservadores estadounidenses) que la apertura de mercados traerá mayores cuotas de participación ciudadana. Prescriben que mayor libertad económica y exposición al mundo acercará a Medio Oriente a un consenso democrático, el cual, a su vez, propiciará la paz en la región.

Por un lado, por lo expuesto anteriormente, en términos reales, a diferencia de lo que sucede en otras partes del mundo, el movimiento de capital y trabajo es restringido, y se ve seriamente comprometido por la existencia de rivalidades regionales. Los ciudadanos de los países de Medio Oriente con frecuencia necesitan visados para entrar a otros países cercanos, y esto es manifiesto en las monarquías sunitas del Golfo. Dichos países se caracterizan por su alto grado de conservadurismo, y son particularmente reacios a permitir la inmigración o la integración por parte de extranjeros (mismo si son árabes) a la sociedad. Al caso, cabe tener presente que, pese a sus vastos recursos, los Estados del Golfo no acogieron refugiados sirios. Simultáneamente, aquellos trabajadores extranjeros que viven en Arabia Saudita, en los Emiratos Árabes Unidos o en Qatar, y que construyen todos los ambiciosos proyectos urbanos comprados con petrodólares, viven en una situación no muy disímil a una virtual esclavitud moderna.

Como bien sugiere Lawrence Wright en alusión a Arabia Saudita, el hecho de que en ese país no existan organizaciones benéficas seculares, instituciones no gubernamentales, partidos políticos, o una fuerza moderada entre el Gobierno y los clérigos, implica básicamente que allí no existe una sociedad civil propiamente dicha. En algún punto esta observación también es válida para los Estados lindantes, incluso cuando apuestan al turismo y a los lujos para crear distracciones para la gente. En este aspecto, cabe preguntarse cómo es posible avanzar hacia una democracia funcional, si a priori no existe una sociedad civil, con espacio para posiciones divergentes, y para todos los grupos de interés. Esta observación es importante porque algunos liberales (influenciados por enfoques constructivistas) le confieren un peso creciente a la sociedad civil. Para ellos, en la era de la información, donde cualquier parte del globo está como mucho a un día de distancia, los grupos civiles que componen la sociedad de un determinado país tienen el potencial de influenciar, y por ende de modificar, el rumbo en la política exterior de un Estado.

No obstante, el caso aquí es que gran parte de Medio Oriente no puede escapar de una tradición autocrática. Los pensadores liberales frecuentemente abogan por la teoría de la paz democrática para alegar que las democracias no batallan entre sí. Este concepto, que deviene de la filosofía kantiana, no puede ser verificado en las latitudes islámicas, y no lo será por el tiempo previsible.

Tal como lo revelan los acontecimientos de los últimos años, no solo que no existe un consenso democrático a través de la región, sino que los experimentos democráticos, salvando la excepción de Túnez, han degenerado de un modo u otro en autocracia. Este factor, de seguir el manual liberal, es visto como una barrera al desarrollo de instituciones representativas. Y, en la medida que haya menores garantías civiles, y menores cuotas de libertad, más difícil será para la sociedad tener influencia sobre las decisiones de los Gobiernos, ya sea en materia doméstica como externa. Incluso Turquía, considerada por los politólogos como una de las excepciones a la regla, como una de las pocas democracias más o menos funcionales en el plano musulmán, está transicionado rápidamente hacia un sistema populista y autoritario, quizás más propio del mundo árabe que de la tradición turca contemporánea.

Por otro lado, muy relacionado con lo expuesto recién, es indiscutible que el autoritarismo (que estriba de posiciones radicales o conservadoras) de ciertos Gobiernos favorece discursos unilineales, que a menudo se traducen en posiciones que polarizan entre un “ellos” y un “nosotros”. Me refiero a la identificación retórica de un colectivo de patriotas en oposición a un grupo de enemigos internos y externos. El caso por excelencia es el uso mediático y discursivo de Israel, entre las entidades de la región, como chivo expiatorio para explicar cualquier infortunio, real o imaginado. Esto sucede también dentro de los países que tienen relaciones diplomáticas con el Estado judío, como Egipto, Jordania y Turquía.

Este es un tema que conozco en carne propia. Durante años forme parte de AIESEC, una organización estudiantil internacional creada en 1948, presente en todos los continentes, que adoptó fundacionalmente la filosofía de la paz democrática. Como los teóricos liberales (constructivistas), los fundadores de AIESEC concibieron que el intercambio internacional puede volverse instrumental al momento de dar forma a las preferencias de una sociedad. Un mundo más interconectado por lazos comerciales y culturales, sería un mundo menos propicio a caer en otra conflagración mundial. Así y todo, la aplastante mayoría de los jóvenes miembros de AIESEC en África del Norte y Medio Oriente dejaron en claro, en múltiples ocasiones, que no están dispuestos a aceptar la presencia de israelíes dentro de la organización. Sin importar la contradicción con las directrices éticas que la organización dice representar, estudiantes musulmanes me han negado una y otra vez la posibilidad de organizar intercambios y encuentros culturales para promover un mejor entendimiento. Paradójicamente, AIESEC acepta a países con formas de gobierno autoritarias, pero le niega participación a la democracia más viable y liberal de Medio Oriente.

Poder blando y poder duro

Estas observaciones refuerzan mi percepción de que, como enfoque teórico, el liberalismo fracasa en su pretensión de dar con una aproximación holística a las Relaciones Internacionales.

La teoría liberal, además de estar cargada valorativamente en disposición hacia la democracia, sugiere que el libre mercado es la receta inevitable para generar desarrollo económico. Por consiguiente, a veces se vincula, quizás con demasiado optimismo, la ausencia de conflicto con la apertura de los mercados. Creo que esta visión es perfectamente adscribirle y demostrable en un contexto occidental, pero no así en todos los marcos. Por ejemplo, vale la pena mencionar que la hipótesis de conflicto armado entre Japón y China no es del todo descabellada, y eso que son dos titanes económicos ampliamente interdependientes.

A título personal, me da la impresión que la credibilidad de la teoría liberal se ve afectada en demasía por teorizar en base al raciocinio esperable por parte de actores contemporáneos más o menos occidentalizados, con disgusto y aversión a tomar riesgos en confrontaciones bélicas. En contraposición, el realismo presupone que la fuerza bruta es la primera variable universal, y que por lo tanto es el único lenguaje que todas las partes entienden y dan por evidente. Si esto no fuera indubitablemente cierto en el registro ecuménico del hombre como animal político, ciertamente lo es a lo largo de la historia de Medio Oriente.

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Manifestantes se congregan afuera de la antigua embajada de Estados Unidos en Teherán, en noviembre de 2013, para conmemorar (quemando banderas estadounidenses e israelíes) el aniversario de la toma de dicho establecimiento. Crédito por la imagen: AFP / Getty.

En su intento por ofrecer una visión más optimista sobre el estado y futuro del mundo, Nye popularizó el término soft power, o poder blando, que contrasta con el concepto de poder bruto propio de la órbita castrense. El término complementa el concepto de aldea global con un paradigma internacionalista. Se refiere a la capacidad de los Estados por atraer, coaptar o persuadir, por medios pacíficos (y no así mediante la coacción) a otros actores. Es la habilidad que tiene un Estado para adquirir prestigio en una era en donde la conquista territorial, o el triunfo en la guerra, ya no son cosas vistas como pruebas de grandeza. Por eso –según se dice– para adquirir poder blando, un Estado debe proyectar relevancia cultural y científica. A nivel internacional, debe probar ser un actor confiable y trasparente, con una política exterior respetada, y cierto apego a las vías multilaterales.

El inconveniente con el soft power no es que sea un concepto ingenuo. Dejar de reconocer su importancia en el mundo de hoy también sería incauto. Pero esto que parece ser muy compatible con la llamada Era Informática, y que dispensa atributos de la diplomacia a la sociedad civil, sufre de un flagelo fundamental. Considerando lo aquí presentado, la noción acuñada por Nye se vuelve etnocéntrica, pues asume que los valores liberales, ampliamente asumidos por las sociedades occidentales, son un fin en sí mismo, preciado de igual modo alrededor del globo. De hecho, dentro de la coyuntura islámica que envuelve a Medio Oriente, las aspiraciones “blandas” de Occidente no necesariamente inspiran emociones positivas. Occidente es ampliamente visto por algunos sectores como el bastión del consumismo, la superficialidad y la depravación moral. En cambio, para las élites gobernantes, el poder blando es a lo sumo un eufemismo para decir propaganda, un instrumento más al servicio de los Gobiernos para mejorar su posición en casa y en el extranjero. Precisamente, es de allí que surgen las críticas que igualan al poder blando con “imperialismo cultural”, algo que en Medio Oriente juega con las sensibilidades que permanecen como legado del colonialismo.

En definitiva, el poder blando no es una constante acreditada en la cotidianidad de esta región. Cualquier aproximación a la contemporaneidad árabe debe considerar el impacto duradero que tuvo la participación de los territorios en distintas entidades políticas, dando lugar a nuevos Estados, algunos más legitimados que otros. En paralelo, dicho proceso facilitó una amplitud de posiciones revisionistas y militaristas. Me remito por ejemplo al rechazo al derecho a la existencia de Israel por parte de la narrativa nacionalista árabe; de la posición tradicional de los nacionalistas sirios que rechazan la independencia de Líbano; de los nacionalistas iraquíes que detestan la existencia de Kuwait; o bien de la narrativa que sujeta a Marruecos como una entidad que por derecho histórico debería ser más grande.

En última instancia, siendo Medio Oriente una región atestada por autócratas, por conflictos nacionales como sectarios, y con una impronta religiosa bien arraigada en todo aspecto de la vida pública, el poder, siempre (o casi siempre), se trasluce en términos duros. La violencia física, o la sobra de ella, habla más fuerte que cualquier discurso, logro económico, cultural, o avance científico.

En tanto la principal preocupación de los Estados de Medio Oriente sea salvaguardar su propia continuidad, y la preocupación de sus gobernantes sea garantizar la supervivencia de sus respectivos regímenes, no habrá mucho margen para el poder blando, para el comercio regional, o bien –dicho sea de paso– para la paz.

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